Cam

[Hám]. Es el segundo de los tres hijos de Noé (v.) de que nos habla el Gé­nesis (v.). El silencio que respecto de él guarda la Biblia (v.) en todos los pasajes relativos a su famoso padre hace suponer que su conducta sería absolutamente nor­mal.

Y si pensamos en lo paradójico, por no decir absurdo, del ambiente cotidiano en que se desarrollaba la vida de su familia y que culminó en los preparativos paternos del arca y la aventura del Diluvio, más bien habremos de llamarla ejemplar. Todo lo cual no impide que en él pudieran darse aspectos menos ideales, como la turbulen­cia, el espíritu satírico o bien la tendencia a una cierta, si no rebelión, por lo menos autonomía.

Sea como fuere, el único epi­sodio que de él conocemos es el trivial e insulso de la irreverencia cometida con su padre un día en que le halló desnudo bajo su tienda durmiendo el sueño de la embria­guez que le produjera la fuerza del mosto, posiblemente aún desconocida para él. Cam induciría a sus hermanos a reírse de aquel espectáculo inconveniente y ellos, en cam­bio, sobrecogidos por su despropósito, se preocuparían de cubrir inmediatamente la desnudez de su padre.

El relieve dado al hecho se halla en conexión evidente con las concepciones sexuales de los pueblos antiguos, y, al mismo tiempo, las sobre­pasa. La falta de Cam fue debida, proba­blemente, más a ligereza y grosería que a malicia. Pero, según la Sagrada Escritura, en el respeto a la paternidad toda ligereza es inadmisible, por cuanto la paternidad terrena es como una participación de la celestial; y la mofa de los fenómenos sexua­les es un envilecimiento de la vida y, por ende, un sacrilegio ante Dios, supremo au­tor de la misma.

Por ello el castigo de Cam (y especialmente el de sus descendientes, los camitas, que es, por consiguiente, el de su propio orgullo paterno) obedece a la indiscutible necesidad de que la ley, a veces, triunfe aun en perjuicio del hombre que es su fin.

C. Falconi