Ardinghello

Protagonista de la no­vela alemana que lleva su nombre (v.), de Wilhelm Heinse (1749-1803), es una especie de Don Juan (v.), artista, conquistador y humanista del Renacimiento, pero, en rea­lidad, hijo auténtico del siglo de su autor. Lo que más le interesa es la mujer, que pasa a ser para él el mejor medio de gozar completamente de la naturaleza y de la vida en su forma más refinada.

Ardinghello es un hombre apuesto, dotado del hechizo que suele acompañar a los desterrados, del secreto de una venganza que debe cumplir, de la osadía de un aventurero y de una es­pecie de lealtad particular que le permite conservar en su corazón a todas las muje­res que ha poseído y seguirlas amando en su siempre creciente multiplicidad. En rea­lidad, cuando desembarca en la isla feliz con la última, Fiordimona, la magnífica y despreocupada humanista pagana, manda a buscarlas a todas, excepto a la joven don­cella a la que había respetado en un mo­mento de arrepentimiento.

Todos juntos, amantes y amigos, viven entonces entre amorosos abrazos y doctas discusiones. Ar­dinghello, a fin de cuentas, es un artista del hedonismo: el placer de los sentidos y el de la cultura se funden en él en una es­pecie de inocencia pagana, por lo que se aparta del hedonismo decadente del siglo XIX, diabólicamente vuelto contra la naturaleza. Ardinghello no es un erudito, sino un delicioso conversador que sabe un poco de todo y posee el arte de esbozar con gra­cia sus doctrinas sin pasar de las líneas ge­nerales.

Pero es indudablemente pintor, y así lo manifiesta en su vida de héroe y de pirata, de la que sabe sacar un cuadro de bello colorido dorado de los que tanto gus­taban a los venecianos. Ardinghello no po­see ni la astucia ni la perfidia ni el sa­tánico hechizo de un Don Juan o un Casanova (v.): sobre todo, tiene menos cor­poreidad que éstos; podría decirse de él* valiéndose de sus propios términos estéti­cos, que como personaje está «pintado» y no esculpido, y que su personalidad re­quiere un fondo y un ambiente para ofre­cer cierto relieve: es color entre colores y debe su inocencia a su propia superficia­lidad.

En cambio, los héroes que de él pueden hacerse derivar, serán cada vez más artificiosos, pues a medida que irán madu­rando en profundidad y refinamiento, re­velarán cada vez más las taras de una de­cadencia. Nacido en el ocaso del siglo XVIII, Ardinghello es ya un personaje finisecular, todavía sano en el límpido y radiante li­bertinaje de la Ilustración (v.), pero del cual parten las raíces del gran «fin de si­glo» decimonónico.

G. F. Ajroldi