Arturo Cova

Protagonista y narrador de la novela del escritor colombiano José Eustasio Rivera (1888-1928) La vorágine (v.), sin duda una de las figuras de inte­lectual más complejas que ha creado la literatura.

Enfermo del «tedium vitae» de Petrarca, pertenece a la galería de perso­najes cuyo núcleo psicológico reside en la falta de voluntad — abulia o desgana — provocada generalmente por no haber en­contrado una auténtica finalidad a la vida; este tipo de personaje, surgido en la no­vela rusa del XIX, ha tenido un amplio desarrollo en las dos laderas de la lengua castellana, llegando a ser el tema central de la novela de la generación del 98 (v.); más tarde reaparece, con notas distintas, en los «héroes existencialistas» de Sartre y Camus y en el «desplazado» actual; por lo general hay que considerarlo como testi­monio de la crisis o rotura de una super­estructura.

Arturo Cova, como el Fernando Ossorio (v.) de Baroja, intenta resolver este problema con parecidos medios: la huida y una exacerbación de la voluntad, convirtiéndose aparentemente en un hom­bre de acción o un aventurero. En reali­dad todo el relato de Cova es una fuga de sus verdaderos problemas; por eso no es extraño que su culminación sea la desapa­rición en la selva, tragado por el inmenso cementerio verde, a donde había penetrado empujado por el deseo de vengar la ima­ginaria traición de Alicia.

Arturo Cova, hombre apasionado, violento, que ama la aventura, es un joven poeta que huye de Bogotá con una muchacha para perderse por los desiertos y la selva. «Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna ju­gué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia. Nada supe de los deliquios em­briagadores, ni de la confidencia sentimental, ni de la zozobra de las miradas cobar­des.

Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la súplica», así empieza su relato; personaje complicado, cuando cree descubrir el can­sancio de su compañera aparecen los ce­los, el apasionamiento: «Alicia me trata­ba ya, no sólo con indiferencia, sino con mal disimulado desdén. Desde entonces co­mencé a apasionarme por ella y hasta me dio por idealizarla».

Quiere ser siempre el triunfador, el actor central. Su compañero, Fidel Franco, lo acusará de ser un des­equilibrado tan impulsivo como teatral; en realidad es un solitario que sólo cree en él: «el ideal no se busca, lo lleva uno con­sigo mismo» afirma; sin embargo, no lo mueve ideal alguno. Actúa sin saber por qué, buscando tan sólo el acto puro, sin finalidad alguna.

Por encima de todo está dominado por el tedio, el cansancio de la vida, que lo arrastra a la aventura sin mo­tivo. «Fama de rendido galán gané en el ánimo de muchas mujeres, gracias a la costumbre de fingir, para que mi alma no se sienta sola. Por todas fui buscando en qué distraer mi inconformidad, e iba de buena fe, anheloso de renovar mi vida y de rescatarme a la perversión; pero donde­quiera que puse mi esperanza hallé la­mentable vacío, embellecido por la fantasía y repudiado por el desencanto.

Y así, en­gañándome con mi propia verdad, logré conocer todas las pasiones y sufro su has­tío, y prosigo desorientado, caricatureando el ideal para sugestionarme con ‘el pensa­miento de que estoy cercano a la reden­ción». Su carácter está lleno de notas con­tradictorias: ataques histéricos, neurosis, búsqueda del cansancio y el sufrimiento como un sedante, deseo de violencia y a la vez un sentido innato de la justicia y una compasión enfermiza hacia los débiles — «soy por idiosincrasia el amigo de los débiles y de los tristes» —. Arturo Cova es un enfermo, y su enfermedad el pensar: «mi sensibilidad nerviosa ha pasado por grandes crisis, en que la razón trata de divorciarse del cerebro.

A pesar de mi exu­berancia física, mi mal de pensar, que ha sido crónico, logra debilitarse de conti­nuo, pues ni durante el sueño quedo libre de la visión imaginativa… de la cólera paso a la transigente mansedumbre, de la prudencia a los arrebatos de la insensatez. En el fondo de mi ánimo acontece lo que en las bahías: las mareas suben y bajan con intermitencia».

S. Beser