Alejandro Magno

En alemania, al final de la época cluniacense y al principio del período de la Casa de Suabia, se escribió el Alexanderlied (v.), cuyo autor fue, hacia el año 1150, un tal Pfaffe Lamprecht (preste Lamberto).

Este poema representa idealmente el con­traste entre el espíritu ascético y caritativo de la gran reforma gregoriana y el espíritu conquistador y de superación propio del primer renacimiento alemán, tal como se expresaban por aquellos mismos años en la primera redacción del poema de los Nibelungos, o sea en la llamada Not (hacia 1160); esto es, la oposición entre el ideal agustiniano del «rex iustus» y el ideal pa­gano de la «tremenda maiestas».

Ya en el prólogo, el autor, separándose de su fuen­te francesa, la Alexandreida de Alberic de Briancon, opone a la figura de su aven­turero y magnífico Alejandro («der wunderliche Alexander»), que a su juicio su­pera en virtudes guerreras a los propios héroes antiguos de la guerra troyana y a los protagonistas de la gesta germana, la del sabio Salomón, cuya «vanitas vanita- tum» resuena con poderosos acentos al prin­cipio y al final del poema.

En efecto, si el macedonio, en su guerra contra Darío, no persigue más que una justa venganza, su despiadado furor y la crueldad con que trata a los vencidos después de la con­quista de Tiro son condenados por el poeta como manifestaciones de aquel imperdona­ble orgullo (übermüte) que provoca infa­liblemente la ira divina. Y he aquí que la desenfrenada carrera del conquistador debe detenerse ante los muros inexpugna­bles del Paraíso terrestre.

La piedra mis­teriosa cuyo peso compensan una pluma y un puñado de tierra recuerda a Alejandro el límite fatal de toda grandeza humana: la fosa de siete pies de longitud, que guar­dará sus huesos como los del más pobre de los mortales. De aquí que la «auri sacra fames» y la insaciable sed de poder y de gloria del héroe se aplaquen y él, recobran­do el dominio de sí mismo, pueda todavía, por doce años más — exactamente los con­cedidos por la Providencia para expiar sus culpas — gobernar con benevolencia y jus­ticia sus pueblos.

En este final debe quizá verse la huella que la tradición legendaria relativa a Alejandro había de dejar en el Fausto (v.) de Goethe: después de la trá­gica «hybris», y ante la fosa que cavan los lemures, se produce la catarsis final en la visión del futuro reino libre de un pueblo libre.

Porque aunque Goethe parece haber olvidado, en su drama, el episodio, conte­nido en el libro popular, de la evocación de la sombra del gran macedonio, y si bien es verdad que éste fue para él, como para Winckelmann, esencialmente el soberano dotado de un alma de artista, no es menos cierto que el soplo dionisíaco, el prestigio de lo desconocido y de lo imposible, que la vidente Manto ama en Fausto (v.), her­mana al héroe antiguo con el moderno; y éste es el verdadero renacimiento espi­ritual de la figura de Alejandro en la nue­va literatura germánica, muy distinto de su efímera resurrección en los numerosos dramas y novelas desde el «Sturm und Drang» (v.) hasta nuestros días, en los que autores casi siempre medianos — y muchas veces menos que medianos — han intentado dar la medida de sus fuerzas ante tan grande prueba.

C. Grünanger