Abel

[Hébel]. Caín (v.) y Abel son los primeros hijos del hombre, de Adán (v.) y de Eva (v.), privados de la intimidad con Dios y de las delicias del Paraíso; los dos primeros individuos de la humanidad reducida a la tierra con una invencible nos­talgia de felicidad.

También son los pro­tagonistas del primer episodio de violencia y sangre. En el relato de la Biblia (v.), la figura de Abel es modesta y púdica; no habla sino que se oculta tras un sacrificio ofrecido con pureza de intenciones y con generosidad, que atrae la mirada de Dios, y desaparece sucumbiendo ante la ira y la envidia de Caín, no grato al Señor, que le da muerte en el campo (Génesis, IV, 1-16).

Ha sido fácil para los literatos ceder a la fascinación de los elementos pastoriles de la vida de Abel y entregarse a visiones geórgicas, a menudo de gusto dudoso (v. Abel); en realidad, Abel es un personaje profundamente dramático. «Por fe Abel ofreció a Dios un sacrificio superior al de Caín y mediante aquélla recibió el testi­monio de ser justo» (v. Epístola a los he­breos, XI, 4).

Su mansedumbre se funda en la profundidad de una fe no avara ni ajena al sacrificio supremo. Por esto Abel es el «justo» que Jesús (San Mateo, XXIII, 35) pone al frente de los mártires que pa­gan con su vida el triunfo del bien, y su sacrificio, en la literatura y en el arte cris­tianos, significa el sacrificio de Cristo, víc­tima de varios milenios de cainismo.

La voz entera de Abel se halla en su sangre «que clama» (Génesis, IV, 10) desde la tierra una urgente invocación a la justicia y que persigue a su infame hermano hasta hacerle insoportable la vida. Toda la historia humana parece esbozada en esas dos figuras, gigantescas ambas, aunque por opuestas razones, que abren los dos surcos por los cuales marchan las generaciones del hombre, a pesar de los infinitos senderos trazados en la «tierra de nadie»: por una parte la fe y la mansedumbre; por otra, el orgullo y la violencia.

S. Garofalo