Personaje aventurero y venturoso del mito griego, hijo de Fere, rey de Tesalia, Admeto nos aparece, entre los demás héroes helénicos, rodeado de un clima particular. Junto a él halla refugio, como simple pastor de sus rebaños, el dios Apolo, que Júpiter expulsó del Olimpo por haber dado muerte a los cíclopes; y desde el primer momento la amistad que surge entre el héroe y el dios en desgracia parece atestiguar la natural bondad de aquél.
Las empresas que más tarde habrá de llevar a cabo se deberán sobre todo al favor de Apolo, que le ayuda a obtener la mano de la bella Alcestes (v.), hija de Pelia, y arranca para él a las Parcas el privilegio de librarse de la muerte a condición de que alguno de los suyos se sacrifique en su lugar. Pero al llegar el momento en que aquellas inexorables divinidades reclaman a su víctima, nadie quiere morir por él, ni siquiera sus propios padres ya ancianos. Sólo Alcestes ofrece su vida sin vacilar.
Una vez más, la divinidad acude en socorro del hombre: según una versión, Proserpina, conmovida por tan bello ejemplo de amor conyugal, devuelve Alcestes a Admeto; según otra versión, seguida por Eurípides, es Hércules (v.) quien, bajando al infierno, rescata a Alcestes para su marido y sus hijos. En el fondo, Admeto, aunque participó en la expedición de los Argonautas y llevó a cabo otras gloriosas empresas, como la caza del jabalí de Caledonia, es el hombre nacido para los afectos íntimos: la amistad, el amor, la piedad y la justicia.
En el Alcestes (v.) de Eurípides, le vemos como un contemplativo, tristemente resignado a su suerte y decidido a no intentar siquiera superarla, pues está convencido de que nació para ella. El sacrificio de Alcestes es también su sacrificio: acepta la vida con la misma mansedumbre con que la mujer acoge la muerte y ambos destinos se funden en una sola y secreta vinculación. Verdadera figura «fin de siglo» por anticipación, Admeto, habitante de un mundo silencioso o, mejor dicho, callado, obtiene nuestro respeto como obtuvo el de Hércules, que sin juzgarle, se conmovió ante su figura.
U. Déttore

