Calicles

Personaje del Gorgias (v.) de Platón (428/27-347 a. de C.); por su papel decisivo en el diálogo, éste, en rigor, debería llevar su nombre. Su cualidad principal es la franqueza, que el mismo Sócrates (v.) alaba: nunca había encontrado un interlocutor que, como éste, se atreviera a quitar la careta a todos los hombres y aun a sí mismo.

Calicles, se­guidor de los sofistas y de su doctrina, dis­tingue, como éstos, entre el hábito conver­tido en ley y la naturaleza. Pero los sofistas gustaban de las reticencias y aunque reconocían el derecho del más fuerte no se pronunciaban sobre las gran­des injusticias que de ello pudieran deri­varse, y silenciaban su connivencia con los tiranos. Calicles les arranca todos estos ve­los. En su opinión, el hombre no tiene más que un imperativo moral: dominar, para poder realizar todos sus apetitos y deseos; es una bestia de presa.

Lo que Calicles afir­ma con su ímpetu genial no se ha oído con mucha ‘frecuencia. Hasta diecinueve siglos después no volveremos a encontrar una falta de prejuicios tan intrépida como ésta, en el retrato del Príncipe (v.) de Maquiavelo, y luego, tras otro intervalo de cua­trocientos años, en el Superhombre de Nietzsche; con la diferencia, empero, de que estos últimos son partidarios, con toda su fuerza de convicción, del hombre al que todo le es lícito, mientras que Platón, en nombre de Sócrates, se manifiesta contra Calicles.

Parece, pues, que debería descri­birle con antipatía y tratarle injustamente. Pero ya sea porque el arte de Platón se complazca en diseñar los contornos de este desenfrenado e impetuoso individualista, ya porque él mismo quiera mostrarse indul­gente con la veleidad de dar libre curso a su alma apasionada, Calicles aparece en el diálogo como una figura simpática. Ello puede también ser debido a que habla de delitos en potencia en tanto se halla tan lejos como el mismo Sócrates de su reali­zación.

Sitúa la voluntad de poder en un plano intelectual — justificación que es la misma de Maquiavelo y Nietzsche, quienes, en un exceso de franqueza, han exaltado una inmoralidad en la que ellos mismos han procurado muy bien no caer, ya que poseen la audacia y la probidad del intelectual que llega hasta las consecuencias extremas. Esto mismo ocurre con Calicles. Tanto le can­san las «palabras, palabras, palabras» de Sócrates como las nimiedades de los sofis­tas.

Ha visto lo inhumano de los partidos tanto en la política interna como en la guerra del Peloponeso, y saca consecuencias de todo ello con una especie de victoriosa satisfacción. No es ya un joven, pero, a pesar de su plena madurez, aún es capaz de alentar entusiasmos que actúan en una esfera completamente negativa. Es, por de­cirlo así, un idealista de la realidad. Pa­trocina delitos que, según Sócrates, serán castigados en el más allá con eternos suplicios. El final de la disputa nos presenta a Calicles vencido por la dialéctica y la grandeza moral de Sócrates. «Bien, pues — dice Calicles—, me rindo; Sócrates me ha vencido con su voluntad de poder superior aún a la mía».

F. Lion