Calígula

Personaje de la obra dramá­tica del mismo título (v. Obras de Camus) del autor francés Albert Camus (n. en 1913), Premio Nobel de Literatura 1957. Calígula había sido al principio un «per­fecto» emperador, razonable y bueno. Para él «hacer sufrir era la única manera de equivocarse».

Quería ser un hombre justo, dar la dicha a su pueblo. Calígula pierde bruscamente a Drusíla, una hermana a la que amaba apasionadamente. Hasta enton­ces el joven emperador ignoraba el signi­ficado de la desesperación. El choque con la muerte del ser amado rompe su sensibilidad. «Esta muerte — dice Calígula — no es más que el signo de una verdad que me hace necesaria la luna. Es una verdad muy sencilla y muy clara, un poco tonta, pero difícil de descubrir y pesada de llevar… los hombres mueren y no son dichosos».

La primera reacción de Calígula es la hui­da, es el esfuerzo por evadirse de lo real. Siente entonces la tentación de huir de este mundo «absurdo» porque «este mundo, tal como está hecho, es insoportable. Por eso tengo necesidad de la luna o de la dicha, de la inmortalidad, de algo que será una locura quizá, pero que no será de este mundo». Calígula se da cuenta de que todo a su alrededor es mentira, y él quie­re que sus súbditos vivan en la verdad. Y justamente — por ser emperador—’tiene los medios para hacerlos vivir en la ver­dad.

Calígula se vale de su poder político para intentar escapar a su obsesión: el ab­surdo. «Acabo de comprender, al fin — dice Calígula—, la utilidad del poder. Da posibi­lidades a lo imposible. Hoy, y en el futuro, mi libertad no tiene fronteras». Calígula entiende que este mundo no tiene impor­tancia, «y quien así lo entiende conquista su libertad. En todo el Imperio romano soy el único libre. Regocijaos, por fin ha llegado un emperador que o enseñará la libertad». Calígula obliga a todos los pa­tricios a testar en favor del Estado y a desheredar a sus hijos y hacerles morir después; se burla de los patricios, viola a sus esposas, los humilla, ordena ejecucio­nes… Hace danzar a sus subordinados como marionetas. Calígula prueba a los de­más que, «si nada tiene sentido, todo está permitido». Esta comprobación es amarga porque significa que «todo es igual, todo es indiferente».

Calígula no está loco; nun­ca ha sido tan razonable: «sentí en mí de pronto una necesidad de imposible. Las cosas tal como son, no me parecen satis­factorias». El emperador sigue queriendo dar la dicha a su pueblo: «Haré a este siglo el don de la igualdad. Y cuando todo esté nivelado, lo imposible al fin en la tierra, la luna en mis manos, entonces qui­zá yo mismo esté transformado y el mun­do conmigo; entonces, al fin, los hombres no morirán y serán dichosos».

Lo que Ca­lígula desea con todas sus fuerzas está por encima de los dioses, quiere «mezclar el cielo con el mar, confundir fealdad y belleza, hacer brotar la risa del sufri­miento». No obstante, Calígula adquiere conciencia de su propia impotencia: « ¿Y qué me importa una mano firme, de qué me sirve este asombroso poder si no pue­do cambiar el orden de las cosas, si no puedo hacer que el mal decrezca y que los que nacen no mueran?» Cada vez más ajeno a este mundo, no sintiéndose a gus­to más que entre los muertos, porque «sólo ellos son verdaderos», Calígula aspira a encontrar nuevamente el gran vacío en que su corazón se apacigua.

En el umbral de la muerte, Calígula proclama que no tomó el camino verdadero, que su libertad «no es la buena». Cae bajo el puñal de los conspiradores y en el último estertor de la agonía, riendo, grita: « ¡Todavía estoy vivo!»

J. M.a Pandolfi