Personaje de la novela Alexis el griego, del escritor griego Niko Kazantzakis (1885-1958). Alexis Zorba aparece como un hombre primitivo que, rompiendo la corteza de la vida — lógica, moral, honradez—, absorbe su sustancia. Semejante al niño, toda cosa se presenta a su vista siempre por primera vez.
Sin cesar se maravilla e interroga. Alexis es ya sexagenario y la única cosa que le da miedo, que no le deja en paz ni de día ni de noche es la vejez. La vejez es vergonzosa para él. Y hace cuanto puede porque nadie advierta que ha envejecido: salta, baila, bebe… El mundo resulta demasiado pequeño para Alexis.
Cuanto más viejo se va haciendo, más intensos son sus deseos y cada día que pasa se siente más rebelde. Trabaja para un patrón, intelectual abrumado de dudas. Alexis es feliz porque no pretende entender las cosas. No ha ido a ninguna escuela y su cerebro no se le ha dañado. Cualquier problema complicado lo resuelve cortando el nudo, como su paisano Alejandro Magno.
Él, Alexis, es dueño del mundo, porque es dueño de su propia alma prodigiosa. El patrón de Alexis le debe la ruina económica, pero lo deja ir, satisfecho de haberlo conocido. Alexis tiene fe en sí mismo; solamente cree en él porque es el único que tiene en su poder, el único que conoce, «cuando yo muera — dice Alexis — todo morirá».
Se acomoda al mundo viviente con maravillosa sencillez. Su alma y su cuerpo forman un todo armonioso. Todas las cosas, mujeres, pan, agua, carne, sueño, se confunden alegremente con su carne y se convierten en Alexis. Su corazón es como una vela remendada; ya no teme a nada.
Todo es sencillo para Alexis. Tiene el don de no complicar las cosas. Se cortó el índice de la mano izquierda porque le molestaba en el trabajo de alfarero. Alexis se ha liberado de la patria, de los popes, del dinero. Cuanto más vive, más cuidadosamente pasa las cosas por la criba. Así se libera y se convierte en hombre.
Cuando desea ardientemente algo, se llena hasta el gaznate de ello, para librarse de toda obsesión y no pensar ya más en lo que desea. Así domina la pasión. En cuanto a las mujeres, piensa que ya les llegará el turno cuando tenga setenta años. Lo que le interesa es lo que ocurre hoy, en el minuto presente: «Yo digo: ¿Qué haces, Zorba, en este momento? Duermo, ¡Pues entonces, duérmete bien! ¿Qué haces en este momento, Zorba? Trabajo. ¡Pues entonces, trabaja bien! ¿Y ahora qué haces, Zorba? Estoy besando a una mujer. ¡Pues entonces, bésala bien, Zorba, olvídate de todo, que en el mundo sólo existís ella y tú, hala!»
El paraíso de Alexis es éste: «un cuartito perfumado, con vestidos de muchos colores, jabones de tocador, una cama amplia y muelle, y, a mi lado, un ejemplar de la especie hembra». Para Alexis, todos los hombres son hermanos porque tienen que comer, beber y amar, y han de morir, porque todos son pasto de gusanos. Ya sexagenario se reprocha el haber degollado, robado, incendiado pueblos, violado mujeres, exterminado familias en aras de la patria. Alexis se representa a Dios muy semejante a él: «sólo que más grande, más fuerte, más chiflado.
Y por añadidura, inmortal». Para Alexis Dios es un gran señor, y la nobleza sólo esto significa: perdonar. Dios perdona todos los pecados, para eso tiene una esponja en la mano que de un golpe borra todos los pecados menos uno: que haya un hombre que pudiendo acostarse con una mujer no lo haga: este pecado Dios no lo perdona. Alexis ha violado todos los mandamientos y, sin embargo, no tiene miedo de presentarse ante Dios. No cree que Él se digne prestar atención a unos gusanos y llevar cuenta de lo que hicieron.
Al morir, Alexis Zorba no lamenta lo que hizo. No quiere a ningún pope a su lado. Cree que no ha hecho bastantes cosas en la vida y que hombres como él debían vivir mil años. La muerte, no le gusta absolutamente nada. No está de acuerdo con ella. En pie, con las uñas hundidas en el marco de la ventana, contemplando a lo lejos las montañas, así le sorprendió la muerte a Alexis Zorba.
J. M.a Pandolfi

