Karl Barth

Nació el 10 de mayo de 1886 en Basilea. Estudió en Berna, Berlín, Tubinga y, finalmente, en Marburgo, donde experimentó la influencia de la escuela neokantiana y se entusiasmó por la nueva concepción racio­nalista del cristianismo, cuyo defensor más ilustre era entonces Adolf von Harnack.

En 1908 figuraba entre los mejores discípulos de Wilhelm Hermann. Contaba entonces veinti­dós años, y Martin Rade le llevó a colabo­rar en la redacción de la revista Christliche Welt, órgano de difusión del protestantismo liberal alemán.

En 1909 empezó a actuar en Ginebra como pastor sufragáneo, y en 1911 pasó a dirigir la parroquia de Safenwil. Un breve texto de 1909 (Modeme Theologie und Reichgottesarbeit, en Zeitschrift für Theo­logie und Kirche, XIX, pp. 317-321) le re­vela todavía liberal, pero con un marcado interés por la experiencia religiosa indi­vidual. En 1919 apareció en Berna el co­mentario a la Epístola a los Romanos [Rómerbrief].

Llevaba ya Barth diversos años de silencio, y en su ideología había tenido efecto una revolución completa La obra en cuestión era un texto raro y de ideas muy revueltas — una mezcla de gnosticismo, pla­tonismo, kantismo, calvinismo y raciona­lismo — que suscitó inmediatamente protestas por doquier y, también, apasionadas po­lémicas.

Sin embargo, Barth no estaba satis­fecho: no se reconocía exactamente en aquel filosofismo, por cuanto en realidad había pretendido hacer teología pura. Overbeck, Nietzsche, Dostoievski y Kierkegaard le ayu­daron a poseer una conciencia mejor de sus problemas, y así, en 1922, al cabo de un año de haber dejado la parroquia para de­dicarse a la enseñanza en la Universidad de Gotinga, pudo publicar en Munich una segunda edición revisada y corregida a fon­do de Rómerbrief, cuyo método dialéctico tendía eficazmente a la trascendencia abso­luta.

Esta obra era una bandera de guerra y un violento desafío al racionalismo bíblico y al liberalismo, y el mismo Harnack y muchos otros lo juzgaron una retirada a posiciones oscurantistas. No obstante, la ma­yoría de conciencias llevadas por el existencialismo a una visión más realista de la situación humana, hallaron en la – obra un aliento nuevo y la revelación de un drama que vivían, pero cuya consideración no les había sido hasta entonces permitida.

El tex­to en cuestión llegó a ser uno de los fun­damentales del existencialismo alemán. Con él nacía una verdadera corriente de pensa­miento: la teología dialéctica, con hombres cual Brunner, Gogarten, Thurneysen y Marcus Barth, y una revista como Zwischen den Zeiten.

En 1925 Barth ingresó en la Uni­versidad de Münster como profesor hono­rario de teología, y empezó una revisión completa de sus ideas orientada hacia el establecimiento de un verdadero sistema teo­lógico netamente cristiano. En 1927 apa­reció en Munich La doctrina de la palabra de Dios. Prolegómenos a la dogmática cris­tiana.

Sin embargo, su autor no quedó toda­vía satisfecho: no había encontrado aún la orientación definitiva de su teología. Y así, pasado a la Universidad de Bonn en 1930, preparó una amplia revisión, que vio la luz en un volumen de 1932, seguido en 1939 por otro acerca del mismo tema; ello constituía el principio de la Dogmática eclesiástica [Kirchliche Dogmatik].

Mientras tanto, la situación de los cristianos alemanes iba ha­ciéndose muy grave; el nazismo había fun­dado indirectamente, con los «Deutsche Christen», una iglesia estatal y desencade­naba la lucha contra el catolicismo y los protestantes, que no querían someterse a una organización eclesiástica evidentemente so­juzgada por el Estado.

Barth fue el más va­liente defensor de la libertad religiosa en el campo del protestantismo; pero perdió su puesto de profesor en la Universidad de Bonn, y el propio Hitler intervino personal­mente en la anulación de su título de teo­logía. En 1934 salió de alemania y se diri­gió a Suiza, Francia, Inglaterra y América; doquiera que fuese provocó entusiasmo y simpatía.

Con el hundimiento del nazismo, Barth recobró la cátedra universitaria de Bonn, que, no obstante, dejó al cabo de algunos años para enseñar en la Universidad de Basilea. Allí vive ahora una tranquila pero activa ancianidad, ocupado en el último tomo (el XI) de la monumental Dogmática eclesiástica, una de las síntesis más vigo­rosas del pensamiento teológico de todos los tiempos.

Dicha obra está caracterizada por un cristocentrismo extremadamente origi­nal, donde el tiempo y la eternidad, Dios y el hombre, el ser y el fenómeno se en­frentan, inciden y se transfiguran con una eficacia sorprendente y una gran riqueza de motivos; su bibliografía comprende más de 360 citas. Las obras de Barth han sido tradu­cidas a muchísimas lenguas.

E.  Riverso