Abigail

[Ăbigáyil]  Aparece en el li­bro I de Samuel (v. Reyes), y es la esposa «prudente y bella» de Nabal y posterior­mente de David (v.). Cuando éste andaba errante por el Carmelo, perseguido por el mal espíritu de Saúl (v.) encontró a los pastores de Nabal que en aquellas soleda­des trasquilaban a sus ovejas, y los pro­tegió en el desierto.

Pero no por ello re­cibió gratitud ni hospitalidad: Nabal le dejó en el hambre y la angustia: « ¿Quién es este David? Hoy son muchos los esclavos que huyen de sus dueños». Y ya David estaba a punto de ensangrentar la casa del malvado, cuando Abigail bajó a recibirle con ofrendas y detuvo su espada. Pero la venganza vino del cielo y el terror mató al hombre del Carmelo, enemigo feroz de los pobres, que había despreciado al Rey secreto ungido por los santos, padre re­moto del Mesías. Inmediatamente David in­vitó a Abigail y la hizo su esposa.

Ésta es la historia de la mujer del Carmelo: una viuda de fe bastante dudosa, al parecer, una especie de Dido (v.) de los montes. Pero el episodio debe contemplarse por transparencia, en sus relaciones con el cie­lo y con la historia, con el futuro y con lo eterno: entonces Abigail está llena por el júbilo de su nombre (Gayil), nace en una bárbara casa de pecado, se une con la fuerza de una vocación a un desterrado perpetuamente perseguido por los demonios del desierto y de Saúl y comparte con él primero la hospitalidad y luego la áspera vida y la luz procedente del lejano Mesías, que santifica a David.

Todas las figu­ras bíblicas, especialmente las femeninas, reciben el reflejo de esta santidad (v. Raab); un amor las impulsa desde ignotos lugares a unirse al río de Israel, que trans­porta toda carne a la luz. Abigail, como Raab, si no desembocaran en el divino Jor­dán, serían cenagales. Pero Abigail, sin saber Quien la mueve, se deja mover: su ignorancia está llena de la Sabiduría divina.

P. De Benedetti