Aristodemo

Protagonista de varias tragedias que llevan su nombre (v.): una de Cario Dottori (1658-1686) directamente inspirada en la Ifigenia en Tauride (v.) de Eurípides, otra de Luigi Scevola (1770-1818), mediano escritor bergamasco de principios del siglo XIX, y otra de Vincenzo Monti (1754-1828), así como de los Epitides de Agostino Paradisi (1736-1783); estos tres úl­timos autores se remontan a la fuente de Pausanias.

La historia habla de Aristodemo como de un poderoso rey de Mecenia que, después de declarar la guerra a los espartanos y de haber sufrido en ella algunas pérdidas, reunió todas sus fuerzas en un supremo intento y, gracias a haber sacri­ficado, por orden del oráculo, a su hija Dirce, logró por fin vencer a sus enemigos.

Perseguido luego por la sombra de Dirce, al cabo de seis años de reinado, o sea en 724 a. de C., se suicidó y fue amargamente llorado por sus conciudadanos, los cuales por lealtad a su memoria no le nombraron sucesor, sino que confiaron el poder abso­luto a su amigo Damis, para que continuara la guerra. Teniendo en cuenta, más que ningún otro antecedente, la obra de Dottori, Monti empieza donde terminan los otros, con una impresionante predicción del sa­crificio de Dirce.

Su Aristodemo recuerda en parte al Edipo (v.) de Sófocles, ya que el destino le empuja a un amor incestuoso, después del cual, desesperado, se da muer­te, y en parte a la Ifigenia, ya citada, por cuanto, a semejanza de Agamenón (v.), sacrifica a su hija para obedecer al orácu­lo. Pero el espíritu del protagonista se mo­derniza con el recuerdo del Saúl (v.) de Alfieri con su tortura interior, y con los ecos del Julio César (v.) de Shakespeare, manifiestos en el movimiento de los efec­tos escénicos, que culminan con la apari­ción del espectro de la hija sacrificada, comparable a la del espectro de César ante Bruto (v.). E

ntre sus precedentes clásicos, la formalista rigidez unitaria de Alfieri y los barroquismos shakespearianos, el Aristodemo de Monti, en una época orientada hacia el neoclasicismo, no puede sustraerse a la corriente prerromántica y resulta mu­cho más vivo que los de Paradisi, Scevola y Dottori; este último, a pesar de sus no­bles rasgos, es más lírico que trágico. No sólo le persigue el recuerdo de su hija sa­crificada, sino que le abruma también el horror de su amor incestuoso: para sofocar sus remordimientos, busca el olvido en el amor de Cesira, pero cuando se entera de que ésta es su hija, no puede resistir a la desesperación y se suicida.

En ello difiere del modelo que encontramos en Pausanias, cuyo crimen nada tiene que ver con su ambición y cuyo suicidio está determinado por el presagio de la ruina de su patria. Medio Edipo (v.) y medio Agamenón (v.), Aristodemo revive, en la intención del au­tor, debatiéndose entre su orgullosa ambi­ción de rey y su tierno afecto de padre, entre su afán de expiación y su deseo de escapar a los remordimientos, entre la ins­tintiva necesidad de hallar reposo en el olvido y el insoportable horror de sí mismo. Aunque todos estos motivos, más enuncia­dos que realizados, no son suficientes para conferir al personaje una vida propia, si sirven para darle una modernidad de acen­to que anuncia el teatro posterior y cuya fase de transición habrá de señalar Manzoni.

M. Maggi