Alejandro Magno

En el mundo de la poesía, Alejandro ocupa un lugar en virtud de la fantástica ión que de su ser real hizo el pseudo-Calístenes, cuya fortuna a través de los siglos, así en Oriente como en Occi­dente, en ambientes espirituales muy dis­tintos y alejados entre sí, fue infinita­mente mayor de lo que merecía la obra.

La historia del pseudo-Calístenes es una de aquellas que, sin gran valor intrínseco, ad­quieren un peso enorme! en las vicisitudes de la que podríamos llamar «Weltliteratur», por cuanto dan pie a creaciones nuevas y sugieren visiones, fantasías e imaginaciones en las que la fábula primitiva sólo queda como fecunda semilla y estímulo para la expresión de nuevas intuiciones de la vida y del mundo.

Sirios, armenios, persas y ára­bes, latinos, judíos, cristianos, franceses y españoles, en el siglo IV, en el X, en el XII o en el XIII, leen, interpretan y re­funden de mil maneras la novela helenísti­ca, y en nuevas formas pintan la imagen del héroe, en la que traducen y expresan, o ven encarnado, su ideal, cada vez nuevo y distinto según los tiempos y lugares, pero siempre, en su fondo y en su sustancia, constante reflejo de una humanidad heroica y aventurera, caballeresca y magnánima, apasionada, ardiente, feroz y soberbia, pero en todo momento generosa: el ideal de la juventud intrépida que, agitada por un acuciante anhelo de poder y de gloria, no retrocede ante las más arduas pruebas y se exalta en la embriaguez del peligro.

Esta imagen grandiosa de Alejandro no llega a realizarse verdaderamente en la novela del pseudo-Calístenes, que se limita a intuirla confusamente y a darle una forma más bien sumaria; pero se define y se precisa por la aportación, a lo largo de los siglos, de los innumerables lectores, refundidores e intérpretes de aquella novela helenística, que, al fin y al cabo, nos brindan, siquiera sea bajo una apariencia basta y amorfa, todo el material que ha de servir para tan admirable construcción.

El autor del pseu­do-Calístenes fue sin duda un egipcio helenizado, que transforma al príncipe macedonio en héroe nacional egipcio y le hace conquistar el mundo entero en nom­bre, no de Macedonia o de Grecia única­mente, sino también y muy especialmente de Egipto. Alejandro viene así a ser un héroe nacional, heredero y reivindicador del poder de los faraones e instrumento admirable de las divinidades del Olimpo egipcio, suscitado para liberar de la escla­vitud a su pueblo dispersando sus enemigos y extendiendo sus dominios hasta los con­fines del mundo. Alejandro no es hijo de Filipo.

El último faraón, Nectanebo, gran encantador, había seducido a la esposa de Filipo, Olimpiada, presentándose ante ella, gracias a sus artes mágicas, bajo la figura de Arrimón. Así, Alejandro es el heredero de los faraones. Y cuando por primera vez va a Egipto, los pueblos salen a su encuen­tro con sus ídolos, saludándole como «Iuniorem Sesonchosim», o sea como reencarna­ción, o algo parecido, de este gran faraón conquistador llamado Sesostris por los grie­gos.

Asimismo, los sacerdotes egipcios ve­neran al héroe como a «Iuniorem Seson­chosim» cuando, después de su último viaje, su cadáver es desembarcado en Pelusio para ser sepultado en su patria, en Alejandría, ciudad, que Alejandro había fundado en obediencia a un precepto del oráculo de Ammón. Pero los motivos va­rios y ricos de esa imaginaria figuración dan paso, ya en la obra helenística, a la definición de una figura que trasciende del cuadro de lo nacional para entrar en la inmensidad del mito, con un contenido uni­versal desligado de todo límite de espacio o de tiempo. Alejandro es el hijo de una mortal y de un hechicero que domina las misteriosas fuerzas del mundo oculto: en él hay algo del oscuro poder del demonio.

