Hombres Entre Piedras, Cecilia Tormay

[Emberek a kövek között], Primera novela de la es­critora húngara Cecilia Tormay (1876-1936),- publicada en 1911. Es el análisis profundo y delicado del alma de una campesina croa­ta del Carso que pasa del turbado asombro de criatura selvática al amor y, por últi­mo, al sacrificio.

Jella, huérfana de madre, que tenía fama de mujer ligera, vive ence­rrada en una recelosa soledad. Pero su gra­cia montaraz excita a un brutal vecino suyo, y al encontrarla un día en el campo, quiere violarla. Jella, aun sin comprender, huye y no vuelve más a la aldea. La mu­chacha anda errante por las austeras sole­dades del Carso, hasta que cierto día llega a una estación ferroviaria y conoce otra especie de gente: a un caminero húngaro. Al contacto de aquel mundo más humano y civilizado, su tosquedad se atenúa y la muchacha se queda con el viejo caminero, Pedro Balogh. La llegada de otro caminero joven le hace conocer el amor y Jella se abandona a la pasión que en ella surge con todo el ardor de una hija de la naturaleza. Pero aquel amor salvaje no puede satisfacer al amante que aspira a formar una familia burguesamente ordenada y marcha a esco­ger una mujer a su pueblo natal, en la llanura húngara, donde vive la gente labo­riosa, tranquila y normal. Jella entonces se precipita bajo el tren en que viajan los esposos.

La novela, traducida el 1913 en la «Revue de París», dió a la autora fama mundial. El paisaje del Carso, que la autora ama como una segunda patria, da a la no­vela una atmósfera de espasmo y de sufri­miento. El drama brota del choque entre dos mundos, del contraste entre dos paisa­jes diversos y sobre la roca trágica la auto­ra hace abrirse las flores de la belleza y de la realidad.

G. Hankiss

Hombres e Ideas de Nuestro Tiempo, Francisco García Calderón

En este libro, publicado en Valencia, en 1907, con un prólogo de Emilio Boutroux, el ensayista peruano Francisco García Calderón (1883-1953) reúne diecisiete artículos, cuatro inéditos y los restantes aparecidos en revistas y diarios sudamericanos entre 1904 y 1907.

Ellos versan sobre temas filo­sóficos, sociales, jurídicos y políticos. El tra­tamiento de este amplio repertorio temático permite distinguir tres grupos de artículos: los dedicados a presentar y analizar la figu­ra, las ideas o la obra de un escritor con­temporáneo, como es el caso de los ensayos sobre Gabriel Tarde o Renouvier y el dis­curso sobre Menéndez Pidal y la cultura española; los que estudian alguna faceta es­pecialmente significativa de la vida intelec­tual, política y social de Europa y América a comienzos del siglo XX (v. gr. los artícu­los titulados «La crisis moderna de la mo­ral», «Guillermo II, monarca representativo» y «El fenómeno religioso en los Estados Unidos»); y, finalmente, aquellos artículos que traducen la preocupación y el interés del autor por los problemas relativos a la evolución espiritual del Perú, así los titu­lados: «La nueva generación intelectual del Perú» y «Por ignoradas rutas». Pese a este dispar contenido, el libro no carece de uni­dad interna: un mismo espíritu crítico y una misma intención divulgadora, atenta a las novedades de la cultura occidental, animan todas sus páginas y hacen que traduzca, con matices diversos, la inquietud y la vocación de una clara inteligencia. En ellas, además, se destacan ya las virtudes estilísticas que han ganado a García Calderón un lugar principal dentro del ensayismo latinoame­ricano.

A. Salazar Bondy

Hombres, Animales, Países, Fernando Paolieri

[Uomini, bestie, paesi]. Colección de bocetos de Fernando Paolieri (1878 – 1928), publicada como obra póstuma en 1936. El mundo lu­gareño de los Cuentos toscanos (v.) vuelve en estas prosas agudas que saben provocar con elementos comunes y sencillos la carca­jada bondadosa y humana. Tipos de obreros y campesinos, pequeños burgueses, gente bondadosa y por lo general dibujada con espontaneidad por un espíritu lleno de sen­cillez y bondad, inclinado a captar el as­pecto jocundo de la vida, aunque en sus contrastes aparece de cuando en cuando la sonrisa amarga sugerida por una mayor ex­periencia. Entre las veintiséis narraciones inéditas, cuatro son las más significativas.

En «El célebre tenor», el autor recibe la vi­sita de un individuo que, alabándose de su trato con los más grandes artistas líricos, y con los directores de orquesta, declara querer dar un concierto aquella misma no­che en la Impruneta. Después de haber conseguido sonsacar dinero al escritor, aquel tipo se marcha. En el «Ojo de Martín», un jugador desgraciado, sumido en la miseria, se ve obligado a partir para América; cuan­do, al cabo de veinticinco años, vuelve a su pueblo, todos piensan que es rico, y como Martín va a menudo a visitar al notario, amigos y parientes piensan que ha hecho testamento y esperan heredarlo: pero des­pués de la muerte de Martín, abierto el sobre de su testamento, no encuentran allí nada, y entonces se descubre que Martín iba a casa del notario exclusivamente para la acostumbrada partida de cartas. En la «Caza de becadas» el autor se deja guiar por un sujeto que se alaba de ser conocedor de toda clase de vericuetos en el bosque; los hombres acaban extraviándose y con el es­tómago vacío; la narración da pretexto a la descripción de los lugares y ambientes pre­dilectos de Paolieri. En los «Carboneros del murallón» el autor compara la laboriosa vida de los carboneros de antaño, que guia­ban docenas de borricos por entre terribles desfiladeros, en las peores noches, con el trabajo de hoy, facilitado por los medios modernos de transporte.

