Agamenón

[Agamemnon, Agamemno]. Hijo de Atreo y hermano de Menelao (v.), jefe supremo del ejército griego que en la Ilíada (v.) ataca a Troya. Su posición de jefe no queda bien definida, ya que sus poderes oscilan entre los del monarca absoluto y los del simple «primus inter pares» al que corresponde únicamente la dirección militar de la confederación de reyes que se han prestado a colaborar en el castigo de Paris (v.).

Homero no cono­cía ejemplos de alianzas análogas entre las distintas ciudades griegas y por lo tanto asigna al ejército acampado en la llanura de Troya una estructura modelada según las de las monarquías griegas, regidas por un soberano absoluto. Pero por otra par­te, no pudiendo imaginar una completa su­misión de los demás reyes, deja que éstos tomen libremente sus decisiones, contra la voluntad de Agamenón si es preciso: así Aquiles (v.) cuando amenaza con partir, o Diomedes (v.) al afirmar que continuará la guerra aunque sea sin otros hombres que los suyos.

Esta falta de precisión en las relaciones constitucionales no deja de tener consecuencias para la suerte poética de Agamenón: al principio del poema se produce una ruptura en el sistema de je­rarquías fundado sobre el mutuo respeto de los jefes y en la proporción de méritos in­dividuales de cada uno. En la contienda que estalla entre Agamenón y Aquiles, hay culpa por ambas partes — y Néstor (v.) cla­ramente lo denuncia — que uno y otro de­berían reparar en igual medida. Por lo que a él concierne, Agamenón comprende y repara: después de una vacilación justificada por la alta estima que tiene de sí mismo, que le hace mantenerse intransigen­te durante algún tiempo, acaba prometien­do a Aquiles compensaciones más que sa­tisfactorias.

Pero Aquiles, mientras tanto, ha apelado a Júpiter, a quien hace res­ponsable de su deshonor, y a partir de ese momento sólo del propio Júpiter puede venirle la reparación. Así, en realidad, Aga­menón queda al margen, por cuanto no tiene ya posibilidad de intervenir en el drama de Aquiles, al cual se da un origen completamente divino. En su aislamiento y conforme a su lógica de jefe supremo, Aga­menón no se humilla ni se excusa: aunque la ruina de su ejército haya sido provoca­da por un arrebato de soberbia suya, no tiene por qué dar cuenta a los hombres.

Su autoridad real tiene también un origen di­vino, y si alguna vez se apodera de él la locura, ésta procede de Júpiter y hallará reparación en el momento oportuno, pero sin que cambie la relación entre el rey y sus súbditos. Cuando Agamenón envía su embajada a Aquiles, no se mortifica ni se excusa, sino que se limita a prometer do­nes materiales que compensen su atropello y su ofensa; cuando se produce la recon­ciliación, no reconoce haber tenido culpa, sino que indica como responsables al Hado y a las Erinias.

Bastaría esto, a la luz de una moral que no conocía culpa ni arre­pentimiento; pero alguna vez diríase que Homero quiso acompañar el drama de Aqui­les, que aspira a la reconquista de su honor y a la venganza, con el drama simétrico de Agamenón. Entonces éste se nos aparece indeciso y temeroso, retenido por los de­más contra su voluntad, arrepentido, en una palabra, si pudiera hablarse de arre­pentimiento. He aquí cómo una luz equí­voca se proyecta, en la Ilíada, sobre la fi­gura de Agamenón, al cual se confía en la peripecia del poema una función ante todo estructural: la imparcialidad de Homero, ante este personaje, se convierte en indife­rencia.

En los momentos de mayor tensión, en los que el poeta interviene interpretan­do el mito con mayor libertad inventiva, Agamenón queda al margen como un extra­ño: una de las veces, provoca la deserción en masa del ejército, y sólo Ulises (v.), inspirado por los dioses, puede salvar la comprometida situación (c. II); en un mo­mento decisivo, a Agamenón no se le ocu­rre proponer otra cosa que la fuga, y esta vez es Diomedes quien se rebela y Néstor quien sugiere la idea de la embajada a Aquiles (c. IX); asimismo, en la aventura del c. X, Agamenón no tiene otra misión que la de dar pretexto a la reunión.

Pero luego es Néstor quien propone, y Ulises y Diomedes quienes llevan a la práctica el proyecto audaz de la incursión nocturna, sin que el nombre de Agamenón vuelva ni siquiera a aparecer; la descripción de sus empresas en la batalla del c. XI parece un homenaje que se le concede por nece­sidades de coherencia exterior, y cuando Héctor comparece en el campo de batalla, Agamenón se halla ya lejos de él y quedan sólo Ulises, Diomedes y Ayax, para hacer frente a los momentos más dramáticos.