A su nacimiento, se desencadenan las fuer­zas secretas de la Naturaleza. Su aspecto es distinto del de sus padres: tiene un ojo negro y el otro verde, y está dotado de una fuerza prodigiosa que le permite do­mar al feroz caballo Bucéfalo; su admira­ble cuerpo de atleta es tan perfecto, que le permite triunfar en los juegos olímpicos. Para explicarse la figura de Alejandro en la novela del pseudo-Calístenes, de nada vale seguir los motivos más propiamente «históricos» — por lo menos hasta cierto punto —, que se contienen en la propia narración: esto es, las relaciones del héroe con Filipo y con los macedonios y griegos, la sumisión de Tebas, Esparta o Atenas, la lucha con los persas y la victoria sobre Darío, y la conquista de Occidente y de Oriente.

Vale mucho más prestar atención a algunos detalles y motivos episódicos que en la economía del relato pueden parecer ocasionales y marginales, pero que en rea­lidad precisan y esculpen la imagen de Alejandro, el «personaje poético» que a lo largo de los siglos hubo de imponerse a la conmovida fantasía de los pueblos. He aquí, por ejemplo, a Alejandro que, en la Tróade, va a venerar la tumba de Aquiles (v.) y envidia a éste el haber sido cantado por Homero, ya que en Aquiles se reconoce y se encuentra a sí mismo o, por decirlo me­jor, en Aquiles ve encarnado el ideal de humanidad que él quisiera a su vez poner en acción.

Otro ejemplo: al pasar de África a Siria y después de someter a Tiro y de derrotar en una primera batalla a Darío, Alejandro sube a plantar su estandarte en la cumbre del monte Tauro, como señal de dominio, no sólo sobre los hombres, a quie­nes abate y dispersa su inmensa fuerza, sino sobre la naturaleza, aun en sus más misteriosos e ignotos repliegues. En el pseudo-Calístenes, Alejandro no es sólo un con­quistador, sino también un explorador afanoso e incansable de lo desconocido, de los mundos misteriosos y remotos, inmer­sos en la fábula y en las maravillas de lo arcano.

Etiopía y el reino de las amazo­nas, el país de los trogloditas y la Ciudad del Sol, el Tanais y la India y toda una geo­grafía apenas conocida y poblada de mitos, constituyen el escenario de su gran aven­tura; y lo que se cuenta en la novela no es únicamente la conquista de aquellos mundos, sino su descubrimiento y su re­velación a los hombres ignorantes y asom­brados. Ese Alejandro que se aventura en lo ignoto y abre para sí y para todos los secretos del mundo hasta entonces inacce­sible, descorriendo los velos de lo inexplo­rado y conociendo y dando a conocer las costumbres y la vida de ignorados pueblos, ensanchando, en una palabra, los límites de los conocimientos humanos, es sin duda la más nueva y original creación del pseudo-Calístenes: aquello que se mantiene vá­lido y viviente y que tuvo su más vigoroso desarrollo en la literatura ulterior.

Natu­ralmente, ya en la propia edad helenística se manifestó alguna reacción, a veces de cierta vivacidad, contra esta representación novelesca de Alejandro. Hasta nosotros han llegado redacciones ampliadas del pseudo- Calístenes que revelan la tentativa de re­incorporar a la Historia, en la medida de lo posible, aquel fantástico personaje. Pero tales intentos fracasaron. La versión latina del pseudo-Calístenes, debida a Julio Va­lerio, por lo menos en su forma más divul­gada, conserva y reafirma los rasgos nove­lescos de aquella figura que penetra triun­falmente en la cultura occidental de la Edad Media, la cual a su vez la acepta y asimila como personaje histórico.

