[Alexander Magnus]. La figura de este hombre excepcional que, muerto a los 33 años después de una vida intensamente vivida, pareció encarnar y repetir el ideal del Aquiles (v.) homérico — «una vida breve, pero gloriosa» —, ha llegado a nosotros a través de las interpretaciones deformadoras de la filosofía y de la retórica.
En realidad, hasta una época reciente los historiadores no han podido poner en evidencia con la suficiente claridad toda la importancia y los límites de su obra, la cual, por sus consecuencias, puede compararse a la de César (v.). Así como el caudillo romano abrió al dominio y al influjo de Roma las Galias y parte de los pueblos germánicos, Alejandro unificó Grecia y sometió Persia y Bactriana, abriéndolas a la influencia griega; del mismo modo que la conquista de César echó los cimientos del Imperio y al romanizar la Galia logró que, del seno del elemento celta latinizado, surgiera una nueva civilización, las conquistas de Alejandro permitieron que todo el mundo mediterráneo y oriental experimentase profundamente los efectos del elemento griego, no sólo en el campo de la lengua y de la cultura, sino también en el de la organización política y militar.
En el período helenístico, además de una lengua común, se perfila una civilización también común, la helenística, que a través de Roma habrá de convertirse en patrimonio de la Europa moderna. Las causas de la deformación histórica de la figura de Alejandro son muchas: la leyenda que acerca del héroe se difundió durante la Edad Media no es más que el reflejo y la consecuencia de corrientes que se manifestaron ya durante la Antigüedad; y en rigor, el fundamento del Román de Alejandro (v.) y de todas las demás leyendas medievales está constituido por una versión latina de la Historia de Alejandro (v. Alejandro Magno), que es una especie de novela griega atribuida sin fundamento a Calístenes y redactada en realidad en el siglo III de la era cristiana.
La tendencia psicológica y moralizadora de la historiografía griega a fines del siglo IV — piénsese sobre todo en Teopompo — había de hallar fértil campo de especulación en la figura del conquistador macedonio, pero no hay que olvidar que ese hombre prodigioso era precisamente un macedonio y no un griego; y la repugnancia instintiva por un hombre no griego que había sojuzgado a Grecia arrebatándole su independencia e intentando, después de la conquista de Persia, poner en condiciones de paridad a los griegos y a sus nuevos súbditos orientales, aisló en cierto modo su persona; y cuando en tiempos posteriores (en los primeros siglos de Jesucristo), los historiadores griegos, desvanecidas ya las pasiones y desaparecido su sentimiento nacional, estuvieron en condiciones de considerar sin demasiados prejuicios la obra del gran macedonio, la figura de éste había ya caído en manos de retóricos y filósofos, y en medio de la maraña de sus interpretaciones y juicios era realmente difícil orientarse con seguridad.
Las fuentes antiguas relativas a Alejandro son las siguientes: entre los griegos, Dio- doro Sículo (siglo I a. de C.), en el libro XVII de su Biblioteca histórica (v.); Plutarco (fines del siglo II d. de C.), en su Vida de Alejandro; Arriano (siglo II d. de C.), en su Anábasis de Alejandro, en siete libros. Entre los latinos, Pompeyo Trogo, que escribió hacia el final de la época de Augusto y cuya obra puede estudiarse en el compendio de Justino (que vivió probablemente en el siglo II d. de C.), cf. los libros XI y XII de sus Historias filípicas (v.); Curcio Rufo, contemporáneo del emperador Claudio, que escribió la Historia de Alejandro, en diez libros (Historiarum Alexandri Magni libri X), de los cuales faltan el prefacio y los dos primeros.
Actualmente se considera que el más objetivo de los mencionados historiadores es Arriano, mientras que Diodor o, Justino y Curcio Rufo tienen como fuente principal a Clitarco de Colofón, del siglo III a. de C., quien, en su novelesca Historia de Alejandro, representó al rey macedonio como un héroe que después de la muerte de Darío, embriagado por el favor de la fortuna, dejó de pensar y de vivir como un griego y, corrompido por el contacto con los asiáticos, cometió toda clase de errores y crueldades; en este autor debe verse, como más arriba indicábamos, el resentimiento de los griegos por una política que tendía a situar en un pie de absoluta igualdad a helenos y bárbaros.
Las obras más serias de los historiadores de Alejandro durante el período helenístico son las de Ptolomeo Soter y Aristóbulo de Casandria, de las cuales se sirvió Arriano; en Plutarco es evidente el carácter novelesco, y aunque el escritor se da cuenta de que narra la vida de un hombre excepcional, no comprende su verdadera grandeza: los episodios insignificantes que a veces refiere con excesiva minuciosidad no sirven más que para empequeñecer todavía su visión de conjunto, ya de sí muy tenue.
G. Puccioni

