Abraham

Enorme figura, es el persona­je fundamental de la antigua historia he­brea y el primer patriarca del pueblo de Israel. Su vida está dominada por un acon­tecimiento esencialmente místico: la llama­da de Dios que lo substrae a la tierra y a la religión de su familia encaminándole ha­cia un nuevo destino.

Desde la Mesopotamia idólatra, desde la ciudad espléndida y rica de Ur, Abraham inicia su peregrina­ción hacia el Norte, camino del emporio de Harán, para descender después hacia el Sur, a la tierra de Canaán, que Dios le promete como posesión de su posteridad. La vida nómada, de hombre acostumbrado a todas las fatigas y obligado a una sole­dad exterior que fácilmente se resuelve en soledad interna, hace madurar la suerte de Abraham.

Solo en su fidelidad al Dios úni­co, solo con el peso de extraordinarias promesas y de una misión excepcional, Abraham es el «amigo» de Dios, a quien éste habla y guía, reconfortándole y po­niéndole a prueba! A la vez manso y va­leroso, sensible a las instancias de su mu­jer Sara (v.) y doliente por la desdicha de su esclava Agar (v.), que le había dado como* hijo a Ismael (v.), generoso cuando ofrece a Lot (v.) la oportunidad de esco­ger sus pastos preferidos, y solícito y audaz al liberarle del cautiverio, Abraham llega hasta ejercer una dulce y prudente presión sobré el corazón de Dios para que sea pia­doso con Sodoma y Gomorra a causa de los justos que allí’ habitan.

Ligado a su Señor por un pacto cuyo signo lleva en la carne, con la circuncisión, Abraham cree a pesar de todas las apariencias y «espera contra toda esperanza». Una de las funda­mentales promesas divinas es la de una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y las arenas del mar, y Abraham acumula en su corazón la humana amargu­ra por la falta de un hijo y el confiado abandono a las promesas del Altísimo.

Cuando Dios le anuncia el nacimiento de su heredero, el centenario Abraham dese­cha todas las dudas humanas, del mismo modo que hace callar a su corazón cuando el Señor le pide la inmolación de Isaac (v.), en quien aquellas promesas se habían concentrado. La inimitable página (Génesis, v., XXII), en la cual se describe la an­gustia del padre atormentado por las ino­centes preguntas de su hijo en camino para el sacrificio y la fuerza del hombre creyente que, ante la aparente ruina de las condiciones fundamentales de las prome­sas, marcha decidido hacia el monte en cuya cumbre deberá sacrificar a su hijo, nos da la medida de la potencia dramática de Abraham que en el siglo XX a. de C. vivió una de las más profundas experien­cias religiosas que la historia recuerda.

S. Garofalo