El Roman de Alejandro es acogido en todas las escuelas occidentales como un libro de his­toria; figura en los catálogos de todas las bibliotecas medievales y es copiado, jun­tamente con otras novelas helenísticas — la de Apolonio rey de Tiro (v.), las fabulosas Historias troyanas del pseudo-Dictis y el pseudo-Dares (v. Relatos sobre Troya)—y con textos verdaderamente históricos, co­mo los de Eutropio, Paulo Diácono, Va­lerio Máximo, San Isidoro, San Beda o San Gregorio de Tours, o el Laberintus Imperatorum o las Vidas de los doce Cé­sares (v.), o las obras de Salustio, en aquellos códices misceláneos que servían de manuales para la enseñanza y estudio de la Historia en las escuelas de la Edad Media.

La historia de Alejandro no sólo se halla acompañada, en los libros medieva­les, de textos históricos: también a menudo se copian con ella la Historia natural (v.) de Plinio o el De mirabilibus mundi, considerándola, en suma, como una de las fuentes de conocimiento del mundo y un instrumento para la enseñanza de la física y de las ciencias naturales.

Una suerte es­pecial cupo durante la Edad Media a aque­llas partes de la novela que tienen en cier­to modo una unidad propia, tales como las cartas del héroe a su maestro Aristóteles sobre las cosas extraordinarias del mundo por él descubierto, o la carta a las amazo­nas, o la carta de Aristóteles sobre la In­dia y las costumbres de los brahmanes, en todas las cuales se describe cuanto de ma­ravilloso adivinaba y buscaba ávidamen­te en el mundo la fantasía medieval. Por ello Alejandro figura, durante la Edad Me­dia, en el mismo ambiente de prodigio y de maravilla en que viven y actúan los hé­roes artúricos.

La versión de Julio Va­lerio no fue la única que transmitió al Occidente medieval el conocimiento de la imagen novelesca de Alejandro; también contribuyó a ello la versión de León, arci­preste de Nápoles (siglo X), titulada His­toria de proeliis en el «román» de Alejan­dro, dando así especial relieve a las empre­sas militares del héroe que narra con toda minuciosidad. Una interpretación épica de la figura de Alejandro a la manera virgiliana es la que en el siglo XII da un gran «escolástico», Gauthier de Chátillon, inspira­da no tanto en la novela helenística como en las Historias de Alejandro Magno de Curcio Rufo.

La obra de Gauthier de Chá­tillon es una solemne y majestuosa inter­pretación que sustrae el personaje al mun­do encantado de la novela para situarlo en el ambiente austero y severo de la epopeya. Mucho más viva es todavía la interpreta­ción que da de Alejandro, en Francia, en el siglo XII, el ambiente no ya puramente cle­rical, sino clerical-cortés: esto es, el am­biente en que se encuentran y se funden el espíritu de la sociedad aristocrática, gue­rrera y heroica y el espíritu de la refinada cultura escolástica de tradición clásica, el ambiente creador de aquella noción del mundo y de la vida que suele llamarse ca­balleresca o cortés (v. Caballería).

En los «romans» corteses de argumento clásico (Thébes, Eneas y Troie) se expresa y fija por primera vez el tipo ideal de humanidad que responde a la noción caballeresca de la vida: es el mismo tipo que se precisa y se define, en forma todavía más perfecta, en las obras de Chrétien de Troyes (v. Lanza- rote, Ivain y Perceval). Pero conviene hacer notar (jue la primera ión de los héroes’ antiguos, ya sean de la epopeya o de la historia, en héroes caballerescos, se en­cuentra en el «román» francés de Alejan­dro compuesto por Alberic de Briangon y del cual sólo ha llegado hasta nosotros el breve fragmento conservado en un có­dice de la biblioteca Laurenciana.

El poe­ta vulgar se ha formado en la tradición escolástica, y saca de la literatura alejan­drina difundida en las escuelas — como ya hemos visto — el material que emplea en su obra, rectificando, con auxilio de fuen­tes más auténticamente históricas, la idea de la generación ilegítima de Alejandro, inventada por el pseudo-Calístenes; por otra parte Alberic de Briangon siente vi­vamente la atracción de los relatos épicos franceses, los cantares de gesta, y describe a su personaje como un héroe de gesta, a la manera de Roldán (v.) o de Guillermo (v.).

