Antonio

[Anthony]. Personaje de An­tonio y Cleopatra (v.), tragedia de Shakes­peare (1564-1616), Antonio es el hombre de acción, el soldado enfebrecido por la sen­sualidad, que ve esfumarse todos los va­lores de su vida («¡Húndase Roma en el Tíber, caiga enhorabuena el amplio arco del ordenado Imperio!»), mientras subsis­ten sólo, como única nobleza, los vínculos que le unen a la mujer perdidamente ama­da («Los reinos son de arcilla, y el fango de esta tierra nuestra nutre por igual a la bestia y al hombre.

La nobleza de la vida consiste en esto [abraza a Cleopatra]; cuan­do una pareja tan perfecta y dos seres se­mejantes pueden abrazarse así, imponen al mundo, so pena de castigo, el reconocer que somos incomparables»). Pero el hombre antiguo sigue sobreviviendo en Anto­nio, de tal modo que su existencia es como una fiebre cuartana, con alternativas de calentura y de normalidad; así nos ofrece el espectáculo de una volubilidad distinta de la de Cleopatra (v.), aunque en cierto modo análoga: el guerrero descarriado y la mujer de placer hacen buena pareja.

Pero Antonio no ha perdido por completo su recto juicio ético; ve a Cleopatra tal como es, venera el recuerdo de la difunta Fulvia y respeta a su nueva esposa Octavia, pero recae continuamente en su pasión y aunque de vez en cuando se yerga con al­tivez (III, 13-93: «¡Todavía soy Antonio!»), en general siente su íntima disolución, y se compara a las mudables formas que to­man las nubes, que al menor soplo de viento se desvanecen como agua en el agua.

Finalmente, siguiendo el ejemplo de sus seguidores, cuyo afecto no ha perdido a pesar de los errores cometidos, Antonio se quita, la vida rehabilitándose con ello a sus propios ojos, ante los que aparece como uno de los héroes de Séneca: «Quiero ser como un esposo de la muerte y correré hacia ella como al lecho de una amante… No os lamentéis ni me tengáis compasión por el miserable cambio que he sufrido al final de mi vida, antes por el contrario, re­forzad vuestros pensamientos nutriéndolos de las primeras fortunas en que he vivido, como el mayor y más noble de los prín­cipes del mundo.

Y no muero bajamente, ni me quito envilecido el yelmo ante mi compatriota: soy un romano vencido honro­samente por otro romano». Shakespeare hace figurar también el personaje de Anto­nio en su Julio César (v.). Pero su aspecto en este drama es tan distinto del que ofre­ce en Antonio y Cleopatra que merece ser tratado como un personaje sin relación al­guna con aquél. En Julio César, Antonio, mejor que Casio (v.), contrasta con Bruto (v.), el idealista.

Bajo apariencias de epi­cúreo, oculta una astucia de zorro y un ingenio infinitamente dúctil. Sabe sacar partido de todas las situaciones por deses­peradas que sean; después de la muerte de César se presenta a los conspiradores para ponerse de su parte si es necesario o para enfrentarse con ellos si ello ha de ser más ventajoso; obtiene que le dejen hablar al pueblo, y en su espíritu viola todas las res­tricciones que el crédulo Bruto había im­puesto a sus palabras; más aún, con su diabólica oratoria insiste en el estribillo «Bruto es un hombre honorable», en medio de sus llamamientos al sentimentalismo de la multitud.

Se vale de Lépido como de un mero instrumento y cínicamente con­fiesa que le utiliza como a un asno, que luego que ha llevado la carga para su amo, puede ser abandonado. Pero su devoción por César, las sinceras palabras que se le escapan ante su cadáver, su instantáneo movimiento ofreciendo a los adversarios su pecho, y, al final de la tragedia, el noble tributo que paga al enemigo caído, redi­men su carácter dándole una grandeza com­parable a la de los demás, en el clima auténticamente romano de la tragedia.

M. Praz