Agamenón apenas toma parte en el resto del poema: los episodios de los últimos cantos ponen de relieve a héroes como Patroclo (v.) y Héctor, más semejantes a Aquiles. La disputa inicial está ya olvida­da: una vez restablecido el orden moral, Aquiles pasa decididamente a primer tér­mino, y el papel de Agamenón queda cir­cunscrito a su función burocrática de jefe supremo, que apenas tiene nada que ver con el argimiento de la Ilíada, considerada no sin razón como una Aquileida (v.). En la Odisea (v.) se hacen varias alusiones al regreso de Agamenón a su patria y a la serie de crímenes que abrumó a su familia. La versión relatada por la Odisea no es más que una entre las muchas que los poe­tas antiguos dieron de la traición de Clitemnestra (v.) y de Egisto (v.), de la muerte de Agamenón y de la venganza de Orestes.

La leyenda pasó también bajo muchas formas a integrarse en las tradicio­nes populares de varias localidades, especialmente del Peloponeso, y los mitos re­lativos a los Atridas se desarrollaron hasta formar aquella sucesión de crímenes y ven­ganzas que luego la tragedia hubo de fijar. En los Catálogos (v.) de Hesíodo, en las Ciprias (v. Ciclo épico) y en la Orestíada de Estesícoro, el asesinato de Agamenón se ponía ya en relación con el sacrificio de Ifigenia (v.), presentando por tanto el de­lito de Clitemnestra como una venganza.

También Píndaro (Pítica, XI), se pregunta si fue el amor materno o un amor culpable el que impulsó a Clitemnestra a cometer su crimen. En su Orestíada (v.) Esquilo dispuso esta historia en forma de trilogía trágica. La primera tragedia, Agamenón, tiene por argumento el primer delito, o sea la muerte del rey a manos de su mujer, que aparece al final como justiciera y cri­minal a la vez, abriendo así el camino a ulteriores derramamientos de sangre. La víctima, Agamenón, se presenta abrumada ya por su culpa, y su muerte, aunque haya de provocar otro delito, será en sí un acto de justicia ante los dioses.

Agamenón es culpable del sacrificio de Ifigenia y de la matanza de los troyanos, y su fin está an­gustiosamente previsto desde el principio de la tragedia. En el fondo, Esquilo no toma posición ante él, ni quiere condenar la expedición troyana: se limita a engra­nar la responsabilidad de Agamenón en la cadena de crímenes que el destino ha de­cretado, y condiciona sus culpas a las de sus padres. El fin de Agamenón es una obra de justicia, pero Esquilo une a ese reconocimiento un sentido de compasión humana por el héroe que, aun siendo cul­pable de graves excesos, lleva sobre sí la pesada herencia de culpas no suyas, cuya responsabilidad le transmitieron sus ante­pasados. La literatura posterior repitió en todas las formas la leyenda de Agamenón, la cual, dada su complejidad, se prestaba a todas las interpretaciones, según se viese en Agamenón al jefe de ejército o al rey, o se le considerase en su posición de ma­rido y padre, traidor o traicionado.

La ori­ginaria ambigüedad de esa figura no dejó de manifestarse en los tiempos ulteriores, y Agamenón siguió siendo uno de los per­sonajes favoritos que se tomaron por sím­bolos en las discusiones sobre los ideales políticos y morales durante todos los siglos de la historia griega. Mientras Esquilo, en su trilogía, habla desarrollado los motivos éticos relativos al destino de la familia de los Atridas, Sófocles representó magis­tralmente en su Ayax (v.) los problemas relacionados con la posición jerárquica con­ferida a Agamenón por Homero: aquí Aga­menón se opone a la sepultura de Ayax, interpretando en un sentido restringido y egoísta los derechos del monarca, hasta que sus razones son refutadas por Teucro y Ulises, que hablan en nombre de una jus­ticia y religiosidad superiores.

A pesar de que la versión de la leyenda de la muerte de Agamenón siguió siendo en líneas ge­nerales la misma que da Esquilo, es inte­resante ver un nuevo aspecto del drama en el Agamenón (v.) de Séneca, en el cual las intenciones puramente literarias pasan a primer término, y el contenido moral se presenta en las formas habituales de las declamaciones retóricas y de las discusiones filosóficas; abundan asimismo las’ conce­siones al gusto romano de la época, que, a diferencia del de los antiguos griegos, se sentía atraído por las escenas más ho­rripilantes o patéticas.

F. Codino