El Jardín de Amor, Johan Róis de Corella

[Lo jardí de Amor]. Obra del humanista catalán Johan Róis de Corella (segunda mitad del si­glo XV), conservada en un códice proce­dente de la biblioteca de Mayans y Sisear (hoy en la biblioteca de la Universidad de Valencia, 88-4-19) y en el llamado Jardinet d’orats, custodiado en la biblioteca de la Universidad de Barcelona con la sigla 21- 4-1. La obra narra, en primera persona, las fábulas de Mirra, Narciso y Tisbe. El autor justifica la narración en estos términos: «Con el deseo de encontrar, para mi dolor, parecida compañía, he desamparado este mundo, bajando a los tristes y tenebrosos palacios de Plutón, por aquel camino que la ínclita Sibila mostró al desterrado de Troya; y así he llegado a aquel doloroso vergel, en el cual los devotos de Venus, en un continuo llanto, narran sus penas; en donde vi a Mirra y a Tisbe, las cuales, junto con Narciso, apartados de los otros, se la­mentaban de sus males, procurando cada uno recitar su pena en mayor grado».

La estructura de la obra es de tipo virgiliano, pero los elementos narrativos de que se sirve el autor son específicamente ovidianos. Róis de Corella pone en boca de los tres personajes la narración de sus aventuras, según el relato contenido en los libros III, IV y X de las Metamorfosis (v.), pero am­plía muchas de sus partes, en especial los monólogos, los cuales resultan verdaderas piezas oratorias. Un breve capítulo, en el que abundan las consideraciones fatalistas sobre el amor, cierra la obra. Ha sido publi­cada por Francesc Pelai Briz (1868), por Ramón Miquel i Planas (1913) y por un autor anónimo (1922).

El Jardín de Berenice, Maurice Barres

[Le jardin de Bérénice]. Novela francesa de Maurice Barres (1862-1923), publicada en 1891. Des­pués de varias tentativas descritas en las obras anteriores del autor (v. Bajo la mirada de los Bárbaros, y Un hombre libre), un joven, Felipe, comprende que tiene que vivir en armonía con el mundo.

En forma de confesión, cuenta el joven algunas de sus experiencias; son estas experiencias tan significativas que deben resultar una ense­ñanza para los demás. Hace una campaña electoral en Provenza, para «conciliar las prácticas de la vida interior con las necesidades de la vida activa»: adherido al pro­grama nacionalista del general Boulanger (estamos en 1889), el joven se entusiasma con las ideas grandiosas y llenas de por­venir, porque sólo ve en ellas la manera de afirmar su espíritu y darse a la vida esplén­dida y orgullosa. En Arlés encuentra a Berenice, ya conocida en París como bailarina de teatro; la bellísima muchacha ha hecho enloquecer a un noble, Francisco de Tran­ce, conviviendo durante dos años con él, hasta que el amante desapareció misteriosa­mente, dejándola dueña de una casa en Aigües-Mortes.

Aquí la visita Felipe, y el verla en su sencillo y dulcísimo jardín lo llena de voluptuosidad; entonces es cuando comprende, casi por primera vez, las ale­grías de la vida. Nuevas emociones florecen en él; parece como si la naturaleza misma inspirase al joven meditaciones hechas de suavidad y sueños. Vuelve a París por la misma razón que había venido, y reem­prende luego la campaña electoral; a su amigo Simón (v. Un hombre libre) le con­fiesa su amor por Berenice y el deseo de descubrir las razones secretas del universo en la simplicidad de un jardín y en la son­risa de una pequeña criatura. Pero un se­nador antiboulangista reconoce, al morir, como hija suya a Berenice, dejándole una rica herencia; ella se casa entonces con un señor Martin que había sido adversario del joven durante las elecciones; y poco le im­porta a Felipe el resultar elegido finalmente. El dolor de perder a Berenice cuando había entrevisto la felicidad en la vida con la joven, se tiñe de melancolía y de llanto a la muerte de ella. Entonces Felipe la siente revivir en sí mismo, en la manera como su recuerdo le aclara la conciencia, impulsándole a fraternizar con todas las cosas, con la naturaleza y con el pueblo.

