Alejo

[Alësa]. Personaje de la novela Los hermanos Karamazov (v.) de Fedor Dostoievski (Fëdor Michajlovic Dostoevskij, 1821-1881). Es una figura no menos descon­certante, en su apariencia exterior, que las de sus dos hermanos Demetrio (v.) e Iván (v.), frente a los cuales debía representar la serena paz resultante de una fe segura y de la armonía espiritual entre esta fe y la acción.

Pero tal serenidad y armonía, para ser convincentes, aparecen demasiado ale­jadas de la furia destructora que las rodea. Evidentemente, la figura de Alejo estaba destinada, en el pensamiento de Dostoievski, a un ulterior desarrollo en la gran novela de la que Los hermanos Karamazov no es más que una parte. En su aspecto y en su modo de proceder, es a la vez una criatura «extraña» y querida por todos, que inspira y merece lealtad.

De él emana una peculiar forma de «grandeza» espiritual, no sólo porque es el discípulo preferido de Zósima (v.), sino porque es la encarnación de la «verdad», fuera de la cual no parece admitir siquiera la posibilidad de vivir. Es como un hermano menor de Myshkin (v.) de El idiota (v.). Claramente lo afirma así el propio escritor por boca de Gruchenka (v.), la mujer amada por el viejo Fëdor Ka­ramazov y por Demetrio, cuando ésta dice* a Alejo: «Eres mi conciencia».

De hecho, éste «juzga con su simple presencia», por­que la fuerza de claridad que en él reside pone inmediatamente de manifiesto la di­ferencia entre el Bien y el Mal. Para que así suceda, Alejo debe ser y es verdadera­mente una criatura sin\miedo (y la falta de miedo es para Dostoievski una señal de elección), y sobre todo debe carecer del menor sentido egoísta (cualidad en él inna­ta y no alcanzada por superación de sí mismo, como le sucede a Zósima).

La falta de egoísmo es amor, y Alejo debe ser el símbolo del amor llevado a sus límites ex­tremos, cuando se convierte en el reconoci­miento de que «todos somos culpables de todo y por todo», idea favorita de Dos­toievski y que en la novela pasa directa­mente de Zósima a Alejo, cuyo carácter está predispuesto a recibirla. Es difícil decir hasta qué punto la figura de este personaje hubiera sido susceptible de ulteriores des­arrollos; tal como está, nos atrae y nos des­concierta, tal vez precisamente porque es demasiado estática en su perfección de que­rubín celestial.

E. Lo Gatto