Barba Azul

[Barbe bleue]. Personaje del cuento del mismo nombre (v.) de Char­les Perrault (1628-1703). Si tras nosotros van todas nuestras acciones en la vida, y algunas de ellas nos alumbran algo, otras, en cambio, no proyectan más que sombras y miedo y dejan oír a nuestra espalda el paso amenazador de Barba Azul y su voz enfurecida.

Pero, ¿quién ha excitado la có­lera del buen viejo? ¿Quién ha faltado a la palabra dada, quién ha transgredido las órdenes? ¿Acaso no tenemos bien merecido su enojo? Si bien el fondo moral de la fábula de Perrault defiende, con la muerte de Barba Azul, el derecho a la curiosidad y a la rebelión, no obstante, el justiciero, ‘el que «no habría matado», permanece siempre justificado.

Por más que en él quiera verse la parodia del señor feudal, dueño y señor de vidas y haciendas y, es­pecialmente, de las mujeres; por más que se quiera ver allí, dorada y reluciente en el barroco palacio de la fábula, la adap­tación a motivo poético de una imagen sádica, la del barón bretón de Retz, que dio muerte, en la Edad Media, a innumera­bles niños y a siete mujeres, la más ilus­tre de las cuales es Santa Trófima, cuya vida y muerte nos describen las historiadas vidrieras de las pequeñas iglesias bre­tonas; por más que Barba Azul pueda con­siderarse como el retrato de un antepasado de Landrú, siempre la fábula restituirá a la poesía, en un cuadro ampuloso y altivo pero gracioso, un tanto a lo Walt Disney, la figura de un rico, obeso y generoso se­ñor de barba azul a quien siete mujeres, una tras otra, pretendieron engañar; y siem­pre también la fábula justificará su cólera hablando de él y de su cuchillo a los niños del mismo modo que recuerda a los ma­yores los míticos rayos lanzados contra la humanidad por la justicia vindicativa de los dioses.

A su luz nos parece, a veces, que nuestra vida sea un continuo desafío, una rebelión contra la despreocupación de un dueño lejano que un día castigará sin piedad nuestra sed de vivir aprendiendo. Pero, ¿quién podría condenar al pobre Bar­ba Azul, muerto posteriormente a manos de dragones y mosqueteros indignos, si su mismo poder le fue fatal? Si la curiosidad que le irritaba no era amor a la verdad sino frivolidad, ¿por qué se disipa tan súbita­mente en festines y reconciliaciones sobre su cadáver el terror de su poderío? La sombra de Barba Azul quizá sea necesaria a los débiles; pero su simbolismo, desgra­ciadamente, parece dirigirse a todos.

G. Veronesi