Una luz nueva de humanidad y de fe se enciende en el joven, que después de tantas pruebas siente el deber de defender su ideal del vulgo y de los compromisos. Si antes había sentido la opresión del yo en el mundo y más tarde había buscado la liberación en la vida meditativa a la ma­nera religiosa, ahora comprende que debe afrontar la existencia en toda su comple­jidad. Por eso busca en el trabajo y en la independencia material, proporcionada por el dinero, la soledad, que es libertad y vi­sión serena de las cosas. Esta obra termina la trilogía de Barrés, «Le cuite du mois». Su importancia reside sobre todo en el valor representativo de un documento his­tórico, por las ansias y los deseos indistin­tos de la generación que a veinte años de Sedan y de la caída del segundo Imperio, acarició con Boulanger sueños heroicos de reconstrucción nacional y fantasías de vida orgullosa.

C. Cordié

Jardincito Espiritual, Gerhard T. Tersteegen

[Geistiges Blumengártlein inniger Seelen]. Colección de poesías religiosas y cantos sagrados del poeta místico alemán Gerhard T. Tersteegen (1697-1769), publicada en una primera edición en 1729 en Frankfurt y Leipzig, y en una segunda edición — corregida y au­mentada —, base de todas las reediciones su­cesivas, en 1768. Tersteegen fue un alma cándida, iniciada desde su primera juven­tud, bajo la influencia de W. Hoffmann, en el «ejercicio de la piedad»; y pasó toda la vida en «íntimas experiencias religiosas» que propagó y difundió a su alrededor, primero en Mühlheim, en su humilde taller de tejedor, pronto convertido en la sede de una «devota reunión clandestina», luego en toda la región renana, que recorrió hasta Holan­da, durante años, como «predicador errante». Llegó a ser así el «guía espiritual» de mu­chas almas que encontraron luz y consuelo en la pureza de su conciencia religiosa, tan ajena a las «exaltaciones y morbosidades» de las sectas pietistas de su tiempo, tan satisfecha de su devota «misión interior». Y precisamente por las necesidades de estas almas «para el despertar, para reforzar y reanimar su secreta vida con Cristo en Dios», fueron escritas, poco a poco sus poe­sías, con largos intervalos y a medida que se iba presentando la inspiración y la ocasión.

En parte son sentencias piadosas, «breves iluminaciones», «voces del cielo» y «toques de atención», florecillas y fervorines; «viático para el alma de cada uno en la vida solitaria»; por ejemplo, los versos de la «Lotería de las almas piadosas» [«Der Frommen Lotterie»], de la edición del 1738 y siguientes; pero sobre todo encontramos laudes e himnos (en número de ciento once) destinados al canto y alguna vez también a «lectura en voz alta» en las periódicas «reuniones para la meditación y para la plegaria en comunidad». El tono es sencillo e inocente, todo confianza y abandono. «¡Ah, poder reposar, oh Dios mío, en tu paz!», implora el poeta en el canto; «Yo duermo pero mi corazón está en vela»; éste es el gran «motivo que se repite», ya sea que el alma «quiera salir de sí misma para entregarse a Dios», o ya sea que a la vista del firmamento estrellado se exalte pensan­do en el día en que «verá en la luz la luz eterna», o, por el contrario, en las tinieblas, se retraiga sobre sí misma escuchando: «Oh, Señor, en el profundo silencio/Habla Tú solo/A mí en la oscuridad!». Uno de los himnos, tal vez el más célebre, «Gott ist gegenwärtig» [«Dios está presente»], re­produce en sus sucesivos momentos «el acto de mística entrega» en la «común oferta del alma a Dios», y tiene, en su conmovido acento, un amplio aliento, casi de salmo. Éste ha encontrado lugar, junto con otros cantos, como «Yo adoro el poderío del amor», «Ahora que el día se acaba», etc., en casi todos los devocionarios evangélicos.

A pesar de que vivía personalmente fuera de la Iglesia oficial, Tersteegen obró siem­pre, en su «cura de almas» en sentido contrario a todos los movimientos separa­tistas; y no solamente su poesía, por la misma ausencia de contenido teológico, no ofreció ocasión para una ruptura con la Iglesia, sino que encontró, incluso fuera de los cerrados círculos de los «Collegia pietatis», una amplia resonancia en las almas de los fieles. Si el protestantismo luterano, de Lutero a Gerhardt, ya había tenido su gran poesía coral, Tersteegen llegó a ser en tierra alemana, incluso más allá del pietismo, junto con I. Neander, el piadoso y melodioso intérprete de la vida religiosa en la Iglesia reformada.