Pero en su Alejandro, Alberic traza un nuevo ideal de humanidad: no se trata ya únicamente de un héroe guerrero, vale­roso e intrépido, feroz y rudo, sino de un caballero, todavía osado e impávido, pero también gentil y exquisitamente culto, en una palabra, de un «clérigo» según el ideal que, antes que nadie, los trovadores provenzales propusieron e impusieron a la so­ciedad aristocrática medieval. «Biondo era e bello e di gentile aspetto» [«rubio era y bello y de gentil aspecto»]: así describe el Dante a Manfredo (v.), en quien ve la en­carnación de su tipo ideal de la más noble y heroica humanidad.

Y análogamente a como Dante ve a Manfredo, ve Alberic a su Alejandro: «Despejado el rostro y bien dibujado, rubios y rizados los cabellos, vi­goroso y atezado el cuello, amplio y bien proporcionado el pecho, fino el busto pero no demasiado delicado, robusto el cuerpo, vigoroso el brazo y el puño y el carácter altivo y decidido…» Nada menos que a cin­co maestros confía Filipo la educación de su hijo Alejandro (Filipo es aquí el ver­dadero padre del héroe), para que le con­viertan en un valiente escudero y en un docto clérigo; y de tales maestros aprende el muchacho todas las lenguas y todas las ciencias y artes, especialmente la música.

Así, en el texto de Alberic, Alejandro es ya el caballero perfecto, valeroso y refina­do de la novela cortés; y éstos son los ca­racteres que conserva en los otros dos «romans» franceses del siglo XII, uno en de­casílabos (según la fórmula métrica de los cantares de gesta) y otro en dodecasílabos o alejandrinos, o sea en el verso que tanta fortuna habrá de alcanzar en la literatura francesa y que precisamente a Alejandro deberá su nombre.

El fragmento de la obra de Alberic es demasiado breve para que podamos tener una idea precisa del des­arrollo que el poeta dio a su figura, y tam­bién es breve el texto en decasílabos, que viene a completarlo y que se presume es una refundición del de Alberic. En cambio es muy extenso el «román» en do­decasílabos, en el que el gentil clérigo y osado «bachiller» imaginado por Alberic se nos presenta animado por aquel espíritu de aventura que alienta también en los héroes de Chrétien de Troyes.

La aventura es para él la prueba voluntariamente bus­cada, a través de la cual el caballero rea­liza y exalta plenamente su humanidad. Di­cho en otras palabras, el Alejandro de los «romans» franceses es un personaje nuevo, un modelo del nuevo ideal humano que los poetas corteses imponen a la sociedad aristocrática del siglo XII y que todos los jóvenes intentarán realizar y encarnar. En efecto, Alejandro posee todas las virtudes del caballero perfecto exigidas por los tro­vadores : el valor y la cultura, el refinamien­to, la mesura, la alegre despreocupación y por encima de todo la largueza, la libera­lidad generosa y magnánima.

Éste último rasgo es precisamente el que más subraya —  y aun tal vez con exceso — el «román» en dodecasílabos. Por otra parte, si en él se concede un lugar al tema del amor, aje­no a la literatura más antigua, no se da menos importancia al elemento prodigioso y maravilloso tomado del texto helenístico, gracias al cual el héroe se nos aparece en aquella misma atmósfera de prodigio y de encanto que caracteriza al mundo nove­lesco bretón.

Tal como lo ha trazado la fantasía de los novelistas franceses, apare­ce Alejandro en el Libro de Alexandre (v.) castellano, en el cual, sin embargo, sobre los rasgos caballerescos y corteses prevale­cen los propiamente «clericales» y escolás­ticos.

A. Viscardí