La Idea del Estado, Henri Michel

[L’idée de le Etat]. Obra de Henri Michel (1875-1904), publicada en 1896, ensayo crítico sobre la historia de las teorías sociales y políticas en Francia con posteridad a la Revolución. La reacción experimentada después de la Re­volución Francesa en las doctrinas del indi­vidualismo político, reviste el mismo carác­ter especulativo que las doctrinas individua­listas contrarias, es decir, opone la esencia del Estado, de la sociedad y del derecho a la esencia del individuo! Sobre un plano de exigencias prácticas surgieron, por el con­trario, las escuelas económicas, socialistas, progresistas y humanitarias, a través de las cuales el Estado va asumiendo una consis­tencia concreta. Pero este rumbo del pen­samiento debía determinar necesariamente a su vez una reacción individualista de ca­rácter democrático, que se preocupó tan sólo de oponer el individuo al Estado, valo­rizando el primero y desvalorizando el se­gundo.

El movimiento sociológico de base científica, que surgió con Compte, pretendía conciliar el individuo con el Estado; con la particularidad de que mientras la ciencia se preocupaba de regular la marcha de los fenómenos, el nuevo realismo político se limita a afirmar la existencia de organis­mos sociales, nacionales, etc., basándose so­lamente sobre analogías de muy dudosa legitimidad. Según el autor, si las doctrinas colectivas responden a exigencias históricas, el individualismo es la única doctrina capaz de justificar tanto al individuo como al Es­tado. Pero aún es necesario tomar como punto de referencia el individualismo del siglo XVIII, el cual descansa «sobre el vivo sentimiento de la dignidad de la persona humana y sobre la idea de la igualdad de las personas», para la construcción de un sistema social que resuelva los antagonis­mos de un liberalismo sin freno y de un socialismo mecánico y nivelador. En tal sis­tema, el Estado no debe desinteresarse de los individuos, sino contribuir exclusiva­mente a su elevación y a su bienestar. Por lo tanto, el Estado no tiene un derecho pro­pio, sino solamente deberes. Los derechos de los individuos como tales constituyen el supuesto de una sociedad en progreso, es decir, de la soberanía popular.

El autor declara que prefiere la teoría del contrato social a la del derecho histórico, porque mientras éste puede en hipótesis sancionar cualquier estado de hecho, el primero es en cambio la expresión de una exigencia ideal de un derecho más alto, que no deja de ser tal por el mero hecho * de que un Estado retrógrado se niege a ponerlo en práctica. La primera es una teoría de la «libertad», la segunda lo es de la «necesi­dad», términos inconciliables y de los cua­les sólo el segundo se compagina con la dignidad de la persona humana. Pero, en un sistema social, la libertad no puede dejar de ir acompañada de la justicia, que ha de residir en la voluntad de asegurar a las personas morales el disfrute efectivo de los derechos que previamente les son recono­cidos: el derecho a la vida y el de elevarse con la cultura. La justicia social presenta pues, dos aspectos: uno negativo (asegurar a las personas el derecho de disponer libre­mente de sí mismas), y otro positivo (ayuda a las personas con el fin de que puedan emanciparse y elevarse). Esta obra es una de las pocas que han sobrevivido entre las centenares que sobre el mismo tema apa­recieron durante el siglo pasado, porque su autor supo afrontar los problemas con rara serenidad de espíritu y equidad de juicio.

Pero Michel queda muy lejos de haber resuelto el problema. Falla precisamente cuando afirma que se debe escoger entre «necesidad» y «libertad», o sea, en el um­bral del problema. Ya Kant había enseñado que no se da libertad sin necesidad, y el idealismo postkantiano había demostrado que fuera de una síntesis los dos términos no tienen significación. Michel tuvo noción de esto cuando recurrió a la idea de justi­cia; pero esta idea no es más que un pálido sucedáneo de aquella necesidad social que, por más que se niegue, es un factor consti­tutivo de la vida colectiva. Por otra parte, la fórmula resolutiva de autoridad (o nece­sidad) y libertad, constituye actualmente el más grave problema teórico de la filosofía jurídica, que está muy lejos de estar re­suelto.

