Imágenes, Filostrato

Escrito retórico de Filostrato, neosofista del siglo III d. de C., el mismo que, según la atribución de Suidas, es también autor de Apolonio de Tiana (v.), de las Vidas de sofistas (v.) y del Heroico (v.). Está dividida esta obra en dos libros y comprende, después de una breve introducción sobre la pintura en general, la descripción de 64 cuadros conser­vados en una galería de pintura de Nápoles. En la introducción, la obra es presentada en forma dialogada, pero en realidad es un largo monólogo, interrumpido una sola vez por un interlocutor. El estilo es bastante brillante y quizás excesivamente cuidado, hasta el punto de que la descripción de los cuadros parece a veces un pretexto para un retórico alarde de bellezas formales; por otra parte la descripción está hecha con gran habilidad, y la existencia real de algunas de las obras, por lo menos, está al parecer demostrada. Las Imágenes de Filostrato no son nuevas en su género, sino que enlazan con una tradición que arranca de los epigra­mas sobre obras de arte, frecuentes en la época helenística. Esta curiosa obra alcanzó gran difusión entre la gente culta en la épo­ca bizantina.

C. Schick

Imágenes, Luciano de Samosata

Escritos en prosa griega de autores de la segunda sofística, compuestos con finalidades diversas, pero igualmente importantes desde el punto de vista arqueológico por las noticias que dan respecto a antiguas obras de arte. El primero de estos textos es un diálogo de Luciano de Samosata (120-180), en alabanza de Pantea, concubina del emperador Lucio Vero; con exagerada adulación, el autor compara la belleza de Pantea con la de las pinturas y esculturas de los mayores autores de la antigüedad, que tiene así ocasión de descri­bir, y con los más bellos personajes canta­dos por los poetas. En un diálogo que le sigue, titulado Sobre las imágenes, Luciano ratifica las alaban­zas tributadas a Pantea, defendiéndose de la acusación de que son excesivas.

C. Schick

Imagen del Mundo, Gautier de Metz

[Image du mon­de]. Poema didáctico del siglo XIII, obra del escritor francés Gautier de Metz. Es la típica representación de los esfuerzos que se hacían en aquella época para reunir en una sola composición todo el saber divino, natural y humano. La primera parte es una especie de cosmogonía en la que se expone la creación del Mundo y del hombre some­tido al pecado. Pero, hablando del hombre, el autor está dominado por el pensamiento de la inteligencia humana, que se manifiesta sobre todo en las siete artes liberales. Hay muchos preceptos morales y religiosos en los que aparece más el predicador que el poeta, poquísimos versos originales, y, en general, cierta confusión y oscuridad. La segunda parte es un tratado de geografía. Después de hablar brevemente de los cua­tro puntos cardinales y de las tres partes habitadas del Mundo, el autor se detiene a describir el Asia y el Paraíso Terrenal. Se entrega con gusto a las descripciones fan­tásticas y fabulosas, sin cuidar de la vero­similitud, siguiendo las tradiciones más variadas y su propio capricho, sirviéndose de obras conocidas, introduciendo monstruos y delicias, maravillas y países y animales en­cantados, sin contentarse con la superficie de la tierra, sino pensando también en sus profundidades.

La tercera parte es un tra­tado de astronomía. El autor se ocupa ante todo del origen del día y de la noche, de las fases lunares, etc., insertando algún epi­sodio y alguna leyenda. Un largo epílogo resume, no sin mucha confusión, los puntos principales de la obra. Se observa en el autor el intento de libertarse de los esque­mas y abandonarse a la fantasía para ser poeta, peto no lo logra, y sigue, sobre todo en la segunda parte del libro, muy fiel­mente el modelo que le brinda la obra la­tina de Honoré d’Autun Imago Mundi (si­glo XII), aparte de otras obras didáctico- morales de este mismo género. Es una ten­tativa de hacer amena y fácilmente acce­sible la ciencia. A fines del siglo XIII o a principios del XIV se hicieron de esta obra dos rédacciones en prosa, y desde su apa­rición dio materia a otras obras didácticas; se sirvieron de ella Jean de Meung en el Román de la Rosa (v.), Brunetto Latini en el Tesoro (v.) y Fazio degli Uberti en el Dictamundo (v.), sin contar otros autores de menor importancia.

