Astolfo

[Estout, Estous, Hestous, en francés, y Estultus en la Crónica apócrifa de Turpín (v.)]. Personaje de la literatura caballeresca francesa e italiana, que apa­rece como valiente caballero contemporá­neo de Roldán (v.) en más de un poema francés, pero que adquiere una fisonomía peculiar en los poemas francoitalianos En­trada en España (v.) y La toma de Pam­plona (v.), que le representan más rápido de lengua que de mano, certero en sus burlas y no vil por su naturaleza, pero, a diferencia de los intrépidos paladines, dis­puesto, para evitar males mayores, a ave­nirse con los adversarios.

A pesar de todo, goza de grandes simpatías entre sus com­pañeros y es especialmente caro a Roldán, aunque no a Carlomagno (v.), que teme sus críticas mordaces y a menudo justas y sen­satas. Con él penetra en la epopeya un espíritu de picardía muy grato al público italiano, y Astolfo el Inglés, como los tex­tos italianos le llaman por errónea inter­pretación del adjetivo Langrois, derivado de su título de duque de Langres, hijo de Otón, rey de Inglaterra, y primo de Roldán u Orlando y de Rinaldo (v.), pasa a ser un personaje esencial en los relatos caba­llerescos italianos: personaje cómico y sim­pático a la vez, cuya presencia se aviene perfectamente con el héroe predilecto del público italiano, el valiente y decidido Ri­naldo, cuya suerte comparte en sus luchas contra los pérfidos maganceses y contra el propio Carlomagno, y que no se muestra más escrupuloso que su primo en la elec­ción de sus medios ni más respetuoso que él para con la autoridad del emperador.

Tal se nos aparece, por ejemplo, en el Rinaldo di Montalbano (v.) y en aquel otro poema del siglo XIV, modernamente titulado Or­lando, al que Pulci siguió en la composición de su Morgante (v.), y retratado con arte más seguro en este último poema. En efecto, es inolvidable en el Morgante el episodio en que Astolfo, convertido en salteador de ca­minos juntamente con Rinaldo, es enviado a la horca por Carlomagno entre las burlas y ultrajes de los maganceses y es luego li­bertado por Orlando y Rinaldo.

También Boyardo se complugo en la figura de este singular paladín, que en el Orlando enamo­rado (v.) aparece como un elegante y agra­ciado guerrero, impertérrito ante sus de­masiado frecuentes derrotas, jamás curado de su vicio de alabar su propio valor, y, a causa de sus fanfarronerías y de su atur­dimiento, así como por malicia de Ganelón de Maynee (v.), reducido muchas veces a lamentables extremos.

En efecto, más de una vez es capturado hasta que al fin le rapta la maga Alcina (v.). Genialmente, el poeta imagina que Astolfo se apodera, sin saber lo que vale, de la lanza de oro que derriba a todos los adversarios y que, con sorpresa de todos, gracias a ella vence pri­mero al terrible gigante Grandonio, y luego, cuando ya todo el mundo creía perdido el Imperio de Carlomagno, derrota a Gradasso (v.), invencible campeón sarraceno; así As­tolfo, aunque no por su propio mérito, se convierte en el salvador de la cristiandad y, después de haberse burlado de quienes antes le escarnecían y le habían encarce­lado, fingiendo haberse puesto de acuerdo con su adversario y haberse convertido al mahometismo, acaba siendo objeto de las aclamaciones y el respeto de todos.

Del Astolfo de Boyardo deriva el Astolfo de Ariosto, provisto como aquél de armas en­cantadas y destinado también a una alta misión: la de ser el instrumento de la sal­vación de Orlando y, por ello, el de la victoria final de Carlomagno sobre los sa­rracenos. Pero, como Rinaldo, Astolfo pier­de en el Orlando furioso (v.) aquellos ca­racteres populares y cómicos que Boyardo, enamorado de lo rudo y de lo primitivo, no había desdeñado y se remonta como aquél a la atmósfera clásica y señoril en que se mueven los demás héroes del poema de Ariosto.

Se transforma, pues, en un cum­plido caballero y en un héroe valeroso, pero conserva su espíritu aventurero y siempre, más que por la fuerza, vence gracias a sus prodigiosas armas: la lanza encan­tada, que luego regalará a Bradamante (v.), y el cuerno cuyo espantoso sonido pone en fuga a cualquier adversario, para no ha­blar del libro que le enseña a deshacer todos los encantos.

De este modo Astolfo puede recorrer sin límites ni obstáculos todo el vasto mundo e incluso salir de sus confines para pasar al infierno y al paraíso terrenal, y hasta a la luna, primero sobre su admirable caballo Rabicano y luego montado en el alado Hipogrifo, la cabalga­dura que parece inventada adrede para él: libre como ningún otro héroe del poema, porque ninguna pasión le domina, una vez ha escapado a la esclavitud de Alcina que le había transformado en mirto, no sigue otro norte que su propio capricho y parece erigirse en el símbolo único de la poesía de Ariosto.

La sonrisa, no provocada ya por sus bufonadas ni sus fanfarronerías, nace ahora de las cosas en sí mismas, de la contemplación de su libre errabundeo, y se hace tanto más sensible cuando, nada menos que de boca de San Juan Bautista (v.), y nada menos que en el propio Pa­raíso Terrestre, adonde ha llegado por ca­sualidad, se entera de que la Providencia le ha elegido para devolver el seso a Or­lando, misión para la cual — como para todas las demás — no parecía precisamente haber sido hecho.

Con la razón de Orlando encuentra en la Luna la suya propia, con­servada, como la de los demás hombres, en una redoma, y, con el permiso de San Juan, la aspira por la nariz: conclusión de la larga historia del estrambótico caballero y alusión discreta a las locuras cantadas por los demás poetas. Nuestro héroe re­aparece en la Marfisa Bizzarra (v.), de Cario Gozzi, el cual, al pintar, para sati­rizar a la sociedad de su época, la deca­dencia de los paladines envilecidos y apol­tronados, no olvida a Astolfo y le con­vierte en un pisaverde y un inventor de modas, siempre dispuesto a servir a las damas y siempre buscado y halagado por éstas: caricatura feliz del petimetre de aquella época en la que el «chevalier servant» representaba la herencia de la an­tigua caballería.

M. Fubini