Karl Von Berneck, Ludwig Ticck

Tragedia de Ludwig Ticck (1773-1853), comenzada en 1793, rehecha en 17S5 y publicada en los Cuen­tos populares reunidos por Peter Leberecht (v.) en 1797. Está inspirada en la ruina del castillo de Berneck, cerca de Kulmbach. a donde Tieck se trasladó en 1793 con su amigo Wackenróder; paisaje romántico e inaccesible, fondo adecuado para una tra­gedia terrible. Y así resultó, en efecto, el drama de la antigua maldición que pesa sobre la familia Berneck: cada año reapa­rece el espíritu del bisabuelo asesinado por su propio hermano, y el miembro de la fa­milia a quien saluda, debe morir aquel mis­mo año; esto acabará el día en que una vez más un hermano Berneck asesine, pero sin odio, a su otro hermano.

Tras una complicada serie de vicisitudes, Carlos, que había asesinado a su propia madre para vengar a su padre traicionado, se convierte en rival de su hermano Rainardo por el amor de Adelaida: están a punto de batirse cuando el afable Rainardo arroja las armas y renuncia a su amada en favor de Carlos. Pero la noche de aquel día, éste, asaltado por los remordimientos y seguido por el espectro de su madre, se arroja suplicante en brazos de su hermano invocando una dulce muerte que lo libere de los horren­dos tormentos de su conciencia. Después de una patética escena. Rainardo le abraza y le hunde un puñal en el corazón. La fa­milia se ve así libre de la terrible fatalidad, pero Rainardo se retira a un convento. La tragedia donde, al decir del mismo Tieck, el espectro sustituye al espíritu y al hado, carece de vitalidad poética, pero posee un notable interés histórico porque precede, a una distancia de más de un decenio, a las románticas «tragedias del hado» (v. Vein­ticuatro de febrero, de Zacharias Werner).

G. F. Ajroldi

Kätchen Von Heilbronn, Heinrich Kleist

Drama alemán en cinco actos de Heinrich Kleist (1777-1811), en prosa y verso, representado en 1810- El asunto procede de una balada de Bürger.

Como el Otelo (v.) shakespeariano, el drama empieza, en plena acción, con una escena de tribunal, la tenebrosa «Veluna» de la Edad Media, donde aparecen un armero de Heilbronn, Teobaldo, y el conde Weter von Strahl. Éste es acusado por el armero de haber embrujado a su hija Kätchen que, desde que le viera un día en la tienda paterna, siente hacia él un amor irresistible y le sigue en todas sus peregrinaciones sin apartarse de su lado. El caballero trata de disculparse y afirma ante los jueces — procediendo él mismo al interrogatorio de la muchacha — que ha hecho siempre todo lo posible para quitár­sela de delante y devolverla a su padre, incluso golpeándola, un día, con un látigo. Pero todas sus tentativas no logran más que fortalecer el sentimiento de la mucha­cha y su absoluta sumisión; que Kätchen le pertenece, no sólo en cuerpo, sino tam­bién en alma, de modo enigmático y com­pleto, es el patente resultado del interro­gatorio. Por otra parte el caballero está muy ocupado en una aventura con Cunegunda, mujer de la alta sociedad, intri­gante y cruel, hasta el punto de que, ha­biendo sido vista por Catalina en el baño, carente de todos los adornos que le habían servido hasta entonces para ocultar su feal­dad y su vejez, trata de envenenarla.

Pero al caballero le han profetizado un matri­monio con la hija del emperador: la com­plicada trama se traslada, pues, de las oscuras salas de la «Vehma» a la presencia del emperador, quien establece una especie de «juicio de Dios» entre Teobaldo, supues­to padre ultrajado, y el caballero- En este momento el drama se encamina hacia su solución; do hecho el emperador recuerda de repente una aventura lejana, en Heilbronn, con una mujer del pueblo y des­cubre que ía enamorada muchacha que está en su presencia no es otra que su hija, fruto de aquel capricho pasajero. Así so cumple la profecía, y el drama termina felizmente con las bodas del caballero y de Kätchen, que siempre la amó ciegamente.

