Becky (o Rebeca) Sharp

Es la fi­gura central de la novela inglesa La feria de las vanidades (v.) de William Make­peace Thackeray (1811-1863). Criatura lle­na de espíritu, vivacidad e inteligencia, y privada, ya de jovencita, de toda ilusión a causa de la miseria y humillaciones su­fridas, considera la vida como una lucha que está decidida a librar, sin vacilaciones ni escrúpulos, para alcanzar sus propios fines.

En su opinión, todas las armas son buenas: la coquetería, la corrupción y la mentira. Su ideal es sólo uno: brillar, ser la primera en todas partes, hacerse recibir triunfalmente por la misma sociedad que hubiera querido excluirla; a tal designio sacrifica todo sentimiento (amistad, amor, afecto materno incluso), presa de un árido egoísmo sin luz ni esperanza.

Llena de va­lor y astucia, actúa sin aliados, contando únicamente con sus propias fuerzas y va­liéndose de la rara fascinación de sus ojos verdes y sus cabellos rojos y de su capa­cidad mundana y diplomática. Pero, por una cruel ironía del destino, cada vez que se halla al alcance de la meta se ve de­rrotada por los mismos medios que ha empleado; a pesar de lo cual, indómita, co­mienza de nuevo a intrigar y a luchar.

Aun­que Becky es el verdadero tipo de aven­turera, no hay en ella nada fatal ni miste­rioso; en el fondo, se conformaría de buen grado con una discreta celebridad y todas sus intrigas no tienden más que a asegu­rarle una posición: «Con cinco mil libras anuales de renta — dice ella misma — hu­biera podido ser una gran señora». Ajena absolutamente a todo cuanto sea sincero y generoso, desconoce tanto el remordimien­to como la gratitud; sus únicas lágrimas son las que vierte al darse cuenta de que ha errado el cálculo al casarse con el joven Rawdon, pues «de haber sabido aguardar un poco, hubiera podido casarse con el rico “baronet” y no con el pobretón de su heredero»; su única obra buena consiste en la revelación que hace a Amelia de la infidelidad de su marido, y aun ello más bien por desprecio hacia la ingenuidad de su amiga que por un móvil caritativo.

En cualquier circunstancia y momento busca, exclusivamente, sus propias conveniencias; a pesar de lo cual, tanto en la energía con que lucha constantemente como en la re­suelta audacia con que sabe sobreponerse a cada derrota, hay una admirable vita­lidad que la convierte en digna heroína de una «novela sin héroe».

En el contraste en­tre Becky y Amelia, Thackeray traslada a un terreno burgués y realista el binomio de Sade: la prosperidad del vicio y la desgracia de la virtud: dos jovencitas, una viciosa y con una vida de placeres, virtuosa la otra pero con un calvario de sufrimien­tos; en Becky, no obstante, el vicio, pre­sentado bajo las mezquinas apariencias de la intriga, carece de todo esplendor; su exasperada aspiración es la de todas las bellas ambiciosas, la misma que, en cierne, puede hallarse, por ejemplo, en la señorita Bourrienne de Guerra y Paz (v.). A. P. Marchesini