Aymerí de Narbona

[Ayméri de Narbonne]. Es uno de los más simpáticos héroes del Ciclo carolingio (v.), a quien la leyenda conduce, con singular continui­dad de carácter, desde la adolescencia a la vejez.

Lo hallamos adolescente en el Gi­rará de Vienne (v.) donde, para sostener el honor de Girard ofendido por la emperatriz, combate intrépidamente contra Carlomagno (v.) y no se somete más que a condición de que se le deje obrar respecto al rey según éste obre para con él.

Ello parece infringir las leyes del vasallaje, pero, en realidad, lo que hace Aymerí es trasladarlas a un plano ideal y generoso de recíproco respeto, que participa a la vez de lo heroico y de lo cómico. En el Aymerí de Narbona (v.), el cantar particularmente dedicado a él, Aymerí es todavía muy jo­ven: los doce pares han muerto en Ronces- valles, los guerreros de Carlomagno están cansados de combatir y nadie quiere arries­garse a asaltar Narbona, ofrecida por el rey a quien la conquiste.

Entonces se ade­lanta Aymerí y toma la ciudad. En Les Narbonnais (v.), finalmente, le encontramos viejo: su generosidad sin límites no le ha permitido poseer grandes feudos, y seis de sus siete hijos deberán dejar el pequeño condado de Narbona para ir en busca de fortuna; pero, antes de despedirse de ellos, les inviste solemnemente de los cargos y feudos que habrán de ganar, del mismo modo que en otro tiempo lo hizo el empe­rador Carlomagno con él, adolescente aún.

Así, en el Ciclo carolingio Aymerí repre­senta un papel algo semejante al de «puro loco» que desempeña Perceval (v.) en el Ciclo bretón (v.): en él los valores heroi­cos se alternan con los de una ingenuidad sutilmente humorística, que parece con­vertirle en un rebelde, cuando en realidad sólo es un idealista.

Aymerí vive en una atmósfera de generosidad orgullosa y leal, en la que el vasallo y el señor se hallan en planos diversos sólo en el orden social, pero a un mismo nivel en el ideal caba­lleresco: en su modesto feudo se siente depositario responsable de una tradición que le equipara al emperador, porque éste, al igual que él, debe seguirla rigurosamente; pero al mismo tiempo le vemos, cuando apenas acababa de ser armado caballero, in­vistiéndose inmediatamente de su parte, sin vacilar en combatir contra el propio Car­lomagno, que ha faltado a aquellos, ideales de caballería en que él se había iniciado mientras velaba sus armas.

Es, pues, un personaje romántico, en quien Víctor Hugo verá más tarde su Aymerillot, muchacho aventurero que, como si asumiera para sí la responsabilidad de la epopeya fallida en Roncesvalles, la resucita tomando, sin el auxilio de nadie, Narbona, frente a la cual vacilan tantos guerreros. La verdadera sig­nificación de Aymerí consiste en esta acti­tud quijotesca que le lleva a centrar sobre su persona las leyes de una gran tradición, hasta vivirlas en sus expresiones más ex­tremas, para transmitirlas como tales a sus hijos, aunque sea a costa de desafiar la legalidad preestablecida o de exponerse a un inmerecido ridículo.

C. Cremonesi