Kangoroo, David-Herbert Lawrence

Obra del escritor inglés David-Herbert Lawrence (1885-1930). La ac­ción transcurre en Australia, después de la guerra de 1914, en la que «todos los países fueron vencidos, excepto alemania». Encon­trarnos en D. H. Lawrence, junto a su espí­ritu mordaz y exasperado, una especie de cinismo y una profunda inteligencia.

Ri­chard Lovat Somers, «un poeta», desembar­ca en Australia, huyendo del viejo conti­nente en busca del nuevo país, en compañía de su esposa Henriette. Richard duda de sus verdaderos deseos, aspira sobre lodo a renovarse, pero su ambición aparece vaga. En una pequeña comarca, no lejos de Sidney. donde vive solitario, se reúne no obs­tante con sus vecinos, los Calcott, y recibe las confidencias de Jack. que desea incor­porarle a un grupo de conspiradores. Ri­chard está indeciso, seducido no obstante por la revolución prometida. Henriette. delicada, enamorada del marido que que­rría conservar para ella sola, le demuestra que no es necesaria la revolución para al­canzar una oportunidad; el cristianismo se ha desarrollado a través de los siglos de la manera más pacífica posible. ¿La política? Todos los hombres afiliados a un partido no buscan otra cosa que alcanzar el poder con la única intención de buscarse un pro­vecho personal. Jack le presenta a su jefe, «Kangoroo», curioso personaje, diabólico y tierno a la par que profesa la teoría de que sólo el amor puede gobernar al mundo y a los hombres.

Quiere captarse a Somers siempre reticente. Pero Jaz, cuñado de Jack. le presenta por su parte al jefe de un par­tido socialista. Willie Struthers, quien a su vez procura convencerle de la belleza de su propia causa. Somers habla con «Kangoroo» de esta entrevista que le ha hecho reflexionar y ambos hombres se separan sin disputar, pero después de haber defendido cada uno de ellos su postura con violencia. Somers se debate en un torbellino de ideas y revive los acontecimientos de la guerra de 1914 a 1918 en la que, con rabia. renun­ció a enrolarse en el ejército en Cornualles. Al declararse obligatorio el servicio mili­tar, se presentó a su cuerpo de defensa, pero reconocido inútil para el servicio, fue devuelto junto a su esposa. Envidiado, es­piado, denunciado y sospechoso de espio­naje, se vio obligado a abandonar Cornua­lles. Se refugió primero en Londres, más tarde en Derby, siempre obligado a presen­tarse a la policía. Finalmente llegó el ar­misticio. Henriette marchó a alemania y Richard a Italia. Luego a Australia, el país nuevo. ¿Y ahora? Ahora no sabe nada más. ¿Qué es lo que quieren los hombres? La venganza ha sido siempre el principio de la Humanidad. ¿Y él, Somers, qué es lo que quiere? Piensa: «Kangoroo» quiere salvar la propiedad, quiero defender el trabajo contra el capitalismo. Quiere salvarlo todo. Eso es imposible ¿Strutherhs? Intenta dar el último paso hacia un fin sin esperanza.

Y bien, ¿entonces qué? Richard Somers decide no escoger ni el uno ni el otro, es­coge al Señor Todopoderoso. De este modo logra conservar su libertad. En Sidney, Struthers pronuncia un discurso virulento, más bolchevique que socialista. «Kangoroo» es herido de muerte en el transcurso de una reunión. Antes de morir, llama a So­mers y le suplica que se una a él en nom­bre de eso Amor que fue el principio de su existencia y que lo gobierna todo. So­mers permanece cerrado. Ha decidido abandonar Australia que tanto ama. Huye de ella precisamente porque tiene miedo de amarla demasiado. ¿El amor? Lo teme, lo odia, huye de amar a cualquier cosa. Parte rumbo a América, siempre acompañado de Henriette. la esposa fiel, inteligente, ilu­minada. ¿Y por qué a América? Simplemente porque ese país se halla en la ruta de su destino. ¿Qué encontrará allí? Nada, como siempre. La novela está plena de imágenes, bellas o espirituales, todas ordenadas al mismo fin. Hay una gran fuerza en las des­cripciones, los pequeños detalles están cui­dados, porque ellos permiten descubrir el aspecto invisible de un ser, de un carácter; incidentes aparentemente inútiles, pero que encierran una significación: extraños per­sonajes, que no por eso dejan de estar do­tados de realidad ni de cautivar la atención del lector.