Amós

[cAmós]. Es el primer profeta bí­blico que consignó por escrito (v. Amos) su mensaje, y es una de las figuras más singulares de la historia religiosa del pue­blo hebreo. Amos ejerció su ministerio ha­cia la segunda mitad del siglo VIII a. de C.

Su alma se halla toda en su confesión: «Cuando el león ruge, ¿quién no temblaría? Cuando el Señor habla, ¿quién podría abs­tenerse de profetizar?» (Cap. III, 8). Arran­cado a su tranquila vida de pastor y arro­jado de improviso al torbellino de insidias y riquezas de las ciudades de Israel, en una época de máximo esplendor externo unido a una evidente y alarmante decadencia moral, Amos sufre en su espíritu el drama de la justicia de Dios, que juzga a hom­bres y pueblos, el drama de la justicia hu­mana, sofocada por una sociedad que confía temerariamente en el éxito y en los bienes materiales.

Con sus despiadados acentos, Amos zahiere todas las vilezas y todos los compromisos; amenaza a los ricos y defiende a los pobres atropellados, denuncia violencias y rapiñas, abusos y engaños. Ese terrible pastor no teme a ningún poder, y sólo se reconoce víctima de la violencia de Dios, que reivindica sus derechos y los de­rechos de la justicia y del bien.

La nos­talgia de los tranquilos prados y las notas pastoriles que prestan a la poesía de Amos un calor y una sinceridad sin par, quedan sofocados por las atronadoras amenazas en las que el motivo del fuego martillea la inexorabilidad del juicio. Las visiones y co­municaciones de Dios que «revela sus se­cretos a los profetas» (Cap. III, 7), y las fulminantes invectivas de una predicación extraordinariamente eficaz, permiten situar al pastor de Palestina entre Juana de Arco (v.) y Savonarola.

Enemigo de toda insin­ceridad y de todo formalismo, Amos de­nuncia la absurda condición de los hijos de su pueblo, que dicen creer en Dios y le ofenden con las más brutales violaciones de la justicia. Su horror por el lujo y la disipación pone en sus labios palabras de fuego que ni siquiera intenta mitigar, como cuando insulta a las mujeres de Samaría llamándolas «vacas de Basán» (IV, 1). «Dios ruge desde Sión» (I, 2) y su profeta ruge por los caminos de Israel, desesperado ante la muralla de bronce que eleva a su alre­dedor la encallecida conciencia de sus con­temporáneos.

S. Garofalo