Ana

[Hanná]. Ana es una de las dos esposas de Elkanah, de Rama, una mujer estéril que por gracia (hanná) de Dios da a luz a Samuel (v.).

En esta figura se­cundaria del Antiguo Testamento se com­pendian los grandes temas bíblicos: la ge­neración milagrosa para la salvación de Israel, el unigénito profético, la humanidad más humilde y profunda y la exaltación lírica que se ignora a sí misma.

Hay en ella una especie de lejano eco de la futura Virgen madre: su milagrosa concepción, el cántico de magnificencia y la sobrenatural vocación de juez que proyecta sobre Sa­muel como una sombra de Jesús. En el Santuario, Ana «oraba en su corazón; sólo sus labios se movían, pero su voz no se oía; y por ello Eli pensó que estaba ebria».

Es el secreto que florece en un lugar donde ni siquiera el pontífice verá jamás nada. Todo el personaje de Ana se resume en esto: dos manos que ofrecen su hijo a la Casa de Dios para siempre — «Señor mío, yo soy la mujer que estaba aquí orando a Dios; oraba por este niño y el Señor me ha dado lo que le pedía» — y una boca en el cántico «Exáltase mi corazón en el Se­ñor».

Ana es una madre bíblica: la madre de los santos desde su nacimiento. Es, pues, muy distinta de una Mónica. Ana, como Elisabeth y como la otra Ana, madre de María, y como María por encima de todas, conciben en el regazo del Espíritu y ofrecen a sus hijos como gradas de la escala de Jacob (v.), en palabras de la Escritura. Ellas y sus hijos no son más que presagios del Verbo.

P. De Benedetti