Obra que sabe a canto popular, después de haber tenido poco éxito en la primera re­presentación, en Viena, fue conquistando, lentamente, el teatro alemán. De estructura muy irregular, muestra todos los aspectos positivos y negativos del Romanticismo. Está el rapto de Cunegunda, su carácter de hechicera, su salvación entre gran estrépito de armas; luego el sitio de un castillo y su incendio, predicciones, sueños, brujerías, etc. Pero al llegar a la poderosa escena de la «Vehma» parece que nos encontramos en plena Edad Media; la figura del emperador es majestuosa, y especialmente la de Kätchen que supera todos los defectos de la obra con una dulzura, una feminidad, un pudor, un instinto del abandono que no tienen igual. Una escena como la del pie del saúco ante los muros del castillo, don­de Kätchen ha improvisado su refugio para estar próxima a su amado, pertenece a la más alta poesía. ¡Cuántas cosas secretas, sepultadas en los abismos del alma, han descubierto los románticos! Su reino era la noche, ya el subterráneo de la «Vehma», ya las profundidades enigmáticas del amor de Kätchen, que se ha convertido, por ha­llarse en la edad de una pubertad proble­mática y turbulenta, on uno de los gran­des amores eternos del teatro.

F. Lion

Kāthaka-Upanisad

Importante obra de la literatura filosófica india. El nombre significa «upanisad», o doctrina esotérica, de la escuela de los «katha». Pertenece a los Upanisad (v.) métricos, que ocupan un lugar intermedio entre los más antiguos en prosa arcaica y los más modernos tam­bién en prosa, aunque de carácter más arti­ficioso (época 800-500 a. de C.).

Este Upanisad empieza con una narración a manera de introducción, en la que se relata como un muchacho, Naciketas, viendo a su padre dar todo lo que posee para un sacrificio, dudó del valor de éste. En la oposición entre padre e hijo se enfrentan dos corrientes de pensamiento religioso: la litúrgica, tra­dicional, para la cual las obras lo son todo en la religión, y la nueva, filosófica, para la que todo lo es la gnosis o intuición inte­lectiva. El padre, furioso por el desprecio de los dones ofrecidos, maldice a su hijo y lo consagra al dios de la muerte. Naciketas, por efecto de la maldición paterna, desciende a la morada del dios de la muer­te, pero el dios no está, y Naciketas tiene que esperar tres días sin recibir los dones de la hospitalidad. Dejar de honrar a un brahman es una culpa grave incluso para un dios, de manera que, cuando éste re­gresa, presenta sus excusas a Naciketas y le promete tres dones en expiación de su culpa. Como primer don, Naciketas elige el de regresar vivo a la casa de su padre, y que éste haya dejado de estar enojado con él. Como segundo don, quiere conocer la manera de hacer inagotables los sacrificios y las buenas obras, y como tercer don, quie­re enterarse de la manera de evitar la muerte. El dios le concede de buena gana el primero; para el segundo le enseña la preparación de un fuego especial, y en cuanto al tercero intenta disuadirle.

El conflicto entre el muchacho y el dios de la muerte es dramático. El dios le ofrece todos los placeres de la vida: «Puedes pedir to­dos aquellos placeres que son difíciles de alcanzar en el mundo de los mortales. He ahí a unas lindas muchachas provistas de instrumentos musicales y sentadas en una carroza que ningún hombre podría alcanzar; hazte servir por ellas; te las regalo, pero no me pidas que te diga el secreto de la muerte». Y Naciketas contesta: «pensamiento del mañana abate la fuerza de todos los sentidos que el mortal posee, y poca cosa es la vida, aun cuando llegue al límite extremo. Quédate con tus carrozas, tus danzas y tus cantos. Al hombre no se le puede satisfacer con las riquezas. Dime lo que ocurre en el gran viaje, háblame de aquello que nos hace dudar». Este don, que indaga precisamente el misterio, es el único que Naciketas elige. Aquí se afirma de forma admirable el ímpetu del espíritu hacia la verdad. Fl* dios entonces alaba a Naciketas por haber elegido el saber y no los placeres, y le enseña la doctrina de la inmortalidad del alma. Este Upanisad se puede considerar compuesto de dos par­tes. una más antigua (lectura I. cap. 1-3) con la historia de Naciketas; la otra más reciente (lectura I, cap. 4-6) con la doc­trina de la inmortalidad del alma. Trad. italiana de F. Belloni Filippi (Pisa, 1905).

A. M. Pizzagalli

Kara Monogatari, Anónimo

[Narraciones chi­nas]. Obra en japonés de un autor desco­nocido que vivió probablemente hacia la mitad de la época de Kamakura (1192-1333). Es una colección de veintisiete na­rraciones. traducidas, más o menos literal­mente, de obras de la literatura china, iden­tificadas todas ellas, excepto dos, la nueve y la veintisiete. Las narraciones entrañan una enseñanza moral y, a veces, tienen un colorido religioso budista; muchas están llenas de sentimiento, y todas, además, re­velan cierto gusto literario. Es curioso que. en esas narraciones, los personajes chinos compongan poesías en japonés, que son evidentemente obras del traductor.

