Camila

[Camilla]. La virgen Camila, uno de los prototipos de la doncella gue­rrera, muere en los campos de Laurento por la salvación de la «umile Italia», como la llama Dante, quien no sufría precisa­mente de complejo de inferioridad. Lauren­to, situada entre las actuales Azio y Velletri, era la capital del reino latino, y Latino se llamaba su rey. La muerte heroica y la­mentable de Camila priva a éste de su más poderosa lanza y decide la batalla que dará a Eneas el dominio del Lacio y a su raza el imperio del mundo.

Los filósofos discuten si la virgen Camila brotó, nueva y armada, de la mente de Virgilio. Cierta­mente, no. Camila nace, seguramente por partenogénesis, de una estirpe de vírgenes guerreras. Sus antecesores son las ama­zonas, Pentesilea, etc. Es, pues, virgen e hija de vírgenes. Su virginidad, sin em­bargo, no le impide ser, a su vez, madre de una prole numerosa y espléndida. A partir de la Eneida (v.), no hay apenas nin­gún poema épico que no renueve o, por lo menos, no repita su figura, que, en todos ellos, es la mejor y más sugestivamente informada por un espíritu romántico, como lo atestigua la Clorinda (v.) del poeta Tasso.

«Camillus», originariamente era sinónimo del muchacho de condición libre, y así mismo era llamado el niño que, en los sacrificios, actuaba como acólito del sacerdote, gene­ralmente su padre. Lo mismo, pero puesto en femenino, puede decirse de Camila. Siendo aún niña la que nos ocupa, la en­vidia de los súbditos expulsó a su padre Metabo de Priverno y del reino. Persegui­do ferozmente, el rey se ve obligado a huir por bosques y montañas con la pe­queña en brazos. Esta fuga salvaje entre las armas y emboscadas de los volscos nos recuerda la del misterioso padre que, en Los Nibelungos (v.), aparece corriendo por las selvas llevando consigo a su hijo Sigmund y que éste mismo nos cuenta en el primer acto de La Walkyria (v.).

Una horrible tem­pestad se desencadena mientras huye Me­tabo. Con la hijita en brazos y bajo la lluvia, llega a la orilla del Amaseno (actualmente «Toppia»), desbordado y tan cre­cido que no osa atravesarlo a nado temien­do por la querida carga que debe salvar («caro oneri timet»). Entonces, envuelve a la pequeña en una corteza de árbol, lo sujeta todo a la lanza y, elevando ésta al cie­lo, ofrece a la niña en voto a Diana.

Luego, la echa al otro lado del río. Salvada de este modo, Camila va creciendo, entre los bosques y montes solitarios, amamantada por una ternera salvaje cuya mama le in­troduce su mismo padre en los tiernos la­bios. Niña aún, parte armada de una aljaba y cubierta con una piel de tigre. Servidora de Diana, aprende en la caza el arte de herir y matar. En vano las madres la pre­tenden por nuera. Y así llega el día de la batalla entre los Latinos y los Troyanos de Eneas. Los dioses y Diana, que ve in­minente e inevitable la suerte de Camila, conocen lo funesta que va a ser esta lucha que Latino, contra su voluntad, se ve obli­gado a entablar por imposición de Turno, el duro aliado con quien se coligara en un momento de extravío político y militar.

Por ello, Diana envía al campo de batalla a la ninfa Opis con la orden concreta de ven­gar a la virgen, sea quien sea, Italo o Teucro, el que la mate. Pero durante largo tiempo, el combate pende de la lanza de Camila. No parece sino que el valor de la muchacha hiciera vacilar el destino difi­riendo su cumplimiento («medias inter caedes exultat Amazon pharetrata Camilla»). Hasta que finalmente aparece ante sus ojos indómitos, guarnecido de magníficas armas frigias, el joven Cloreo, que había sido sacerdote de Cibeles. Jamás el brillo de las armas homicidas ni el de la belleza mascu­lina habían conmovido el corazón de Cami­la, que nunca palpitara como el de una mujer.

Pero ante el arco de Cloreo, todo él de oro, ante su aljaba cretense, su áureo yelmo, su clámide de púrpura, su túnica bordada, sus canilleras y los espléndidos y relucientes jaeces de su caballo, los ojos de Camila se detienen, agitándose en un desconocido parpadear. Sea para llevarlas como ofrenda al templo de Diana o para vestirlas luego como cazadora adornada de oro del botín, lo cierto es que Camila de­sea y quiere aquellas armas. Obcecada por un impulso femenino, decide su suerte per­siguiendo a Cloreo a rienda suelta por el campo de batalla.

Durante esta persecución («caeca sequebatur totumque incauta / per agmen femíneo praedae et spoliorum ardebat amore»), Arunte, sacerdote del Apolo de Soracte, hace un voto a su dios por el que renuncia a toda gloria y nombradla futuras si se le concede poder dar muerte a aquella feroz guerrera («haec dirá»). Apolo escucha el ruego de Arunte y ciega y ensordece a Camila, la cual, en medio del atónito estupor de todos los comba­tientes, no ve ni oye la lanza de Arunte que, vibrando en el aire, la alcanza y la hiere mortalmente.

El mundo se oscurece a su alrededor. Llama a su compañera Acá y, en un supremo esfuerzo, puede aún in­dicarle que vaya a rogar a Turno le sus­tituya en el combate y mantenga alejados de la ciudad a los enemigos. Luego, cae del caballo, y su vida, con un gemido de rabia, huye hacia el reino de las sombras («vita- que cum gemitu fugit indignata sub umbras»). Camila muere, pues, por haber sido un instante mujer y niña. El poeta que la creara no ha tenido valor para presentarla hasta el final como una virago falta de sentimientos femeninos.

Prevalecieron su compasión y ternura, llevándole a conceder generosamente este último y supremo toque de gracia femínea a su heroína virilizada; y lo ha hecho con mano temblorosa, que priva de cualquier malicia al rasgo con que trunca la coherencia bélica de la figura: su pasión por las bellas vestiduras de oro y la vanidad de lucirlas. Pero Camila, mujer, ya no es Camila; he aquí la razón de su muerte. Presidida por la gran comedia de los inmortales y los hados divinos que dis­ponen a su antojo de las vidas, de techos abajo, se desarrolla la breve y tierna co­media humana de Camila, que muere por haber olvidado, en su fiera indignación, que ha nacido mujer.

Muere en el umbral de la edad de amar, antes de que el amor haya podido herirla, en el tiempo que los antiguos poetas franceses llamaban la «avrillée». La verdadera y perfecta mujer de la Eneida es la reina Dido (v.), que vive y muere como mujer y que hereda, para transmitirlos a las heroínas de Jean Racine, los latidos de las más arcanas y ar­dientes ideas poéticas de Sófocles.

G. De Benedetti