C. Cremenesi

El Ilustre Gaudissart, Honoré de Balzac

[L’illustre Gaudissart]. Famoso relato del novelista Honoré de Balzac (1799-1850), publicado en 1833. La figura dominante es la de Félix Gaudissart (v.), el cual es, como tantos de Balzac, un personaje-tipo que reúne todos los caracteres, vicios y virtudes, del per­fecto viajante de comercio.

Todavía joven pero ya casi calvo, pequeño, regordete y vigoroso, de cara rubicunda, Gaudissart lleva con desenvoltura el sobrenombre ya tradicional de «ilustre»; brillante, servicial, lleno de ocurrencias y chistes, dotado de un optimismo arrebatador y de una incan­sable actividad, comenzó con los sombreros, pero su genialidad le ha llevado poco a poco a los «artículos de París», a los segu­ros, incluso a los diarios. Pasada la revolu­ción de 1830, se dispone a emprender un largo viaje por provincias con el encargo de encontrar subscripciones para el saintsimoniano «Globo» y para el republicano «Mo­vimiento», como asimismo para el reciente «Diario de los niños», y le seguimos en gran parte de su recorrido. El interés del relato se resume sin embargo en el episodio prin­cipal: llegado a Turena, a aquella pacífica y bienaventurada tierra de viticultores mali­ciosos y desconfiados, enemigos del progreso y siempre dispuestos’ a la burla, en una pa­labra, al país de Rabelais, Gaudissart sufre el primer gran fracaso de su vida. Presen­tado a un notable de la localidad, éste le juega la mala pasada de llevarlo a casa de un loco, al que le presenta como personaje influentísimo del país. El loco se porta tan bien que Gaudissart cae de lleno en la trampa, y después de una estupefaciente conversación en la que saca a relucir toda su maravillosa elocuencia, se va sin haber concluido gran cosa, pero habiendo com­prado en cambio dos barriles de vino que el loco no poseía. La ira de Gaudissart cuando descubre el engaño es grande; pide reparación, y se sigue un burlesco duelo con el organizador de la broma. Luego Gau­dissart queda tan descorazonado que aban­dona el pueblo sin haber cumplido su «mi­sión».

En esta obra, como en otras, Balzac no se abstiene de moralizar y hacer los más sombríos pronósticos acerca del próximo triunfo de la democracia niveladora, de la cual el viajante de comercio sería una especie de embajador y peligroso propagan­dista en la pacífica provincia francesa. Pero pronto le arrastra el gusto por el tema, y se abandona a pintar un minucioso y colorido retrato de su personaje. El contraste en­tre el progresista Gaudissart y el escéptico tradicionalismo de la Turena, aunque un poco cargado, está lleno de sabor; y la larga escena de burla entre el loco Margheritis, de aspecto grave y alentador pero de res­puestas desconcertantemente elusivas y la inagotable elocuencia de Gaudissart, posee una «vis cómica» incomparable.

M. Bonfanttni

La Ilustre Italia, Salvador Betti

[L’illustre Italia]. «Diálogos» de Salvador Betti (1792-1882), publicados en Roma en dos volúmenes en 1841-1843, y con adiciones en 1854. En siete partes (titulados diálogos por cuanto la na­rración está totalmente constituida por con­versaciones entre varios personajes) el «pro­fesor y secretario perpetuo de la insigne y pontificia academia romana de San Lucas» redacta un elogio de la civilización italiana desde los filósofos de la Magna Grecia hasta su época; con una actitud que es plena re­valorización de la cultura y de la tradición clásica, pero sin excluir en cada sector del saber la aportación de contribuciones dig­nas del genio de la «patria». El vínculo en­tre las distintas partes está inicialmente constituido por las conversaciones entre el autor y un pintor, Guillermo, que ha de decorar las cuatro paredes de un salón seño­rial con pinturas alusivas a las glorias ita­lianas; y para ello muestra los diseños de sus obras.

