Personajes de la tragedia de este nombre (v.) de Andreas Gryphius (1616-1664). En la aventura de los dos desgraciados amantes el autor barroco quiso exponer una lección moral, manifestando el horror del delito y la ceguera de la pasión desenfrenada, junto con la enmienda final, el arrepentimiento y la expiación.
Debido a que el drama se halla cimentado más bien en las peripecias externas que en el desarrollo de los sentimientos, el carácter de los personajes resulta débil, artificioso y sin justificación psicológica. Ambos actúan maquinalmente, o, mejor, han actuado, ya que el drama, para mantener el respeto a la regla de las tres unidades, consiste, en su mayor parte, en una serie de monólogos en los que se narra la acción precedente.
Según sus propias palabras, el intento del autor era «exponer dos amores: casto, honesto y ardiente en Olimpia; loco, furioso y desesperado en Celinda». El drama de Cardenio debiera haberse fundamentado en este contraste, que, en realidad, sólo aparece insinuado; a su dolor por no haber podido casarse con Olimpia se une un sentimiento de amor propio contrariado y el arrepentimiento por el mal cometido.
Cardenio es más bien una figura retórica e inconsistente, que se desvanece en un estilo vagamente lírico, adornado de citas mitológicas; mantiene, empero, cierta humanidad y fantasía en la escena en que quema las cartas y recuerdos de Olimpia. Celinda, pecadora y hechicera sin relieve, tiene aún menor consistencia; sólo en las escenas macabras y horripilantes adquiere cierto colorido.
Ambos personajes se encuentran también en Halle y Jerusalén (v.), «comedia estudiantil y aventura de peregrinación» de Achim von Arnim (1781-1831), quien mantiene los rasgos fundamentales de las situaciones y del carácter de los personajes de Gryphius, aun cuando transforme muchas escenas y añada otras; se nota en él un fuerte influjo de Shakespeare y Calderón. La obra, no obstante, adquiere una mayor vivacidad y consigue poner en escena una intriga más compleja. El intento moral prevalece sobre la representación de los sentimientos. Arnim lleva a Cardenio a la renuncia y hace que Celinda pase del pecado a la expiación, como en la protagonista de su novela La condesa Dolores (v. Pobreza, riqueza, culpa y expiación de… etc.). Se mezclan en el argumento motivos religiosos.
El epílogo, ampliado de tal forma que se convierte en un segundo drama, obedece precisamente a fines de edificación religiosa, exponiendo el viaje expiatorio a Jerusalén a través de una serie de escenas simbólicas, fragmentarias y accesorias. La figura de Cardenio, aunque enriquecida con elementos fáusticos e influencias románticas, no tiene mucho relieve ni una caracterización psicológica profunda; la de Celinda permanece más bien en segundo plano. Karl Lebrecht Immermann (1796-1840), finalmente, dio de nuevo vida a la célebre pareja de amantes en su tragedia titulada con sus nombres (v.).
En su deseo de elevar a una esfera más poética la materia ya tratada por sus predecesores, estudió, sobre todo, y de una manera más profunda, el alma de los personajes. El tema dominante es la asoladora fuerza de la pasión desmesurada. Los dos protagonistas, por lo tanto, se convierten en figuras de obcecados que llegan sin escrúpulos, con una lógica espantosa y lúcida, hasta las últimas y más horrendas conclusiones.
La acción aparece mucho más dilatada y movida que en la tragedia del siglo XVII, y más consecuente la justificación psicológica de los actos de los personajes. Cardenio se ha convertido en el típico héroe romántico, apasionado, impulsivo y soñador, ya en su amor hacia Olimpia, ya, más tarde, en su repentino ardor por Celinda después de haber bebido el filtro mágico. Celinda no es ya una pecadora perversa, sino más bien una pobre mujer, víctima de su furor amoroso y de las maquinaciones de la pérfida hechicera; se halla descrita claramente como una mujer «única y maravillosa», en la que el autor recuerda la figura ideal de un amor de su juventud.
No obstante, la belleza del drama y la caracterización de los personajes se hallan perjudicadas por el bagaje -nocivo, propio del Romanticismo, que acompaña a la obra: el exceso de elementos lúgubres, macabros y cruentos, filtros, encantamientos, fantasmas y aun cinco muertos en la escena. En la tragedia de Immermann se inspiró Richard Wagner para componer el libreto de su primera ópera Las bodas, posteriormente destruida.
V. M. Villa

