[Belša’şar (Bel-šar-uşur)]. Hijo de Nabonid, último rey caldeo, gobernó Babilonia en nombre de su padre. El profeta Daniel (v.) le vio en su inmenso convite nocturno: los mil príncipes asirios «bebían el vino y celebraban a sus dioses» en los vasos robados al templo de Jerusalén.
De pronto se hizo el silencio: en el muro iluminado por el candelabro, una mano escribía: «Mane, thecel, phares». «Y entonces la faz del rey mudó de color y sus pensamientos le turbaron y se desataron las trabas de sus riñones y sus rodillas entrechocaron». Era el misterio de la muerte, y así se lo leyó Daniel desde el testero de la sala donde resplandecía el sacrilego banquete.
En aquel momento los persas habían ya penetrado en el recinto de la ciudad, y mientras el vino alegraba a los comensales se derrumbaban las torres seculares bajo el ímpetu de Ciro. «Aquella misma noche Baltasar, rey de Caldea, fue muerto y Darío, el medo, le sucedió en el reino». No hay en la historia de Israel acto más terrible y fulminante: la mano de Dios se manifestó en forma visible en medio de un sacrilegio, para castigar las culpas de un imperio milenario y volver una página de la historia del mundo.
Baltasar casi desaparece en esa encrucijada de destinos, rodeado por sus concubinas, tembloroso y ebrio, bajo la mirada del profeta de la historia, aquel Daniel a quien Nabucodonosor (v.) había llamado Baltasar, como si fueran los dos platillos de la balanza iguales, uno en el cielo y el otro en la muerte. «Mane: Dios ha contado los días de tu reino y ha puesto fin a ellos. Thecel: has sido pesado en la balanza, y has sido hallado falto de peso. Phares: tu reino ha sido dividido y dado a los medos y a los persas».
P. De Benedetti