Los demás bocetos de interés y trama variados se basan en ge­neral, sobre pinturas de la vida campestre y una vez más dan justa idea del talento de este autor toscano, que se halla dentro de la tradición que va de Fucini a Sanminiatelli.

C. Cordié

La pincelada franca y amplia, que es una de las cualidades del estilo de Paolieri, se toma a veces una ráfaga lírica que pasa, agitándola, sobre la descripción. Pocos sien­ten la vida vegetal y animal como la siente y reproduce aquel diestro toscano. El hom­bre, en sus narraciones, se mueve siempre en un paisaje que no es menos importante que él, y a menudo se afana entre animales, me atrevería a decir, más vivos que él; de ahí una comunidad y un intercambio de sensaciones, con bellísimos efectos, que tras­ciende de la narración a la estrofa, concen­tradora lírica del espíritu de la propia in­vención épica de las líneas capitales de la figuración exterior. (Mazzoni)

Los Hombres Alegres, Robert Louis Stevenson

[The Merry Men]. Novela de Robert Louis Stevenson (1850-1894), publicada en 1887. Los «hombres alegres» son las olas que rompen contra los arrecifes de una isla de la Escocia occiden­tal; y la novela responde maravillosamente al sentido de soledad y pavor de aquellos lugares casi desiertos. Por confesión del propio autor, la historia no es sino un gra­dual desarrollo, convertido en vida, de los sentimientos que aquellas islas hicieron na­cer en él. La novela se desarrolla hablando siempre en primera persona; el paisaje es evocado con gran poder descriptivo; el mar es cantado con misterio nórdico y sin efu­siones. El tío del protagonista, que está pro­metido a su prima, ha cometido un delito cuando estaba borracho. Aunque religioso, abrumado por los remordimientos, termina arrojándose al mar, perseguido por un ex­traño ser.

A. Camerino

Su acierto alcanza la misma maestría en el Diablo en la redoma que en el cuento Hombres alegres… Stevenson posee el toque del águafortista que con su buril graba la viva plancha de la mente del lector, dejan­do una huella indestructible, y, gracias a esa maestría, nos traslada a los límites de aquella luz crepuscular que flota en tomo al plano normal sobre el que discurre la vida humana. (E. F. Benson)

Hombres del Norte, Ángel Ganivet

Obra del narra­dor español Ángel Ganivet (1865-1898). Es­tas tres interpretaciones (de Lie, de Bjornson, de Ibsen) forman un complemento a las Cartas finlandesas que Ganivet escribía por los años de 1898. Obedecen a su deseo de dar a conocer entre sus paisanos unos hombres a los que España apenas había sa­ludado. Tienen el noble propósito de abrir ventanas a nuestra cultura «cuando el contacto íntimo de unos pueblos con otros tenía aún la frescura de un descubrimiento» (Or­tega). Tal es el alcance de los comentarios en torno a esos «hombres del Norte»: desve­lar cuanto de extraño o exótico tenían sus formas — tan diversas — de entender el arte para gentes acostumbradas al sol del medio­día.

Precisa Ganivet con gran exactitud la personalidad de Lie; unas pocas palabras le bastan: el carácter terruñero de su obra y la dificultad de apartar sus producciones de la tierra que las inspira. Nos hace ver el fondo de costumbrismo que hay en cada una de sus novelas, fiel reflejo de una vida rica en matices y exuberante, en tipos. Para acercarnos con más «verismo» al autor ana­lizado clasifica sus novelas, narra el argu­mento de algunas de ellas, traza el paran­gón con su obra teatral, mediocre sólo, y en unas pocas líneas condensa un juicio de valor ponderado y preciso. En Bjornsterne Bjórnson ve una encarnación de las fuerzas de la Naturaleza de su país. Partiendo de la situación politicocultural de Noruega, deli­mita la misión de la obra del gran drama­turgo: romántica, nacionalista, variada y fecunda. Todo fruto de un sincero senti­miento religioso, nacido y avivado en el hogar paterno. Unos cuantos argumentos de obras de Bjórnson y una brevísima síntesis completan la imagen del gran dramaturgo. Más largos que éstos son los dos ensayos que Ganivet dedica a Henrik Ibsen.

Parte de la iconografía de los tres escritores para deducir las peculiaridades de cada uno de ellos. Ibsen aparece determinado por su exaltación del individuo y por la perspec­tiva de que ha dotado a sus obras. Una es­pecie de aristocracia de la fuerza guía los pasos de este hombre, exilado de su patria y a la que acierta a amar y a conocer jus­tamente por la proyección que alcanza con la lejanía. En el segundo ensayo — o se­gunda parte del ensayo—Ganivet señala el carácter unitario de toda su obra: evolucio­nada hacia valores universales desde toscos embriones; se apunta, también, el valor sim­bólico de su teatro y esa rara mezcla «de vulgaridad y de idealismo» que hay en to­dos sus personajes. De la densa obra de Ibsen, Ganivet salva Hedda Gabler, «porque en el teatro lo bueno y lo que dura es lo psicológico. Las cuestiones sociales pasan». Este juicio esquemático, sirve para conocer con exactitud la postura del escritor grana­dino ante la producción ibseniana.

M. Alvar