Ariel

Personaje de La tempestad (v.), drama de William Shakespeare (1564-1616). Su nombre se halla ya en la Biblia (v.), pero como nombre de ciudad: Ariel es Je­rusalén.

Thomas Heywood en la Jerar­quía de los bienaventurados ángeles [The Hierarchy of the Blessed Angels, 1635] habla de un ángel llamado Ariel, pero se trata de un espíritu de la tierra, mientras que el Ariel shakespeariano es un espíritu del aire, y es indudable que el nombre debió de seducir la fantasía de Shakespeare precisamente por su parentesco con el del aire.

Ariel es un alegre y vago (entiéndase también en el sentido de infinito) espíritu que gusta de presentarse bajo apariencia femenina y canta maliciosas canciones: no es un carácter en el verdadero sentido de la palabra, en lo cual difiere de su antítesis, Calibán (v.); su aspiración central es la libertad, y se manifiesta en la canción que identifica este espíritu con el goce mismo de la naturaleza (V, esc. I): «Chupo donde chupa la abeja, / mi nido está en una oreja. / Cuando los grillos cantan / vuelo ale­gre montado en una mariposa / tras el ve­rano que nos dice adiós. / Sea feliz y go­zosa mi vida / bajo las flores que cuelgan de las ramas».

Pope (1688-1744), en su Rizo robado (v.) llamó a Ariel jefe de los elfos, cuya misión es servir a las bellas mujeres. Como el de Shakespeare, el Ariel de Pope es ágil, ligero, ingenioso y rápido, pero en lugar de estar a las órdenes de un mago vela por Belinda, alejando de ella los pe­ligros que la amenazan, y guardando su abanico, sus brillantes, su reloj y su rizo y dando la señal de alarma cuando apa­rece un enamorado demasiado ansioso: es el elfo custodio, modelado sobre el ángel custodio.

El influjo de Shakespeare se com­bina con el del Abbé de Villars, de cuyo Comte de Gabalis (París, 1670) sacó Pope su sutil mitología de los espíritus: en rea­lidad Ariel es fiel a Belinda porque ésta se mantiene virgen, y acaba concibiendo por ella una especie de afecto amoroso. Por esto, al ver acercarse el caballero con la tijera presta a cortar el rizo, sondeando el corazón de la bella comprende que no tar­dará en ceder a los homenajes de un mor­tal y abandona la lucha con un suspiro.

M. Praz