Bazarov

Eugenio Vasil’evič Bazarov es el protagonista de la novela Padres e hijos (v.) del gran escritor ruso Iván Turguenev (Ivan Sergeevič Turgenev, 1818-1883). El punto de partida de la caracterización de Bazarov, como tipo representativo de la exageración del criticismo que, con el nombre de «nihilismo», tuvo su difusión en Rusia a mediados del siglo XIX, fue, sin duda, la misma realidad, aunque como hom­bre Bazarov pueda luego igualarse psico­lógicamente a tantos otros de cualesquiera época y país en períodos de crisis social y espiritual.

En el tiempo de las grandes re­formas de Alejandro II, el contraste entre las distintas generaciones, entre «padres e hijos», fue muy marcado y se manifestó, socialmente, como lucha de los demócra­tas contra el «aristocratismo» y, espiritual­mente, como lucha del positivismo y el materialismo contra el idealismo y la meta­física. La característica de Bazarov, demó­crata y materialista, reside en el extremis­mo de sus principios, de acuerdo con los cuales niega la existencia de todo principio y admite sólo, como fundamento de la cul­tura humana, las ciencias experimentales.

Para él no existe el amor (hasta el mo­mento en que el mismo amor le subyuga y vence); tampoco existen grandes hombres ni héroes (por más que, en el fondo, se sienta él mismo uno de ellos en su lucha contra las causas del retraso, la ignorancia, la debilidad y la hipocresía de los demás); según él, todo lo viejo debe ser destruido, cualesquiera que puedan ser las consecuen­cias de ello, únicamente el «conocimiento» fundamentado en la física y la filosofía puede, a su juicio, salvar a los hombres, y, en este caso, al pueblo ruso.

Entretanto, él es el primero en no hacer nada o casi nada en favor de esta salvación, y en el trans­curso de la novela se nos presenta más como un divulgador de la idea de negación de todo principio que como un hombre de realizaciones. Habla y discute mucho, y, en cierto modo, se parece a Rudin (v.), héroe de la novela de este nombre (v.) del mismo Turguenev.

Como él, aunque en un plano distinto, se contradice a sí mismo, como, por ejemplo, cuando reconoce la existencia del alma o de las cualidades morales en contra­posición a su credo materialista que le lleva a negar la amistad, el patriotismo, la reli­gión, la poesía, el arte, la música y el amor. Es reveladora la negación del amor, al que llama locura romántica: su no existencia no puede ser más que una afirmación teó­rica por cuanto él mismo ama a sus propios padres y hace lo posible para no darlo a entender, sólo por temor a «caer en el ro­manticismo y extraviarse».

Éste es el punto crucial de la personalidad de Bazarov, pues­to que no puede disimular ni negarse a sí mismo su amor hacia Odincova sin negar la propia existencia. Y no piensa ya en el peligro de volverse romántico cuando se deja llevar por la pasión, ni tampoco cuan­do, agonizante, pide ver por última vez a la mujer amada, recomienda a sus padres que busquen el consuelo de la religión y ruega a aquélla que no destruya la ilusión de su viejo padre que cree que con la muerte del hijo pierde Rusia un «gran hombre».

El tipo, evidentemente, y aunque sacado de la realidad, respondía a las ideas de Turguenev, quien no podía admitir que apareciera negada la «vida», a la que en sus obras reservó siempre la victoria final, aunque ello, frecuentemente, comportara la muerte del héroe. Bazarov muere para que triunfe la vida, puesto que nada puede edi­ficarse sobre la sola negación.

E. Lo Gatto