Cándido

[Candide]. Protagonista de la narración de este nombre (v.) de Voltaire (1694-1778). Es expulsado del castillo del barón Thunder-ten-Tronckh por habérsele sorprendido practicando con la bella Cunegunda cierta «lección de física experimen­tal», en tanto su doctísimo maestro Pangloss (v.) la daba entre el frondoso follaje a la criada de la baronesa madre.

Llegado lue­go entre los búlgaros, que le alistan en sus filas y después le castigan como culpable de deserción (Cándido, no obstante, poseía el privilegio, tan propio del hombre como de los animales, de utilizar sus piernas a voluntad), tras muchas y peligrosas aventuras encuentra de nuevo a la muchacha amada, caída, sucesivamente, en manos de un judío y de un Gran Inquisidor, a quienes, tam­bién sucesivamente, se ve en el deber de matar, asesinatos de trámite, breves y lim­pios (son los primeros pero no los últimos), de los que el héroe no es más que mero instrumento, ya que se le ha enseñado a no opinar sobre nada por cuenta propia: la responsabilidad, determinada por la fuerza de los hechos, es absorbida por ésta misma.

Cándido, Pangloss y otros personajes que aquí no mencionamos, se encontrarán todos, al final, de nuevo y definitivamente, inclu­so Cunegunda, cuya inconsciente monstruo­sidad no sería justo le valiese el desprecio de Cándido. Con los escasos restos de una inmensa riqueza traída de Eldorado organizan una vida en común, modestamente fructuosa. Pangloss, el filósofo de un opti­mismo a prueba de bomba (y debido a que por haber marchado siempre mal sus co­sas, éste, en el fondo, era el mejor par­tido a qué atenerse), una vez más aún, sabe echarlo todo a buena parte. «Porque, en realidad — dice a Cándido —, si no os hubieran echado a puntapiés de un her­moso castillo por el amor de Cunegunda, y no hubierais caído en poder de la Inqui­sición, ni recorrido América a pie, ni dado un buen sablazo al barón, ni perdido vues­tros carneros del bello país de Eldorado, ahora no estaríais aquí comiendo confituras de toronja y alfónsigo».

A lo que Cándido responde: «Cierto. Pero tengo que cultivar mi propio jardín». Entre Cándido y Pan­gloss existe una notable diferencia. Vícti­mas ambos de todo aquello contra lo que no siempre puede lucharse (inercia de los hechos, leyes, prejuicios, instituciones), fá­cilmente podrían compararse a los guija­rros que, echados de canto contra la superficie del agua, van rebotando, a sal­tos más o menos largos, hasta cuatro, cin­co o diez veces. Pero en Pangloss, cuyo optimismo le sirve como desesperanzada materia de enseñanza, el juego del rebote aparece menos regular, de tal manera que, tras haberle dejado colgando de la horca, no le encontramos hasta el final de la obra, cuando los actores, vivos o muertos, salen de ordinario a saludar al público; en tanto que Cándido, el verdadero inocente, rea­liza toda su carrera en el mar de la vida, impulsado por la fuerza ciega del destino.

R. Franchi