Antígona

Antígona, a decir verdad, tiene poco re­lieve en la primera tragedia de Alfieri, pero ya en ella aparece como una criatura precozmente familiarizada con la desdicha, consciente del destino que pesa sobre su familia así como de las malas artes con que Creonte, el típico tirano alfieriano, engaña a los suyos, y unida por un ternísimo afecto a su hermano Polinice.

En la se­gunda tragedia que lleva su nombre, An­tígona ha sobrevivido a una gran desven­tura pero ha perdido para siempre el amor a la vida y sólo espera ansiosamente la muerte. Sin embargo, tiene todavía un de­ber que cumplir: dar sepultura al cadáver de Polinice, al que Creonte (v.), nuevo rey de Tebas, impulsado por sombrías ra­zones, ha prohibido rendir los honores póstumos.

Antígona cumple con aquel deber, movida a la vez por el amor a su her­mano y por el deseo de mostrarse hostil a quien secretamente ha maquinado la ruina de los suyos. Sorprendida en flagrante de­lito y detenida por los soldados de Creonte, Antígona puede erguirse ante éste con toda su altivez y manifestarle su odio y su des­precio

. Pero no sólo debe mantener tensa su voluntad contra el tirano; también debe esforzarse en vencerse a sí misma y a la última ilusión de su vida, o sea su amor por Hemón, el hijo de Creonte, tan distinto de éste y que habrá de esforzarse en sal­varla por todos los medios. Para Antígona, aquel ^ amor es culpable y representa una traición; y la muerte que por fin obtiene, venciendo los ruegos de Hemón y los ha­lagos de Creonte, viene a ser su expiación y su triunfo.

Recientemente han dado nue­vas y originales interpretaciones de la fi­gura de Antígona Jean Cocteau (1891- 1963), Walter Hasencleer (n. en 1890), Jean Anouilh (n. en 1900) y Salvador Espriu (n. en 1913), sobre un plano netamente intelectualista, especialmente el primero.

M. Fubini