La obra de J. Martínez Ruiz, «Azorín» (1873-1967), encontró su auténtica y definitiva manera de ser al hacer de sí mismo un personaje que objetivara sus soliloquios y observaciones, dándoles un perfil casi narrativo, sin argumento ninguno, sin más unidad que su propio vagabundeo.
En Antonio Azorín, el autor, que ya firmaba con el pseudónimo «Azorín», extrae de sí mismo esa personificación: en La voluntad (v.) (1902) imagina el fracaso de esa figura ambiciosa y reconcentrada, pintándola perdida oscuramente en la vida pueblerina: como apéndice al libro, unas ficticias cartas de José Martínez Ruiz a Pío Baroja perfeccionan esta perspectiva de creación de un apócrifo que es el propio autor.
Pero el personaje Antonio Azorín, pariente del Juan de Mairena de Antonio Machado, y progenitor del Sigüenza de Gabriel Miró, ya no le es necesario a José Martínez Ruiz, que se ha emancipado de toda exigencia narrativa o teórica, para andar su propio camino sin moldes. Él mismo es desde entonces su personaje, borrando todo sustentáculo humano privado.
Pero Antonio Azorín ha asumido en un momento crítico la aventura literaria de su autor, y no se le debe olvidar, aun después de vuelto a fundir con la figura, por sí sola mítica, de José Martínez Ruiz.
J. M.a Valverde