A. Répaci

I Ching

[El libro de las metamorfosis]. Obra fundamental de la sabiduría china. Según la tradición, el emperador Fu Hsi (hacia el 3010 a. de C.) fue el que propor­cionó el núcleo, amplificado después por Ch’ang, duque de Chou y comentado por su hijo Tan (m. en 1034 a. de C.), por lo cual la obra era también llamada Chou I [El libro de las metamorfosis de los Chou]; más tarde fue comentado por Confucio (551- 479 a. de C.). Algunos sabios, basándose en unas pocas palabras dudosas del Lun Yü (v.), sostienen que la obra expone sola­mente el pensamiento de Confucio y que fue escrito por él en su mayor parte, pero el hecho es que en el I Ching encontramos un pensamiento más afín a Lao-Tzü que a Confucio. Así, por ejemplo, la concepción del desarrollo cósmico, que es una idea importante en el libro, se parece muchísimo a la de Lao Tzü (v. Tao Té Ching). I, en el sentido etimológico, viene a significar una especie de lagarto que cambia de color según los cambios de lugar que sufre su cuerpo: puede también considerarse for­mado por otros dos ideogramas: «Jih» y «Yüeh», es decir, sol y luna, que represen­tan las transformaciones del tiempo. Según Chen Hsüan (127-199) I tiene tres signifi­cados: sencillo, mutable e inmutable.

Pues­to que los fenómenos de la naturaleza y las cosas humanas cambian siempre, signi­fica mudable; puesto que dentro de las transformaciones existen reglas fijas, signi­fica inmutable; y puesto que estas reglas no son complicadas, significa simple. Todo el libro se desarrolla en torno al concepto de «fenómeno», según la antigua tradición china que considera los hechos humanos íntimamente conectados con los fenómenos naturales. El autor, basándose en este prin­cipio, buscó las reglas que gobiernan estos fenómenos, encontrando un método para determinarlos y predecirlos mediante la adivinación, que es el punto fundamental del libro. Pero ¿qué significa «fenómeno» y cómo se desarrollan los seres? Existe el «Tai-chi», Gran Polo (Uno), el generador de los dos reguladores, o sea, los dos contrarios elementales, primera polarización del ser. El Gran Polo es un «Ch’i» (lit. «espí­ritu»); los dos reguladores son «Yin» y «Yang» que representan la hembra y el va­rón, y que explican el desarrollo de los seres por ellos engendrados según una pro­gresión de cuatro, ocho, sesenta y cuatro, trescientos setenta y cuatro, etc. El princi­pio inmutable consiste precisamente en estos «Yin» y «Yang», que son dos fases de la misma cosa. Si queremos dividir los fenó­menos del universo en «Yin» y «Yang» entonces el cielo, el sol, la luz, son «Yang»; la tierra, la luna, la oscuridad, son «Yin»; hablando del tiempo: la primavera, el ve­rano, el día, ‘son «Yang»; el otoño, el in­vierno, la noche, son «Yin»; hablando del género humano: el padre, el que reina, el marido, el macho, son «Yang», y el hijo, el súbdito, la esposa y la mujer son «Yin»; todos los fenómenos del universo pueden ser agrupados gracias a este principio, que es patrimonio tradicional de los chinos.

Se observan tres puntos fundamentales en el pensamiento del I Ching: el primero es el de poseer siempre la armonía entre el cielo, tierra y hombre para seguir el destino ce­leste y mantener la propia felicidad; al per­der esta armonía se cae en la infelicidad. La adivinación ayuda al hombre a encon­trar esta armonía, para evitar las desgra­cias, adivinación practicada mediante una concha de tortuga o con ramitas de aquilea. El segundo consiste en clasificar los fenó­menos por medio de números, a fin de que cada uno tenga su sitio correspondiente. Los números son usados para expresar los fenómenos del universo y para buscar su misterio; esta dirección es naturalmente intuitiva, iniciadora y de difícil comprensión. El tercero consiste en que, observando la reglamentación celeste se encuentra la reglamentación humana y aplicándola a las relaciones familiares, se establece una gra­dación entre hombres y mujeres, viejos y jóvenes. Si el hombre y la mujer fuesen iguales en autoridad, la familia no podría encontrar su ordenación; si gobernante y gobernados fuesen iguales en autoridad, el reino caería en la anarquía. En la vida mo­derna china, el I Ching se usa aún para la adivinación y conserva su actualidad; en realidad no se trata de la obra de un solo autor ni de una sola época, sino que es el producto tradicional del pensamiento chino. La parte doctrinal es seguramente una adi­ción posterior, en la que se advierte de una manera preponderante la influencia de Lao Tse. La metafísica del I Ching ha sido luego la tesis fundamental de los sabios de la dinastía Sung (960-1279). Cfr. C. de Harlez, Le Yi-king (París, 1897); J. Legge, The Yi- king, «Sacred Books of the East», Vol. XVI (Oxford, 1882); P. Regis, Yi-king, Antiquissimus Sinorum líber (Stuttgart y Tübingen, 1839); R. Wilhelm, I Ging, das Buch der Wandlungen (Jena, 1924).

