Bergeret

Personaje creado por Anatole France (1844-1924), en su tetralogía de novelas titulada Historia contemporánea (v. El olmo del paseo, El maniquí de mimbre, El anillo de amatista, El señor Bergeret en París), y que posteriormente él mismo re­pitiera en diversas narraciones y escritos.

Típico representante del intelectualismo francés y europeo fin de siglo, cuyas vir­tudes y limitaciones resume admirablemen­te, Luciano Bergeret es, sin duda, la figura más popular y compleja creada por la litera­tura francesa moderna. Sólidamente vincu­lado a un tipo determinado de civilización y a una época, Bergeret es un erudito, un crítico y un filólogo.

Profesor de literatura latina y especialista de reconocida autori­dad, no se limita exclusivamente a su pro­fesión, a pesar de su extremada modestia; es un hombre culto en la más amplia acep­ción de la palabra, un humanista en el mejor de los sentidos, que se vale de la experiencia del pasado para analizar, con imparcial agudeza, el momento presente, y, basado en una idea pesimista de la natura­leza humana, juzga indulgentemente a los hombres.

Anticonformista, poco amigo de programas, etiquetas, expresiones vacías y frases hechas, heredero del racionalismo del siglo XVIII, lleno de confianza en la razón humana y persuadido del deber de llevar la verdad a todas partes, mitiga estas ten­dencias redentoras con un sonriente escep­ticismo, con una ironía volteriana que no duda en emplear aun contra sí mismo.

Bergeret, llevado por el gusto de las ideas generales, poseído por el demonio de la crítica, impulsado por su mismo carácter a razonar sobre todo y sobre todos, dispues­to a filosofar con agudo gracejo sobre el asunto más trivial, se nos presenta como un hombre de ingenio profundamente conven­cido de que la primera función de la cul­tura consiste en embellecer con elegantes arabescos las crudas necesidades de la vida y suavizar la inevitable aspereza de las pasiones, con lo que da muestras de cierto alejandrinismo complacido y decadente.

No obstante, sabe extraer de su elegancia in­terior un principio de dignidad moral. Su frivolidad es tan sólo aparente: Bergeret quiere dudar de todo, mas para ello respe­ta demasiado a la humanidad y la civiliza­ción. Como Sócrates (v.), se siente ciuda­dano; y aunque no guste de la acción y le repugne la política militante, las costum­bres sociales y las instituciones atraen su espíritu, estimulan su cáustica vivacidad y le ponen en contacto directo con las pa­siones de su época.

Con ello manifiesta ser hijo de su siglo, que profesó la religión de la libertad; pero su amor a la imparciali­dad, su sentido del ridículo y un espíritu crítico excesivamente vivo le impiden con­finarse en un partido: no cree en el culto de la masa, porque sabe muy bien que la historia la hacen las minorías y que el sis­tema de gobierno perfecto no existe; acepta la democracia como el menos malo y ama a la Tercera República, con todos sus de­fectos y corrupciones, con una especie de ternura indulgente, considerándola el ré­gimen más llevadero y humano que desde siglos han tenido Francia y aun Europa.

Audacísimo en la defensa de los intereses del espíritu y de la justicia, simpatizante con el socialismo, pronto a examinar con benevolencia cualquier ideología nueva, ene­migo de la superstición religiosa y del cle­ricalismo, teme, empero, toda reforma de­masiado rápida, así como las innovaciones radicales, huye de inhumanos doctrinarismos y se aferra profundamente a la tradi­ción. Tal posición espiritual resulta ex­quisitamente contradictoria. No obstante, Bergeret, anticonformista a todo trance, re­clama para sí el derecho a contradecirse, pues ve en el espíritu de contradicción uno de los caracteres del perfecto intelectual.

Despreocupado ante la maledicencia, siem­pre dispuesto a afrontar la calumnia y la opinión del vulgo, animado de un humor singular y graciosamente paradójico que le hace sonreír cuando la gente se halla dis­puesta a lamentarse y le lleva a llorar cuando el mundo ríe, va pasando por la vida con intrépida serenidad y gustando con delicada discreción sus pocos placeres verdaderos, seguido de su inseparable pe­rrito Riquet, en conversación con amigos y discípulos. Todo ello hace de Bergeret una viva y delicada encarnación del eter­no tipo socrático.

Su verdadero defecto re­side en su timidez para la acción: en el ser hombre de pocos músculos y débiles hombros, en su naturaleza indefensa ante las más violentas manifestaciones de aque­llos instintos humanos que, no obstante, sabe tan bien comprender y juzgar. En com­paración con su pintoresco antecesor, el dieciochesco abate Jerónimo Coignard, le vemos incomparablemente más libre y con mayor audacia de espíritu, pero, también, innegablemente más débil y menos rico en fuerza vital.

M. Bonfantini