Baldo

[Baldus]. Protagonista del poe­ma de su mismo nombre (v.) escrito en ver­sos macarrónicos por Teofilo Folengo (1491- 1544). Debe considerarse como uno de los personajes más conocidos pero al mismo tiempo más desiguales y contradictorios de la literatura italiana.

La causa de la ambi­güedad de Baldo, unas veces facineroso fuera de la ley y otras héroe de nuevas afirmaciones de moral social, se encuentra, esencialmente, en las transformaciones que Folengo ha impuesto a su obra maestra. Examinando al personaje en la que hoy debe considerarse definitiva ordenación de la obra, las diversidades y aun las contra­dicciones de su carácter podrán justificarse con las variaciones experimentadas por Baldo, desde la primitiva narración aldea­na y paródica hasta el tono épico y nove­lesco mal desarrollado de la parte del des­censo a los infiernos.

Hijo de los príncipes Guidone y Baldovina, fugitivos por amor de la corte de Francia, Baldo nace en la miserable cabaña de un campesino, Berto Panada, en Cipada, pueblo de la comarca de Mantua. Su padre parte a la conquista de un reino, por lo que debe dejarle al cuidado de su madre (que en las dos pri­meras redacciones de la obra moría del parto, y, en recuerdo suyo, el niño lleva­ba su propio nombre); totalmente igno­rante de su origen noble, el niño va cre­ciendo en la familia del campesino, quien muy pronto enviuda.

Es hábil y malo, no quiere trabajar ni ir a la escuela, y anda siempre metido en peleas y travesuras. Muy pronto se junta con los tipos de peor fama del pueblo, en particular con Cingar (v.) y Fracasso (v.): en unión de éstos orga­niza una banda de malhechores que siem­bra el terror por aquellas cercanías. Al mismo tiempo, maltrata a su hermanastro Zambello (hijo de Berto, quien, por aquel entonces, como Baldovina, había ya muer­to) y comete toda clase de atropellos con­tra su familia.

Finalmente es encarcelado; tras varias peripecias, Cingar le salva^ En­tonces proyecta llevar a cabo con sus compañeros una expedición al infierno, para llevar allí la justicia; de esta manera el personaje, descrito al principio como un bribón violento e inhumano, aunque audaz, se vuelve muy serio y comedido, cual ca­pitán de una nueva hueste de caballeros. Aun cuando debe tenerse en cuenta la in­tención inicial paródica de la obra, ninguna duda cabe de que Baldo no es más que el pretexto de varios relatos, sobrepuestos uno al otro en la compaginación del poema.

El primitivo intento de describir un carácter sano y sincero de campesino, que, junta­mente con otros, desciende al infierno para vencer allí a las brujas y demonios, se ve reemplazado por una intención ampliamen­te novelesca, que no se aviene muy bien con la primera parte, basada en los ins­tintos y pasiones cotidianas. En la parte del descenso a los Infiernos, en que Baldo se convierte en nuevo Eneas (v.), Baldo no es más que un pretexto para razonamientos morales y afirmaciones de seriedad y gran­deza frente a los vicios del mundo.

Pre­texto cierto para sacar adelante el relato a toda costa, es la única solución que el caprichoso pero humanísimo Folengo en­cuentra para mantenerle en .aquella vita­lidad artística con que apareciera en la literatura del siglo XVI, tras los ensayos de Morgante (v.) y junto a los de un Or­lando (v.), ahora ya furioso.

C. Cordié