P. Siao-sci-yi

UN POLSIM DE SAL FA UNA NOVEL·LA RODONA

Laura Autonell Aranda
Un polsim de sal
Círculo Rojo 2022, 211 pàgs.

per Anna Rossell

Laura Autonell s’inicia a la novel·la amb Un polsim de sal, la història d’una vida. I fa bé d’explorar, també, la narrativa llarga, doncs aquest llibre es llegeix d’una tirada, desperta l’interès del lector perquè és versemblant i escrit amb una naturalitat que sembla que les paraules li ragin soles de la ploma. És una novel·la rodona.

Però les paraules no ragen mai soles; s’ha de saber fer-les rajar, i Laura Autonell Aranda (*Taradell, 1963) en sap de l’ofici. La novel·la

La novel·la és, com deia, la història d’una vida. La d’una dona de tantes. De tantes, sí, que no torni ni vulgar ni simple. Ben al contrari: les històries de la gent senzilla són cadascuna diferent i molt sovint tenen més interès que no pas les de persones suposadament destacades, ja que són —això és segur— més verídiques. Perquè la ficció, la bona, consisteix a reflectir la realitat amb versemblança i autenticitat. Aquí rau el mèrit.

L’autora construeix molt bé els seus personatges i les relacions entre ells, així com els ambients en què es mouen. El gruix de l’acció s’esdevé a partir de mitjans dels anys setanta del segle passat, a Súria, una vila petita, prop de Manresa, de la comarca del Bages, que en aquella època vivia de les mines de potassa. Les mines donaven feina pràcticament a tota la població en edat de treballar, cosa que intensificava més encara el coneixement entre veïns i agreujava el xafardeig i el comaratge. Un context, doncs, en què les enveges, la gelosia i la mala fe poden incitar a rabejar-se a mortificar algú per obtenir-ne un benefici.


La novel· la
parteix del moment en què una anciana, la Marta, interna en una residència geriàtrica de Barcelona, s’assabenta que té Alzheimer i que la malaltia progressa ràpidament. És així com fa un exercici de memòria en retrospectiva, que dona peu a recordar el seu recorregut vital, els seus patiments i les seves alegries, els seus amors i desamors. Però amb ella com a eix principal, l’autora crea amb mestratge un reguitzell de personatges de trets de caràcter molt diferents, que permeten gaudir al lector d’un ric catàleg d’individualitats, l’ànima de les quals sap dibuixar amb precisió. Ens presenta així un retrat de com es mouen les seves figures en un context que propicia el millor i el pitjor de l’ésser humà.


Marta és la víctima d’un matrimoni que neix amb mal peu des dels seus inicis. Víctima de maltractaments, l’acompanyem en la seva vida quotidiana, en el seu patiment, les seves pors i la seva desesperació. El seu home, Manel, maltractador i donat a la beguda, freqüenta la seva colla de companys de feina, miners com ell, al bar, on s’esplaia i troba el que li agrada.
Formalment la novel·la
la condueix una veu narradora omniscient i desplega gran quantitat de diàlegs entre els personatges, en diversos ambients: al bar, a casa, a les trobades de les famílies d’ella i d’ell, a la feina, a la residència… No hi ha dubte que l’autora gaudeix explorant diversitat de situacions i atmosferes, i es nota. La prosa és molt fluïda i la llegim amb fruïció, també pel fet que els esdeveniments van acompanyats d’una certa intriga que esperona l’avidesa de la lectura. En algun moment sembla que l’autora pogués caure en la temptació de cloure la seva història amb un final fàcil, edulcorat, i el frega, però se’n sap sortir. A més, Autonell sap treure suc al títol.


L’acció es clou retornant a la residència de gent gran
, amb el fill de la Marta com a actor.

