Abraham

Ateniéndose a la Biblia (v.) y a los misterios extranjeros (Isaac, de Groto), que antes que él habían dramatizado el episodio bíblico, el anónimo poeta neo- helénico autor del misterio El sacrificio de Abraham (v.) ha dibujado a este per­sonaje con persuasivos caracteres humanos.

Frente a las patéticas ansias de Sara, en quien el amor materno suscita clamores de rebelión y de desasosiego, lamentos y ten­tativas de evasión, Abraham se presenta como el patriarca divinamente inspirado, atento sólo a escuchar sus voces sobrena­turales, lleno de religiosa veneración por los decretos inescrutables de Jehová y eje­cutor de la voluntad de éste hasta llegar al más cruel de los sacrificios: el de su hijo único.

En esta piedad religiosa, pro­funda y austera, no se anulan los senti­mientos más humanos, de esposo y de padre ternísimo, pero el conflicto entre el amor humano y el deber para con la Divi­nidad se resuelve en una aceptación en la que el dolor viene, por decirlo así, ilumi­nado por la fe.

Frente a los siervos devotos, que no llegan a comprender su ili­mitada obediencia a visiones de sueño e intentan disuadirle del horrendo sacrificio de Isaac, y frente también a la tierna y sencilla inocencia de la víctima designada, Abraham se yergue con la fuerza de una convicción íntima y el prestigio de una no­ble conciencia. Una especie de halo profético envuelve y hace más augusta su figura.

F. M. Pontani