Betsabé

[Bath-šeba‘]. Su nombre sig­nifica «hija del juramento». Toda su vida transcurre bajo este signo, en cuyo nudo se origina el hado de la casa de David, con la ruina de Jerusalén como término, más allá del Mesías. Adulterio, homicidio, lujuria.

En ningún momento como en éste llega el rey David (v.) más cerca de las profundidades del «sheol» o infierno. El episodio de Betsabé es la nota más baja de su lira, y aunque muy pronto el rey se levantará de nuevo, sus armonías se alza­rán desde entonces sobre la muerte. Hallá­base David en su terraza, a la hora del «demonio del mediodía». Una mujer se ba­ñaba en el silencio de las aguas: «la mujer era muy bella». Con las sombras del atar­decer creció, extendiendo sus brazos, la lu­juria.

Aquella noche, Betsabé, esposa de Urías, durmió con el rey y concibió. El nudo impuro fue estrechándose: a los dos pecados que clamaban al cielo vino a aña­dirse un tercero. Urías estaba en campaña y David le hizo llamar para que durmiera con su mujer y quedara así justificada su preñez. Pero el soldado a quien su mismo señor traicionara no entró en la casa vio­lada, sino que, resistiéndose al favor real, se acostó en el atrio: «El arca de Dios e Israel y Judá viven bajo las tiendas, mi jefe Joab y los súbditos de mi señor acam­pan al aire libre, ¿y yo iré a mi casa para comer y beber y dormir con mi esposa? Por tu salud y la de tu alma que no voy a hacer tal».

Del adulterio germinaba una vida. Urías debía morir, y David escribió a Joab que le expusiese al peligro. El mis­mo Urías llevó la carta al campo de ba­talla, siendo así el instrumento de su pro­pio fin. Y Betsabé enviudó «y le lloró», aunque de su corazón impuro sólo un duelo legal pudo salir. La Sagrada Escritura nos la presenta siempre impenetrable y vacía como un objeto: «Era muy bella»; y David la tuvo en sus manos como un talento de oro. «Muy bella», como una estatua ido­látrica ante la cual van acumulándose los pecados y la ira divina.

Tan pronto el rey hubo conseguido lo que se proponía, Dios le envió, por boca de Natán (v.), un breve y suave apólogo sobre un pobre desposeído por un rico de su única ovejita, a la que quería como a un hijo y que fue muerta por éste. «Tú eres este hombre». El sueño de Betsabé había acabado; sobre el rey pe­saban tres pecados sangrientos. El hijo de la mujer marmórea nació y murió; el in­cesto, la rebelión y el asesinato desunieron a los hijos del rey.

Betsabé concibió nueva­mente y nació Salomón (v.), el celebérrimo y lujurioso rey de las setecientas concubi­nas; y David, con un dolor de siglos, tem­pló nuevamente su armonía, desde la nota más grave a la más divina, y entonó el «Miserere», que, desde el triple nudo del delito, desde la «hija del juramento», eleva el dolor universal hasta Aquel que perdona.

P. De Benedetti