Y. Kawamura

Kangoroo, David-Herbert Lawrence

Obra del escritor inglés David-Herbert Lawrence (1885-1930). La ac­ción transcurre en Australia, después de la guerra de 1914, en la que «todos los países fueron vencidos, excepto alemania». Encon­trarnos en D. H. Lawrence, junto a su espí­ritu mordaz y exasperado, una especie de cinismo y una profunda inteligencia.

Ri­chard Lovat Somers, «un poeta», desembar­ca en Australia, huyendo del viejo conti­nente en busca del nuevo país, en compañía de su esposa Henriette. Richard duda de sus verdaderos deseos, aspira sobre lodo a renovarse, pero su ambición aparece vaga. En una pequeña comarca, no lejos de Sidney. donde vive solitario, se reúne no obs­tante con sus vecinos, los Calcott, y recibe las confidencias de Jack. que desea incor­porarle a un grupo de conspiradores. Ri­chard está indeciso, seducido no obstante por la revolución prometida. Henriette. delicada, enamorada del marido que que­rría conservar para ella sola, le demuestra que no es necesaria la revolución para al­canzar una oportunidad; el cristianismo se ha desarrollado a través de los siglos de la manera más pacífica posible. ¿La política? Todos los hombres afiliados a un partido no buscan otra cosa que alcanzar el poder con la única intención de buscarse un pro­vecho personal. Jack le presenta a su jefe, «Kangoroo», curioso personaje, diabólico y tierno a la par que profesa la teoría de que sólo el amor puede gobernar al mundo y a los hombres.

Quiere captarse a Somers siempre reticente. Pero Jaz, cuñado de Jack. le presenta por su parte al jefe de un par­tido socialista. Willie Struthers, quien a su vez procura convencerle de la belleza de su propia causa. Somers habla con «Kangoroo» de esta entrevista que le ha hecho reflexionar y ambos hombres se separan sin disputar, pero después de haber defendido cada uno de ellos su postura con violencia. Somers se debate en un torbellino de ideas y revive los acontecimientos de la guerra de 1914 a 1918 en la que, con rabia. renun­ció a enrolarse en el ejército en Cornualles. Al declararse obligatorio el servicio mili­tar, se presentó a su cuerpo de defensa, pero reconocido inútil para el servicio, fue devuelto junto a su esposa. Envidiado, es­piado, denunciado y sospechoso de espio­naje, se vio obligado a abandonar Cornua­lles. Se refugió primero en Londres, más tarde en Derby, siempre obligado a presen­tarse a la policía. Finalmente llegó el ar­misticio. Henriette marchó a alemania y Richard a Italia. Luego a Australia, el país nuevo. ¿Y ahora? Ahora no sabe nada más. ¿Qué es lo que quieren los hombres? La venganza ha sido siempre el principio de la Humanidad. ¿Y él, Somers, qué es lo que quiere? Piensa: «Kangoroo» quiere salvar la propiedad, quiero defender el trabajo contra el capitalismo. Quiere salvarlo todo. Eso es imposible ¿Strutherhs? Intenta dar el último paso hacia un fin sin esperanza.

Y bien, ¿entonces qué? Richard Somers decide no escoger ni el uno ni el otro, es­coge al Señor Todopoderoso. De este modo logra conservar su libertad. En Sidney, Struthers pronuncia un discurso virulento, más bolchevique que socialista. «Kangoroo» es herido de muerte en el transcurso de una reunión. Antes de morir, llama a So­mers y le suplica que se una a él en nom­bre de eso Amor que fue el principio de su existencia y que lo gobierna todo. So­mers permanece cerrado. Ha decidido abandonar Australia que tanto ama. Huye de ella precisamente porque tiene miedo de amarla demasiado. ¿El amor? Lo teme, lo odia, huye de amar a cualquier cosa. Parte rumbo a América, siempre acompañado de Henriette. la esposa fiel, inteligente, ilu­minada. ¿Y por qué a América? Simplemente porque ese país se halla en la ruta de su destino. ¿Qué encontrará allí? Nada, como siempre. La novela está plena de imágenes, bellas o espirituales, todas ordenadas al mismo fin. Hay una gran fuerza en las des­cripciones, los pequeños detalles están cui­dados, porque ellos permiten descubrir el aspecto invisible de un ser, de un carácter; incidentes aparentemente inútiles, pero que encierran una significación: extraños per­sonajes, que no por eso dejan de estar do­tados de realidad ni de cautivar la atención del lector.