G. Gábetti

Jan Maria Plojhar, Julius Zeyer

Novela de Julius Zeyer (1841-1901), uno de los principales representantes de la tendencia cosmopolita en la literatura checa de fines del siglo XIX. Zeyer fue más poeta que narrador; su nombre ha quedado sin embargo muy vin­culado a esta novela, su obra maestra, nota­ble por su carácter parcialmente autobio­gráfico y por el gran papel que tiene en ella el paisaje italiano, elegido como fondo de la historia de amor del protagonista. Fue compuesta, en parte, durante una estancia en Roma y publicada en 1888.

Jan Maria Plojhar, el protagonista, descendiente de una rica familia, hombre de carácter romántico y sensible, con fuerte nostalgia por sus tie­rras lejanas, llega a ser oficial de la Ar­mada y en uno de sus viajes encuentra en Corfú a la señora Dragopulos de la que se enamora y que le arrastra a una vida disoluta, abandonándole luego por otro amante y dejándole desilusionado y asqueado. De regreso a su ciudad natal, Praga. Plojhar tiene un duelo con un oficial alemán que ha ofendido a su patria, y es herido grave­mente. Convaleciente, abandona la vida mi­litar y piensa en llegar a ser poeta, aunque sin éxito. Enfermo, parte para Italia y en Roma conoce a la condesa Caterina Soranesi, una noble arruinada de fuerte carácter y de alma generosa, hija de un italiano y de una bohemia. Entre los dos jóvenes nace lentamente el amor; Plojhar está enfermo y sabe que va apagándose poco a poco: Ca­terina lo ama por su mismo decaimiento y rechaza, por él, el amor de su primo Luigi. Ante ellos se extiende la magnífica campiña romana, donde Plojhar encuentra nueva­mente a la Dragopulos que le expresa su desprecio, ofendiendo cruelmente a Ca­terina.

La novela se va haciendo cada vez más psicológica y analítica: la delicadeza de las relaciones de los dos jóvenes va au­mentando, toma la forma de un continuo y recíproco perdón, de una continua preocupación por no ofenderse. Por fin Caterina se casa con Plojhar a punto de morir. La ceremonia es celebrada por don Clemente, un sacerdote tolerante y docto arqueólogo, amigo paternal de Caterina. Ésta se enve­nena y los dos enamorados mueren juntos. La novela, en su argumento, en sin duda de carácter romántico, pero no faltan páginas realistas, especialmente las que tratan de las relaciones del héroe con su patria, a la que ama profundamente y cuyos pro­blemas le atormentan no menos que los suyos personales. Jan Maria Plojhar es in­dudablemente un decadente, aunque supera todo lo que en el decadentismo es amane­rado y convencional por la sinceridad con que su naturaleza se afirma: es un hombre que ha nacido para la muerte y que es amado por esto. Y él se acepta a sí mismo sin falsedad, con una angustia interior que lo eleva cada vez más y que acaba por hacer brotar del decadente un espíritu reno­vado.

E. Lo Gato

Japón (Ensayo de interpretación), Lafcadio Hearn

[Japan, an attempt at interpretation]. Obra del escritor angloamericano Lafcadio Hearn (1850-1904) escrita en 1903, publicada en Nueva York en 1904. Se puede considerar como el resultado definitivo de los estudios y observaciones que el autor hizo durante catorce años de residencia en el Japón (fue lector en la Universidad de Tokio desde 1896 hasta el año de su muerte). Los aspec­tos del problema japonés que particular­mente interesan a Hearn son la religión y la organización social, que se estudian no sólo en su condición actual, sino también en su evolución histórica a base de una cuidada documentación. Pero a pesar de ceñirse de una manera voluntaria y rigurosa a las fuentes, las páginas de este libro, concebido como una serie de conferencias que el autor tenía que pronunciar en la Universidad de Comell, en los Estados Unidos, no renun­cian al tono ligero de conversación propio de sus relatos de viajes. Particularmente interesantes son todavía hoy los capítulos referentes a la familia y a las creencias de ultratumba; con todo, el libro, en con­junto, puede considerarse superado. Logé, en su introducción a la versión francesa (París «Mercure de France», 1914), ha com­parado Japan con la Ciudad antigua (v.) de Fustel de Coulanges; pero la compara­ción es demasiado arbitraria y aventurada, aunque el mismo Hearn hubiese tomado más de una vez como modelo la conocida obra francesa y gustase de comparar los usos y costumbres del Japón con los de los griegos y romanos. A lo sumo podría ser con­siderado como la obra de un periodista, es decir, un libro brillante de divulgación me­jor que de investigación propiamente científica.

A. Seroni