En el primer diálogo se comien­za a hablar de «todos los que, tanto en la antigua como en la nueva Italia, florecieron en las ciencias, en las artes y en las letras», y se exalta la civilización itálica, que vive en una tradición propia, sufre del contagio de modas forasteras que perjudican su na­tural desenvolvimiento; son después evoca­dos los pensadores de todos los campos, des­de la economía a la política, interviene su amigo el escritor, Fernando, y el discurso alude entonces a poetas y escritores, enco­miando a cuantos aportaron a la tradición obras sinceras y duraderas, desde los anti­guos a Foscolo, y algunos contemporáneos que no olvidan las lecciones de los clásicos (diálogo II). Se habla luego de los grandes caudillos; Napoleón es considerado como hijo de Italia igual que Julio César y Mar­co Antonio, mientras son execrados los ca­pitanes aventureros de la triste época me­dieval, vanamente elogiada por algunos his­toriadores.

Estos olvidan la gloria antigua y exaltan repúblicas llenas de facciones, y desidia, y de una ignorancia «que llegó al punto de humillarse ante las necedades pe­tulantes de los árabes» (diálogo III). Al día siguiente los interlocutores se vuelven a encontrar y hacen una amplia reseña de las glorias italianas en la poesía y en la lite­ratura, aunque con ciertas atenuaciones y reservas para escritores como Algarotti, Betinelli y Cesarotti, porque no respetaron la tradición patria e importaron pensamientos o formas extranjeras (diálogo IV). Como en las discusiones interviene también Al­berto, un escritor que admira especialmente a los modernos, se habla con fervor de va­rios autores recientes como el gran novelis­ta Manzoni y Foscolo, varias veces recor­dado por ellos como ensalzador de los «se­pulcros» y estudioso de Montecuccoli (diá­logo V). Al día siguiente, en casa de Betti, se reúnen nuevamente los amigos y discu­ten con animosidad sobre varias cuestiones del momento, en particular acerca de los románticos que en vano intentan sobreponer su gusto a la tradición clásica, congénita en Italia y su civilización. Toda la tradición poética es aquí exaltada por su continuidad desde los seguidores del «stil nuovo» a Leo­pardi, y Shakespeare es considerado como bárbaro según una célebre frase (diálogo VI).

En el último diálogo, en nombre de la belleza natural y de la armonía, se habla de las artes, desde la escultura a la pintura, la arquitectura y la música, incluyendo a Canova, Bellini, Rossini, y lanzando rayos contra el misticismo alemán, que ha entur­biado la concepción del arte, y elogiando el Arco de la paz de Cagnola en oposición con la Catedral de Milán (diálogo VII). Esta obra, que de propósito, para no mezclar lo divino con lo humano ni sobrepasar los límites de una historia terrena no quiere tratar de santos ni de papas italianos, da pretexto para una recapitulación tendencio­samente retórica y académica de las glo­rias patrias en sus diversas formas entre­mezclada de discusiones. Esta Ilustre Italia que se enlaza en cierto modo con el Platón en Italia (v.) de Cuoco (autor varias veces citado entre las glorias patrias), tiene valor histórico por sus tendencias políticas e ideo­lógicas en torno a un ideal de civilización «nacional»; también por esto, como inmedia­to preanuncio de una tendencia que pronto se manifestará plenamente en la Primacía moral y civil de los italianos (v,) de Gioberti, tiene su importancia en el cuadro de la cultura contemporánea y, por algunas páginas «elocuentes y sinceras, se distingue de la literatura corriente de los «elogios» y de los «discursos académicos».

C. Cordié