La temàtica, desgraciadament molt actual, i l’elenc de personatges gairebé conviden a portar-la a escena si el text es dramatitzés. No seria difícil, el diàleg hi és predominant i hi convida.


Laura Autonell ha estat premiada en diverses ocasions per textos en altres registres literaris.


© Anna Rossell

(Filòloga alemanya, escriptora, poeta, crítica i gestora cultural)
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San Chieh Wu I, Shih Yü-k’un

[Historias de fidelidad, de bravura, de caballería y de jus­ticia]. Escrita por Shih Yü-k’un, del cual nada se sabe, fue publicada en 1879 con el título de San Chieh Wu I [Los tres caballe­ros y los cinco justicieros]. Protagonista del libro es el famoso juez Pao Lung-t’u, per­sonaje histórico que vivió bajo los Sung (960-1280), el cual, rodeado por tres héroes (Chan Chao, Ou Yang-ch’un y Ting Chao- hui) y por cinco incondicionales (Lu Fang, Han Chang, Chu Ch’ing, Chiang Ping y Pei Yü-t’ang), visita varias provincias de la China, con el encargo de inspeccionar la administración de la justicia. De esta ma­nera toma parte en muchos procesos a los cuales aporta el peso de su autoridad y ex­periencia. Cada causa se convierte en una narración aparte donde son puestos de re­lieve, por una parte, la inteligencia y prudencia salomónicas de sus juicios, además de la habilidad de sus ayudantes, y por otra, la corrupción y el despotismo de los magis­trados de la época, que habían creado un enorme resentimiento en el pueblo, el cual encuentra en Pao Lung-t’u una especie de defensor de los oprimidos, que endereza en­tuertos, protege a los débiles, y castiga a los malvados.

Si bien es verdad que entre los 120 capítulos del libro hay algunos que muestran méritos literarios en modo alguno mediocres, la parte psicológica en general es débil. El San Chieh Wu I fué reeditado por Yü Yüeh (1821-1906), que lo retocó, y llevó a cabo en él algunas añadiduras cam­biando su título por el de Ch’i Chieh Wu I [Los siete caballeros y los cinco justicieros]. Bajo el nuevo ropaje, el trabajo apareció en 1899 y tuvo tan extensa difusión que llegó a suplantar la obra original.

S. Lokwang

Idea de la Arquitectura Universal, Vincenzo Scamozzi

[L’idea dell’ Architettura universale]. Tratado compuesto por el arquitecto vicentino Vincenzo Scamozzi (1552-1616), edita­do en Venecia en 1615. Según el proyecto originario debía constar de doce libros, que luego se redujeron a diez, de los cuales so­lamente seis fueron publicados por el autor.

El primero contiene, además de una larga introducción teórica, un sumario histórico de los más grandes arquitectos del pasado; características de la mentalidad clasicista de Scamozzi son las críticas dirigidas a la arquitectura medieval. Continúa en el se­gundo libro el estudio «de los lugares, pa­sos, calidad de los emplazamientos y formas de las ciudades y fortalezas», con notabilísi­mas consideraciones de arquitectura militar.

El tercer libro trata de las construcciones civiles, tomando pie, como Los cuatro libros de arquitectura (v.) de Palladio, del tipo de casa antigua; contiene, entre otras cosas, interesantes observaciones sobre particula­ridades de las ciudades italianas y extran­jeras visitadas por Scamozzi durante sus lar­gos viajes. Revisten singular importancia, dada la época, las indicaciones referentes a la disposición de los museos. Faltan los libros IV y V, que debían tratar de los edi­ficios públicos o sagrados. El VI trata con minuciosa prolijidad sobre los órdenes ar­quitectónicos, discrepando en parte de las teorías de las proporciones de Vitrubio, Pa­lladio y Vignola. El VII y VIII están dedi­cados a los materiales y a la dirección de las construcciones. La obra de Scamozzi, voluminosa y recargada de erudición, tiene una cierta importancia para las teorías ar­tísticas del siglo XVII; pero sobre todo emparenta, por su espíritu informativo, con los grandes tratados de arquitectura del Rena­cimiento tardío, de Serlio (v. Los siete li­bros de la arquitectura), de Palladio y de Vignola (v. Regla de los cinco órdenes), cuya serie cierra. Fue traducida a las prin­cipales lenguas europeas.

G. A. Dell’Acqua