Abner

Hijo de Ner, primo y general de Saúl (v.). En evidente contraste con la ión que de él hizo Alfieri, el Abner bíblico es menos rico en vida in­fernal, pero más misteriosamente humano y fiel.

Abner no sale de la oscuridad de su nombre hasta después de la muerte de Saúl, ya que éste, hombre de guerra y de orden, sin corte ni harén, fue siempre el general de sí mismo. Pero en la jornada de Gelboé, Abner se halló solo con un hijo superviviente del rey, ’Īšbošeth (’ Īšbāal), que se apoyaba en sus brazos y lo instauró como soberano de diez tribus en Mahanaim de Transjordania, contra David (v.).

Acto de diplomacia y de fidelidad a la memoria del rey, pero también acto de amor propio y de triunfo. Ya no es él quien se halla inútil junto a un gran rey, sino un rey débil quien está a su lado mientras él en verdad reina. Cuando ’ Īšbāal se atrevió a disputarle una concubina de su padre, Abner se pasó a David con todas las tri­bus y como símbolo de su cambio de obe­diencia le restituyó a su primera esposa Micol (v.).

Pero en el umbral del edificio davídico, levantado por él sobre los cadáveres de la dinastía difunta, le sorpren­dió la muerte a traición. El hombre fuerte, taciturno y repentino que siempre había obrado sin hablar, como un río que se es­curre bajo nuestros pies, más fiel a los grandes muertos que a los pequeños vivos, aquí, asesinado a la puerta de un convite, tuvo un instante de triunfo: un rey divino «iba detrás del féretro. Y después que hu­bieron enterrado a Abner en Hebrón, el rey David elevó su voz y lloró». En su vida inquieta, nadie había orado ni llorado por él.

P. De Benedetti