[Aiax Telamonius]. En la Ilíada (v.) este héroe ocupa, por su fuerza física, el segundo lugar después de Aquiles (v.). De gigantesca estatura, es impetuoso y tenaz en la batalla; su figura de guerrero queda completada por su célebre escudo semejante a una torre, que protege todo su cuerpo.
Designado por la suerte para batirse en duelo con Héctor (v.), se adelanta semejante al dios de la guerra, y el propio Héctor le teme (Canto VII). Pero el resultado de la contienda es indeciso. Cuando los troyanos avanzan más amenazadores, la resistencia extrema queda reservada a Ayax, que defiende el muro, y luego las naves, hasta lograr herir a Héctor. Cuando Patroclo (v.) sucumbe, y su cadáver queda sobre el campo, Ayax se adelanta y pone en fuga al mismo Héctor; luego permanece junto al muerto, como un león que protege a sus cachorros de los ataques de los cazadores. Tal era el carácter de Ayax, que una tradición había transmitido a Homero: es el baluarte de los aqueos, y un segunda Aquiles. Pero en los elogios de Homero se advierten ya algunas reservas.
Homero tiende a interpretar en un sentido más civilizado las leyendas antiguas de batallas y matanzas. Así, descubre los aspectos más humanos de Aquiles, y con ocasión de la muerte de Héctor remoza la cruel historia de la guerra de Troya con episodios en los que los tiernos afectos familiares y la piedad humana reemplazan a la ferocidad, por generosa que sea, de la ira y de la venganza.
Ayax, en cambio, en cuanto su papel es el de un mero combatiente, no podía plegarse a este sentido de tristeza y de resignación que se refleja sobre todo el poema. Ayax vive sólo para el combate, y sonríe cuando se dirige a él, pero su inteligencia no iguala a su fuerza: en la batalla del canto XI, mientras se retira lentamente, sin dejar de mantener a raya a los troyanos, es comparado por el poeta a un asno. Asimismo, en la embajada a Aquiles, Homero establece explícitamente una comparación entre Ulises (v.), en quien dominan las artes del ingenio, y Ayax, simple hombre de acción. A partir de ese momento queda decidida la superioridad del primero.
Y tal parangón ha sido decisivo en el ulterior desarrollo del mito de Ayax. La poesía posterior a la Ilíada mantiene la doble serie de leyendas sobre la fuerza del héroe y sobre su inferioridad intelectual. En el Ciclo épico griego (v.) se le reserva la defensa del cadáver de Aquiles, análogamente a como en la litada defiende el de Patroclo. Pero ya la Odisea conocía la lucha de Ayax con Ulises por las armas de Aquiles: en el mundo de ultratumba Ayax ve a Ulises pero se aleja desdeñosamente de él sin quererle hablar (Canto XI).
La leyenda de la locura y del suicidio de Ayax fue elaborada en la Etiópida y en la Pequeña Riada: durante los juegos fúnebres en honor de Aquiles se suscita la cuestión de la herencia de las armas del muerto, y se decide que se entreguen a Ulises, a quien se considera más digno. A consecuencia de ello, Ayax pierde la razón, se retira a su tienda como Aquiles había hecho en otro tiempo, negándose a salir con vida de ella, y acaba dándose a sí mismo la muerte.
El mito de la locura de Ayax fue recogido por muchos poetas: Esquilo le dedicó algunas de sus tragedias, hoy perdidas (El juicio de las armas y Las Tracias); Píndaro, en diversos Epinicios (v.) («Nemeas» VII y VIII e «ístmicos» IV y VI), quiso modificar el antiguo juicio y acusó a Homero de haber subvertido los valores morales al asignar a Ulises la primacía de méritos: Píndaro celebra el nacimiento de Ayax, al que acompañó una promesa de gloria por parte de Zeus, y celebra asimismo su muerte, presentada como ejemplo de la injusticia del destino, que a veces brinda el éxito a quienes no lo merecen.
En el Ayax (v.) de Sófocles se pinta ya la pérdida de la razón del héroe, y se asiste por una parte al proceso que le lleva fatalmente al suicidio, impulsado por la absurdidad de su extraviada mente, y por otra parte a la desorientación que se apodera de los hombres sensatos, hasta que la divinidad les hace ver claramente y juzgar el verdadero estado de Ayax. La figura de éste cobra en Sófocles sus rasgos más precisos: mientras Ayax corre a su suicidio, convencido de no poder aceptar la vida, que el error cometido le ha impulsado a encaminar por erróneos cauces, otros personajes le juzgan, preparando su absolución, que su misma muerte hará posible.
Ulises, antes que nadie, se da cuenta de la debilidad de su rival, que no es más que la debilidad de todos los hombres. Tecmessa se esfuerza en olvidar y hacer olvidar a Ayax el momento de su locura, evocando amorosamente la figura del verdadero Ayax que ella conoció en tiempos mejores. Teocro interpreta lo acaecido en un sentido especialmente religioso y acaba afirmando las razones de la justicia para conseguir, en oposición al egoísmo de Menelao, que se dé sepultura al desdichado héroe.
Finalmente el propio Ulises absuelve piadosamente a su rival, pues, penetrando a fondo en sus íntimas contradicciones, pasa del odio a la compasión por su antiguo enemigo, y obtiene que se le otorguen los honores que merece. Muchos otros escritores antiguos utilizaron la leyenda de Ayax, especialmente en lo que se refiere a su locura y a su lucha con Ulises, que habían pasado a ser historias célebres y proverbiales como lo era la famosa disputa entre Aquiles y Agamenón (v.). El personaje de Ayax, una vez simplificados los elementos antiguos de su carácter, siguió interpretándose como típica víctima de la injusticia o también, frente a Ulises, como símbolo de la fuerza física en oposición a la inteligencia.
F. Codino

