Antígona

Hija incestuosa de Edipo (v.) y de Yocasta (v.), en el mito y en la tragedia de la antigua Grecia, Antígona es una heroína predestinada al dolor; pero sus orígenes no manchan su alma, sino que, por el contrario, ésta se impone con su pureza expiadora entre las tragedias y los horrores que abruman a los descen­dientes de los labdácidas. Juntamente con Electra (v.),

Antígona es la máxima expre­sión de la ética femenina: ética «romántica» por excelencia, cuyos imperativos coinciden con los impulsos más verdaderos del afecto, sin perder por ello un ápice de su intran­sigencia. Pero más aún que Electra, em­peñada en su triste exigencia de venganza, Antígona representa la más iluminada y lu­minosa piedad, a la vez que una fuerza moral que afirma los derechos a la espe­ranza o por lo menos a una comprensión redentora, aun en medio de la más som­bría desventura.

El culto de los afectos familiares, que en ella es ternura natural y ferventísimo amor, asume en su alma pura la forma casi sagrada de un cons­ciente y afectuoso respeto de mujer por el mundo masculino. De ahí que Antígona sea la piadosa compañera de su padre en me­dio de su abyección y de su desesperación, y la única persona dispuesta a respetar hasta el sacrificio de su vida la memoria de su desdichado hermano muerto.

Después de haber figurado ya en los Siete contra Tebas (v.), de Esquilo, Antígona se con­vierte en el personaje preferido del sereno genio de Sófocles, el cual la retrató como compañera de las desventuras de su padre en su última tragedia, Edipo en Colono (v.), después de haber inmortalizado su figura en la tragedia que para muchos es su obra capital, Antígona (v.). En ella la heroína aparece desgarrada por la atroz enemistad que arma uno contra otro a sus dos hermanos Eteocles y Polinice (v.).

Al morir ¡ ambos, uno a manos del otro, el nuevo tirano de Tebas, su tío Creonte (v.), se dispone a tributar los máximos honores al cadáver de Eteocles, pero niega la sepul­tura al de Polinice y amenaza de muerte a quienquiera que se atreva a infringir su decreto. Antígona, sin embargo, cumple se­renamente con su deber para con los des­pojos de su hermano, disponiéndose desde el primer momento a aceptar su propio sacrificio, desafiando la muerte y afirmando en aquel mundo cruel los derechos de la piedad y el valor indestructible de la bon­dad; y ello con una sencillez tan exquisita­mente heroica, una dulzura jamás desmen­tida y que todavía hoy ilumina su figura con luz sobrenatural, sin restar un ápice a su patética humanidad.

Al aparecer nue­vamente en la -primera tragedia de Racine (v. La Tebaida o Los hermanos enemigos), si bien conserva su dulzura y su altivez, está transformada según el gusto novelesco de la época; sigue, como en el modelo griego, noblemente acongojada por el des­tino de su casa y por el odio implacable entre sus hermanos y se siente conmovida y desesperada por la crueldad de Greonte y dispuesta a aceptar el sacrificio a cam­bio de honrar el cadáver de Polinice; pero su amor por Hemón, el hijo del tirano, le confiere una nueva ternura, envolviéndola en una aventura novelesca en la que pa­rece dejar parte de su dignidad.

La difícil labor de humanizar a Antígona, acercán­dola a nosotros gracias a las patéticas vi­cisitudes de su personal pasión amorosa, sin menoscabo de su suprema y altanera pureza, fue en cambio lograda por Alfieri, que hizo de ella el personaje más acertado de sus dos tragedias, Polinice y Antígo­na (v.).

U. Déttore