Doña Bárbara

Personaje central de la novela de este título (v.) del escritor venezolano Rómulo Gallegos (n. en 1884). Aparece ante el lector como símbolo — in­cluso hasta en el nombre — de un mundo violento, atrasado, lleno de maldad y superstición, resto de antiguas instituciones feudales; frente a ella se levanta la figura de Santos Luzardo (v.), la civilización, la «luz»; en el conflicto entre estos dos per­sonajes, y entre los mundos distintos que simbolizan, reside el núcleo central de la obra.

Pero doña Bárbara no es sólo la ima­gen representativa del dueño de los lla­nos. Su patética figura resulta mucho más compleja; recoge el espíritu de la sabana y al mismo tiempo es la mujer primitiva, movida por un solo deseo: el ansia de do­minio, dominio de los campos y de los hombres, que en ella viene a ser lo mismo.

Llamada por los llaneros «la devoradora de hombres», era una mestiza «fruto engen­drado por la violencia del blanco aventu­rero en la sombría sensualidad de la india, su origen se perdía en el dramático miste­rio de las tierras vírgenes»; y de ahí, de la mezcla de sangres y de la tierra donde se pierde su origen, nacen los rasgos que la caracterizan: violencia, complejidad, contradicción, fatalismo, predominio del instin­to.

El deseo de poder, de fuerza, que mueve todas sus acciones proviene del ansia de venganza y del resentimiento total contra el varón, que arranca del trágico recuerdo de su desfloración en la piragua donde ella hacía de cocinera. Allí vivió el único sen­timiento puro que albergó su corazón: el amor de Asdrúbal, asesinado el mismo día en que eran violados sus quince años. A partir de entonces «ya sólo rencores podía abrigar en su pecho y nada le complacía tanto como el espectáculo del varón deba­tiéndose entre las garras de las fuerzas destructoras».

Una de sus primeras vícti­mas será el rico latifundista Lorenzo Bar­quero, del que tiene una hija que no quiere ni ver porque «un hijo de sus entrañas, era para ella una victoria del macho, una nueva violencia sufrida». Su sensualidad pronto desaparece ante la fuerza arrolla­dora de- una nueva pasión: la codicia.

En el momento que ha alcanzado la cumbre de su poder ocurre el encuentro con Santos Luzardo que renueva en su interior, a tra­vés de una detallada evolución psicológica, la ternura de su primer amor; y será ese recuerdo, al ver en su propia hija escuchan­do las palabras de Luzardo a ella ante Asdrúbal, lo que la moverá a abandonar aquella tierra tal como llegó, misteriosa, envuelta en la leyenda, atraída por las palabras oídas al río: «las cosas vuelven al lugar de donde salieron».

S. Beser