Hijo de Néstor (v.), joven combatiente en Troya, Antíloco aparece con frecuencia en la Ilíada (v.) al lado de personajes de mayor relieve. Es una de aquellas figuras de que la poesía griega posterior a Homero (siglos IX-VIII a. de C.) se ocupa apenas, porque no podían, a diferencia de otras de mayor consistencia mítica, ofrecer tema útil a la educación civil o a la nueva problemática moral o religiosa; es también una de aquellas figuras que el lector poco atento tiene apenas en cuenta, ya que prefiere seguir los mitos y las vicisitudes personales de los héroes más significativos, en vez de considerar las situaciones poéticas que con aquellos mitos Homero supo crear.
Y sin embargo, Antíloco es uno de los personajes que Homero considera con mayor simpatía; situado dentro de la órbita de Aquiles (v.), o sea en el grupo rebelde que se propone afirmar una nueva moralidad y que reivindica nuevos derechos frente a la autoridad tradicional, Antíloco tiene la suerte de los mejores, o sea la de morir prematuramente, dejando tras sí sólo añoranzas y lamentaciones.
Su significación reside en la amistad que por él siente Aquiles, subrayada por Homero; en efecto, él es el elegido cuando hay que informar a Aquiles de la muerte de Patroclo (v.) (c. XVII), y él y Aquiles lloran juntos al amigo común (c. XVIII). En los juegos fúnebres en honor de Patroclo, Antíloco logra hacer sonreír a Aquiles, al reclamar enérgicamente el premio que está a punto de serle arrebatado (c. XXIII), pero inmediatamente después quiere cedérselo a Menelao (v.), a quien ha herido en la carrera, y expresa un singular arrepentimiento por sus faltas: «Ya sabes cuáles son las intemperancias de los jóvenes : su alma es ardiente, pero escasa su cordura».
Y Menelao, conmovido, cede y hace su elogio. Más tarde, en aquellos mismos juegos, es vencido en la carrera, pero Aquiles le da, a pesar de todo, un premio. Con Antíloco, Homero añade nuevos motivos a la vida completa de su héroe principal; destaca el tema de su amistad, esta vez tierna y afectuosa, al lado de la grande y trágica que Aquiles siente por Patroclo. Aquel afecto se manifiesta después de la muerte de este último, cuando Aquiles queda solo y el relato se enriquece con pinceladas más humanas.
En esta parte postrera de la Ilíada, que sigue a la muerte de Patroclo, se produce una ruptura en el sistema de jerarquías establecido por los dioses, mientras por otro lado se afirma un nuevo sentido de solidaridad entre los hombres más generosos. De los límites del poema queda excluida la victoria final de Agamenón (v.) y el regreso de los vencedores; la finalidad y las vicisitudes de la guerra se olvidan para que pasen a primer término las figuras de Aquiles y de Héctor (v.) que nada tienen que ver con el rapto de Elena (v.) y que no habrán de ver, ni uno ni otro, el final de la contienda. Después de muerto Héctor, también Aquiles debe morir; esto es lo que acongoja a Homero, y no la fuerza militar de los ejércitos ni el castigo de Paris (v.).
Aquél es el momento en que Antíloco, joven y de sentimientos casi infantiles, tiene derecho a entrar plenamente en el poema. Al principio de la Ilíada, Antíloco comparecía nada más que como combatiente (es el primero de los aqueos que da muerte a un troyano, en el canto IV, y en los cantos siguientes se nos siguen dando informes de sus victorias); pero al final, cuando cada uno puede libremente presentarse en pleno despliegue de sus cualidades individuales, Antíloco cobra fisonomía y relieve propios, sobre todo como amigo de Aquiles.
En su relación con éste, parece ya dibujarse de antemano su condena, pues quien se hace solidario del rebelde está destinado como él a morir. No parece sino que Homero no quiso dejar que Antíloco, como Aquiles, Héctor y Patroclo, asistiese a la caída y al saqueo de Troya y a la restitución de Elena, acontecimientos que sólo tienen sentido para el egoísmo de los jefes. La Odisea (v.) habla de la muerte de Antíloco a manos de Memnón, hijo de la Aurora. Píndaro toma este episodio de antiguos poemas perdidos : Antíloco murió en defensa de su padre, el cual, después de haber dado muerte a un caballo, estaba amenazado por Memnón.
Mientras en Homero lo que confería sentido a la historia de Antíloco era el contexto entero de la Ilíada, o sea el sacrificio de los mejores héroes, ya sea griegos, ya sea troyanos, por las locuras de sus reyes, la literatura más tardía vio en el fin de Antíloco sólo un ejemplo de amor filial y uno de los casos más dignos de lástima: véase por ejemplo Quinto de Esmima, Propercio y Horacio, para quienes el recuerdo de la muerte del héroe es únicamente una fórmula para indicar un luto sin consuelo.
F. Codino

