Berglinger

Es el protagonista del re­lato La singular vida musical del compo­sitor José Berglinger [Das merkwürdige musikalische Leben des Tonkünstlers Joseph Berglinger] con que terminan las Efu­siones del corazón de un monje enamorado del arte (v.) de W. H. Wackenroder (1773- 1798).

Este personaje, que aparece también en las páginas de las Fantasías sobre el arte para los amigos del arte (v.), es una proyección fantástica del mismo autor. Son particularmente identificables en Berglin­ger algunos trazos biográficos de Wacken­roder: ante todo, el conflicto espiritual que separa su mundo del de su padre. A la aversión de Wackenroder hacia los estu­dios de jurisprudencia, primeramente, y, luego, hacia la carrera jurídica, correspon­de el doloroso tedio que produce a Berg­linger su vida en el oscuro ambiente fami­liar, junto a su padre viudo y a sus cinco hermanas. «Nadie más que José, continua­mente absorto en un mundo de bellas imá­genes y sueños celestes, podía sentirse tan a disgusto en esta familia».

La lucha in­terna de Berglinger tiene, por esta causa, un primer motivo de carácter contingente, que adquiere repentinamente más amplias significaciones, transformándose en el pro­fundo dualismo romántico que nace de una perpetua e insatisfecha «Sehnsucht». A ello se añade luego la desilusión que el compo­sitor experimenta al comprobar que todas «las melodías se basan en una férrea y úni­ca ley matemática», de donde el hastío que siente hacia la disciplina de un árido es­tudio; por ello una perpetua «discordancia amarga entre su innato y eterno entusias­mo y el lado terrenal de la existencia hu­mana, que violentamente nos desencanta y arrastra a lo prosaico, le tortura para siem­pre».

Llegado a director de orquesta y com­positor, se siente ofendido por la apatía que sus contemporáneos demuestran hacia el arte que cultiva. Berglinger comprueba que el artista está condenado a una irre­mediable soledad. No obstante, experimenta por una vez la alegría de sentir que, junta­mente con el suyo, vibra entusiásticamente el espíritu del público durante la ejecución de una de sus últimas composiciones. Un nuevo impulso vital le incita al trabajo; pero la noticia inesperada de la enfermedad mortal de su padre le hunde nuevamente en la desesperación. «De este modo, todo canto enmudece de nuevo en su pecho».

Muerto su padre, vuelve a su mundo, ex­hausto y afligido. Pero ni en éste puede apaciguarse su lucha interna. Tras la ten­sión y el morboso estado de paroxismo en el que logra crear su obra maestra — una composición sobre la Pasión de Cristo —, se siente desfallecer, y, poco después, mue­re en la flor de la edad. Creada en los al­bores del prerromanticismo alemán, la fi­gura de Berglinger es, en cierto modo, el prototipo que servirá de modelo a todas las figuras hermanas cuya «doble esencia espiritual y física sufre una dolorosa es­cisión».

Inspirado en el panestetismo wackenroderiano (el arte reúne los más altos valores de la vida), no es de extrañar el carácter unilateral de Berglinger. Encerra­do en la «turris ebúrnea» del mundo ar­tístico, escapan a su comprensión los múl­tiples aspectos de la polifacética realidad. Por ello, su personalidad es una rígida abstracción.

Desde el punto de vista cul­tural es importante porque encarna la supervaloración del elemento estético que no solamente determinó una arbitraria irrup­ción del arte en la vida, sino que también imprimió el primer impulso a los movi­mientos esteticistas del siglo XIX que pau­latinamente fueron degradándose hasta el academicismo de los parnasianos franceses o de la escuela muniquesa, la frialdad formal del grupo de las Hojas de arte, el este­ticismo de Pater o Wilde, la postura de D’Annunzio o el culto hiperbólico del arte profesado por los surrealistas.

G. Necco