Cantaclaro

Protagonista de la nove­la del mismo nombre (v.) del escritor ve­nezolano Rómulo Gallegos (n. en 1884), uno de los caracteres mejor logrados de toda la literatura indoamericana.

Su verdadero nombre era Florentino Coronado, pero él se llamaba Florentino Quitapesares, mien­tras los habitantes del llano lo conocían por Cantaclaro, el cantor que mejor expre­saba el sentir de aquella tierra ancha e inmensa. «Espíritu errabundo, naturaleza fantaseadora, desmedido amor a la libertad, la suerte siempre en la mano, dispuesto a jugársela, lo de andar siempre a caballo y lo de querer decirlo todo con los cuatro versos de una copla, eso era Florentino, el tarambana de los Coronado… Eso y lo de andar siempre con una muchacha enredada en sus coplas».

Mientras su hermano José Luis dirige la hacienda familiar, Florentino prefiere el trabajo errante del conductor de ganado; el dinero apenas llegado a sus manos desaparece en el juego, en fiestas, en los amigos. Los motivos de sus viajes igual pueden ser la fama de una mujer bo­nita como la de un cantador rival. Conoce todos los caminos de la sabana, sus miste­rios, sus leyendas — unas veces cree en ellas, otras no —, entiende sus palabras y las pregona con la copla: «Los versos están en las cosas de la sabana; tú te la quedas mirando y ella te los va diciendo».

Embo­rrachado de libertad, su ilusión es pasar y cantar, «porque no hay cosa más sabrosa que un camino largo por delante y en la sabana silenciosa, ¡ese canto del cabestrero que se acuesta y estira!» Con todo, por de­bajo de esa inconsciente alegría hay una gran honradez y un sentido innato de la justicia — «yo soy de los que creen que las cosas no son de su amo, sino de quien las necesita» —; ante el espectáculo de un matrimonio destrozado por el hambre, la esclavitud y las enfermedades, dudará de sí mismo: «¿Cómo es posible que yo ande cantando por la tierra donde suceden estas cosas?» Los caminos del llano lo llevan un día al misterio del Hato Viejo, y allí vaci­lará su concepción de la vida al enfrentarse a una triple realidad, representada en tres personajes distintos: el doctor Juan Crisóstomo Payara, que provoca su responsa­bilidad — «¿no siente usted, alguna vez, necesidad de contraer deberes y obligacio­nes que le impriman a su vida el sentido y la razón de ser de que carece?»—; el negro Juan Parao, antiguo cuatrero que sueña con libertar a los oprimidos, y ve en él al hombre que necesitan «los pata en el sue­lo» para salir de abajo; y Rosángela, la muchacha que le hace presentir la existen­cia de un mundo desconocido.

Y si como otras veces huye con una joven será para respetarla y confesarle que ha encontrado un nuevo camino en la sabana, «no el ca­mino de afuera, que ya lo conocía, sino el de adentro, por donde un hombre va re­cogiendo sus pasos perdidos». A Rosángela la lleva junto a su madre y de ella se enamoran los dos hermanos, pero Florenti­no, creyendo que no la merece y llamado por su instinto de libertad, abandona de nuevo la casa para unirse a una partida revolucionaria. Derrotada ésta se adentra, por los mil caminos de los llanos, esta vez, como doña Bárbara (v.), como Efraím, como Arturo Cova (v.), definitivamente. «Se perdió en las desiertas lejanías de la sabana… Y penetró en la leyenda. Tiempo después llegó a El Aposento la noticia: a Florentino se lo llevó el Diablo». Pero errante por los llanos, «compañera del ca­minante solitario», ha quedado la copla: «Desde el llano adentro vengo / tremoliando este cantar. / Cantaclaro me han llama­do. / ¿Quién se atreve a replicar?»

S. Beser