Artús

[Arthur] En los relatos del Ci­clo bretón (v.) Artús es el legendario rey de Bretaña, en cuya corte se reúnen, una vez al año, alrededor de una mesa donde cada uno tiene asignado su puesto (la Tabla Redonda), los mejores caballeros, para na­rrar sus hazañas o exponer sus peticiones.

Su personalidad es algo genérica y viene determinada más bien desde el exterior, por las normas de la obediencia que se le debe según un código caballeresco muy preciso. Por un lado se parece al rey Mar­co (v.); a semejanza de él Artús es un esposo traicionado ya que su mujer, Gine­bra (v.), habrá de ser, con Lanzarote del Lago (v.), la protagonista de una famosa historia de amor; por otro lado, se aseme­ja a Carlomagno (v.), en cuanto recoge a su alrededor la flor y nata de la caballería, cuyas empresas coordina. Pero ese doble motivo, en lugar de definirle mejor, hace todavía más imprecisa su figura.

Como es­poso traicionado, Artús es casi inexistente; durante largo tiempo ignora su desgracia, y, cuando ya no puede dudar de ella, su conducta se rige por un sentido más bien abstracto de justicia soberana mitigada por un matiz más bien genérico de piedad hu­mana. Es, en el fondo, la misma actitud del rey Marco, pero con menor dramatismo.

Como fuerza centralizadora de una activi­dad caballeresca, Artús aparece rodeado de un clima más poético que Carlomagno: los fines que se propone la caballería bretona no son los elementalmente guerreros de una lucha contra los infieles, sino que se con­centran, en su primer tiempo, hacia un ideal de perfección varonil caballeresca que regula las relaciones con el amigo, con el enemigo y con la mujer, y más tarde hacia un ideal religioso simbolizado por la bús­queda del Santo Graal, el vaso en que José de Arimatea (v.) recogió la sangre de Cris­to.

Todas las aventuras de esos caballeros errantes son, en el fondo, momentos de una búsqueda del ideal cuya conclusión habrá de ser, al mismo tiempo, la conclusión de los tiempos de la aventura: simbólicamente ello significa que el Graal, forma poética del mensaje cristiano llegado a los países del Norte, pondrá término, con su apari­ción, a la antigua tradición pagana de ma­gia y de lucha para establecer el reino de la elevación espiritual, de la Gracia y del amor.

Pero la misma altura lírica de su mi­sión, la misma sutil ideología que en ella se encierra, impiden al rey Artús sentir la realidad de un drama humano totalmente tendiente, entre luchas y rivalidades, a una redención: suspendido entre los dos extre­mos de la magia pagana y de la Gracia cristiana, Artús parece obligado a mante­nerse discretamente en la sombra y dejar que ambos motivos animen con su virtud el mundo caballeresco que de él depende.

Le falta sobre todo aquel sentido secreto de cósmica patriarcalidad que, desde Agame­nón (v.) hasta Carlomagno, constituye la primera característica de esos pastores de pueblos y los conduce a encarnar vigorosa­mente en sí todos los sufrimientos, las lu­chas y las glorias de sus súbditos. Y no podía ser de otro modo si pensamos que Artús es la criatura de una sociedad refi­nada y cortesana, de una intelectualidad culta, tan alejada de la elementalidad de la Ilíada (v.) como de la del Cantar de Roldan (v.). U. Déttore